
Como toda leyenda, la de este gaucho rebelde transita aún esa delgada línea entre lo real y lo mágico
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Juan Moreira fue un hombre romántico y valiente/ y miente, por astuta, la vieja tradición/ cuando lo pinta fiero, nervioso y prepotente,/ audaz y pendenciero, cobarde y fanfarrón./ Juan Moreira fue un hombre de legendaria estampa./ Un viejo amigo mío su historia me contó./ Atentos al romance del hijo de la pampa,/ que aquí va Juan Moreira como lo he visto yo". Estos versos de Alberto Vacarezza, preámbulo de una obra alegórica, plantea con claridad la leyenda moreiriana.
Para el ritual de las alegorías populares existe un Moreira paradigmático del sentimiento de la gente. Para los documentalistas, se trata de un individuo agalludo y desconfiable. Así como el pueblo emplea un lenguaje propio y participativo, suele, también, estereotipar a través del personaje, no de la persona, su natural espíritu, altivo y transparente como es, sin duda, el del gaucho. La literatura lo ha insertado en el altar de los reivindicadores sociales. Una suerte de simbiosis con Martín Fierro y Santos Vega.
El hombre de Navarro y Lobos, empero, tras merecer la indagación histórica y legal -para muchos, la única válida-, asoma controvertido, mezclado en asuntos policíacos y judiciales que poco lo favorecen. Es una mixtura de rebelde innato y faenas más cercanas a la politiquería que al campo. Dirá Carlos Reyles que "los Martín Fierro y los Juan Moreira, como las telas de colores falsos o poco firmes, han palidecido con los rayos del sol" y "los héroes de Hernández y Gutiérrez chochean después de una corta y lozana juventud".
Rotunda y severa afirmación que no parece mellar la conciencia del imaginario colectivo. ¿Quién hubiera predecido que, con su trágica muerte se daba acta de nacimiento a quien encarnaría el ánimo de la gente más sencilla y humilde sometida a la coacción y el desamparo? Si aquel final dramático ocurrido en Lobos el 30 de abril de 1874 no hubiera sido nada más que un suceso de la crónica policial, ¿cómo dar crédito a la trascendencia y a la interpretación que llevó a su encumbramiento literario?
Eduardo Gutiérrez, como es sabido, lo hace epicentro de uno de sus folletines más demandados. Los hermanos Podestá, en Chivilcoy, lo "reviven" triunfalmente en el picadero de un circo criollo. Numerosas versiones se suceden hasta nuestros días. Se lo menciona en el cancionero del campo y la ciudad. ¿Es casual que, superado el siglo de aquel hecho, Moreira haya sido solamente un personaje elaborado por la literatura o se trató, como consta, de un sujeto real convertido casi en héroe de epopeya?
Vida y tragedia
Juan Moreira -lo describió el mercedino Raúl Ortelli, basado en expedientes tribunalicios- era "de estatura regular, más vale alto y grueso (...) Viste chiripá y buenas riendas". Gutiérrez afirma que una vez habló con él: "El timbre de su voz ha quedado grabado en mi memoria. No había en su semblante una sola línea innoble; su continente era marcial y esbelto (...) Alto y regularmente grueso, vestía con lujo pintoresco el traje nacional (...) Usaba barba entera, barba magnífica y sedosa que descendía hasta el pecho (...) boca algo gruesa". Electo Urquiza afirma que Moreira "era un gaucho bien vestido, serio, de un trato agradable, con maneras caballerescas" y pone en boca de Moreira esta confesión de curiosa reminiscencia martinfierrista: "Yo era un gaucho mansito como un cordero. Pero los hombres, con sus picardías me echaron a perder".
Más que la existencia misma, lo que ha sobrecogido a los intelectuales es, sin duda, el episodio de la muerte de Moreira. Es el momento donde culmina la tensión del poema, el folletín o el drama teatral. Hurgando en archivos, Ortelli, luego de leer la fría letra sumarial, reflexiona: "No cabe duda que la vida de Moreira estuvo signada por una fuerza trágica. Aquella tarde en La Estrella -lugar de tolerancia en Lobos- pudo entregarse. Como pudo ocultarse cuando lo buscaban (...) Es cierto que muere como un valiente. Pero ni siquiera en el postrer instante habrá pensado que iba hacia la inmortalidad".
La leyenda de Juan Moreira, hecha de ingredientes ciertos o ficticios, ha quedado en la galería mítica popular y profana. En esa delgada línea donde lo real y lo mágico hacen resplandecer la evocación.
La autora ha publicado, entre otras obras, "Los cirqueros" (Guadalupe, 1989), y el ensayo "Alberto Vacarezza" (Ediciones Culturales Argentinas, 1975).
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