
Dos hombres con profunda raigambre campera que entrelazaron sus historias en el Viejo Continente
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"Muy joven me atrajo la vida campesina. A orillas del Río Tercero aprendí las faenas rurales. Fui jinete y enlazador en los campos de La Herradura, donde pastaban grandes rodeos y crecían inmensos trigales. En los rastrojos hallábamos sables y tercerolas herrumbradas, restos de los famosos combates entre los caudillos Bustos y López. Eran documentos vivos de la historia nacional."
Con estas palabras, Miguel Angel Cárcano comenzaba el recuerdo de su fecunda existencia al celebrar sus bodas de oro como numerario de la Academia Nacional de la Historia en 1974. Desde 1935 a 1938 ocupó el ministerio de Agricultura y Ganadería. Historiador, canciller, académico también de Letras y de Agronomía y Veterinaria, jamás dejó de lado su amor por nuestro campo.
Su vida pública lo llevó como embajador a Francia y después a Londres. En el primero de sus destinos lo sorprendió el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, esas vivencias las dio a conocer en un volumen La victoria sin alas.
En un capítulo, con agudeza psicológica y profundo conocimiento de la realidad de nuestros gauchos, narra la historia del capataz, don Segundo Torres, que había conducido el último lote de caballos argentinos para el ejército francés cuando lo sorprendió la guerra en Bretaña. Lo subieron a un tren de refugiados y así llegó a Burdeos, donde le explicó en estos términos su experiencia al embajador Cárcano:
"Viajamos apretados como sardinas. Si venían los aviones, el tren se paraba y nos lo hacían tapar con «gajos» que cortábamos en el monte y enseguida disparábamos para los «yuyos». Era un tiroteo bárbaro y mucha gritería. Cuando nos dejaban tranquilos volvíamos a subir al tren, que habíamos disfrazado con ramas. En la otra andanada de bombas, de nuevo disparamos para los «yuyos», y a las zanjas. Y así nos hemos salvado. El otro día también me agarró el bombardeo en la plaza. Los franceses corrían para las «cuevas» (refugios subterráneos). A mí me gustaba ver el tiroteo y los aeroplanos volar bajito. Un agente me agarró del brazo para ordenarme que me guardara. Yo me resistí diciéndole que no quería morir en las «cuevas». Por fin me dejó y me subí a una azotea para ver la fusilería".
Don Segundo Torres "paisano valiente" que no hablaba una palabra en francés, había perdido su equipaje, se presentó en el Consulado con bombachas blancas, su chambergo, corralera negra con bordados y el clásico pañuelo al cuello. Vestido con pilchas domingueras, el embajador Cárcano, que conocía la esencia del hombre de nuestros campos, pensaba que, sin haber leído a Marco Aurelio, miraba a su alrededor con una filosofía estoica, sin que nada ni nadie lo asombre.
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