Opinión. Postpandemia de coronavirus: un mundo más exigente nos espera

La Argentina tiene condiciones para responder a un mundo con mayores requisitos
La Argentina tiene condiciones para responder a un mundo con mayores requisitos Fuente: LA NACION - Crédito: Sebastian Pani
Carlos Vila Moret
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14 de septiembre de 2020  • 10:45

El escenario postpandemia nos plantea a los argentinos nuevas oportunidades y desafíos. Por un lado, el hecho de contar con amplia superficie de tierras aptas para la actividad agropecuaria, con importantes reservorios de agua dulce, en un planeta que cada día demanda mayores cantidades de alimentos pero cuyas dos terceras partes están cubiertas por océanos y la tercera parte restante incluye superficies terrestres que, en su mayoría, no son arables constituye, sin dudas, una ventaja competitiva considerable para nuestro país.

Sin embargo, y a pesar de nuestras condiciones favorables para la producción de agroalimentos, acceder a los mercados del mundo será cada vez más difícil, puesto que tendrán nuevas exigencias. Y mientras el gobierno deberá esforzarse por recuperar la competitividad perdida, a través de políticas de Estado que permitan planificar el largo plazo, la cadena agroalimentaria, por su parte, tendrá que consolidarse en el corto plazo y el mediano plazo, para continuar abasteciendo a nuestra población y al mundo con alimentos de alta calidad, a precios competitivos y certificando su inocuidad.

Para ello, deberemos continuar reduciendo los riesgos para la salud a lo largo de todo el proceso de producción. En efecto, es importante que todos los alimentos que producimos y sus derivados, con la diversidad que les confiere el valor agregado, puedan trazarse y certificarse, asegurando su inocuidad. Hoy, se encuentran vigentes normas que nos pueden ayudar.

Es el caso, por ejemplo, de la norma ISO 22000, que establece requisitos genéricos que pueden aplicarse a todas las organizaciones que operan dentro de la cadena agroalimentaria, con el objetivo fomentar un sistema de gestión de seguridad alimenticia eficaz, adaptable a las pymes agropecuarias.

En este punto, resulta importante tener en cuenta que, para consolidarnos y reposicionarnos como proveedores de alimentos seguros y confiables, idealmente deberían certificarse todos los procesos, desde las etapas previas a la siembra y la cría, hasta la exportación. Esto no debería implicar necesariamente costos adicionales de consideración para el productor, ya que el mero hecho de cumplir con las Buenas Prácticas Agropecuarias lo dejaría bien posicionado para la certificación.

Las buenas prácticas son un camino para cumplir con mayores demandas
Las buenas prácticas son un camino para cumplir con mayores demandas Crédito: Archivo

A modo de ejemplo, el área de inocuidad del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa), certificó recientemente 15 toneladas de carne ovina congelada con hueso (carcasa de corderos), en la localidad de Río Gallegos, provincia de Santa Cruz, para exportar a Japón, uno de los mercados más exigentes del mundo, controlando el abastecimiento de la materia prima, el proceso de faena, su almacenamiento, el transporte y, por supuesto, el cumplimiento del protocolo para la exportación.

Las economías regionales, en particular, poseen mayor experiencia en certificaciones, tanto publicas como privadas, debido a la diversidad de productos y derivados que exportan, como limones, manzanas, peras, vinos, aceite de oliva, naranjas, té, yerba mate, cordero patagónico, algodón y legumbres, entre muchos otros.

Pero las certificaciones no son la única herramienta disponible. La trazabilidad, por su lado, brinda la posibilidad de seguir el movimiento de un alimento a lo largo de sus diferentes etapas: desde la producción, durante su transformación y distribución, hasta llegar al supermercado. Es un pilar fundamental para brindarle tranquilidad y seguridad al consumidor, y requiere que sea utilizada a lo largo de toda la cadena. A la larga, la trazabilidad será una exigencia para poder llegar a todos los rincones del mundo con nuestros alimentos y nuestras fibras, por ejemplo, en el caso de la ganadería ovina.

Esto hará, además, que las cadenas estén integradas por empresas innovadoras, competitivas y eficientes, asegurando al consumidor un alimento inocuo, de calidad y a precios competitivos. La bioeconomía será, con sus principios fundamentales, la rectora de las acciones a seguir.

La sustentabilidad productiva, económica, social y ambiental se basará en la capacidad que tengamos para generar biodiversidad, mediante la integración vertical, para brindar mayor valor agregado a nivel local, con una importante demanda del capital humano de la zona productiva, utilizando los recursos renovables, incorporando energías limpias, respetando al medio ambiente y a los ecosistemas.

El cambio ya está en marcha. En la actualidad, los productores de todas las regiones del país tenemos una relación amigable con el medio ambiente, e impulsamos la responsabilidad social empresaria como herramienta de management.

Gracias a todos estos procesos, las buenas prácticas agropecuarias, comerciales, de transporte y de todos los servicios involucrados en la cadena agroindustrial serán una condición sine qua non para llegar a un comprador cada vez más exigente, preocupado por su salud y la del planeta. Pero estas exigencias no solo servirán para ganar nuevos mercados. También serán necesarias, a la larga, para conservar aquellos mercados en los que ya estamos insertos.

Con estas estrategias, podremos continuar abasteciendo al mercado internacional, generar las divisas necesarias para otorgarle mayor sustentabilidad a nuestra argentina, fortalecer el federalismo, el arraigo de la población y el valor agregado local. Debemos aprovechar estas oportunidades que, sin duda, nos brindarán un mejor futuro a todos los argentinos.

El autor es vicepresidente de la Sociedad Rural Argentina (SRA)

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