
Godofredo Daireaux rescató el lenguaje del campo
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-¿Y cómo es una gallareta?
-Como un pato.
-No lo creo; es como una perdiz o martineta, o algo así.
-Está a medio camino entre el pato y la perdiz. Es gordita y oscura y ahora está lleno de ellas en las zonas inundadas.
-No es un pato, y si no no se le diría "gallina de agua".
Lo que en la conversación queda en claro es que mayormente no sabemos qué es una gallareta. Somos puebleros y cada día se nos escapa una memoria, o se nos desvanece una referencia. Hasta que un buen día entra en crisis toda la estructura lógica en que se asienta aquello de "salga pato o gallareta, / así será mi proceder...".
El dicho se entiende, aunque no mucho: según salga pato o gallareta actuaré de un modo u otro, acaso porque en la acepción inmediata del dicho se trataba de atrapar o cazar una presa.
De un modo más preciso se alude a la paulatina desaparición de la fauna silvestre familiar al criollo. En ocasiones, extinción de hecho, que en eso anda el mundo, pero también extinción desde el punto de vista del conocimiento y de las asociaciones. Quizá los lagunones adventicios estén repletos de gallaretas y de otros de pájaros, pero tal abundancia ni le interesa al propietario afligido ni a quien hace negocios con él y teme su ruina inminente.
Un viejo volumen de La Biblioteca de La Nación , de 1905, se llama "El hombre le dijo a la oveja...", subtitulado "Fábulas argentinas". Su autor es Godofredo Daireaux y son estampas sencillas, aleccionantes y hermosamente escritas, en las que es visible la denodada voluntad de proveer a la llanura de tradiciones y referencias que la ennoblezcan. Equivalente en prosa a la poesía gauchesca, muestra desde afuera lo que un hombre culto y enamorado de la pampa hallaba que ésta significa desde adentro.
Según corresponde, son historias de animales para ejemplo de los hombres. Pero no suelen ser los que se mencionan hoy de manera casi excluyente, en el fondo inventos humanos, que eso es la domesticación. Daireaux prefiere hablar de la mulita, de la vizcacha, del cuis, de la cotorra, del chajá, del bien-te-veo, de la comadreja, de la nutria, del zorro pampeano, del chingolito, de lo que aquí se llamó tigre y, por supuesto, de la gallareta.
Daireaux era francés y a la vez argentino como pocos, y también hombre de trabajo y estanciero avisado y progresista; explícitamente, quería humanizar la rudeza de una campaña que apenas nacía a las rutinas de las cosechas, las esquilas y los vagones jaula. Su lenguaje es somero y cauteloso, "aprendido entre los gauchos", según se ufanaba, y siempre adornado con la contención burlona del paisano.
Usa por ahí palabras llamativas como "voracear", por comer con voracidad, o "chiflón", por chiflete, pero son pocas, tal vez porque adrede escribía con sencillez extrema, como para dar más aire a la comprensión de sus moralejas, muchas de ellas memorables de puro gauchas: "La boca besa a la cuchara, pero no es un beso de amor"; "al irresoluto, todo le sale porrazo"; "nunca es rico de veras el envidioso", o esta maravilla tirada al pasar: "En casa vieja todas son goteras, pero en casa nueva los viejos duran poco...".
Son dichos criollos, enhebrados con la fruición de un Lafontaine aclimatado. Claro que es una retórica pasatista, pues porfiar con los robos de la urraca, el canto del zorzal, la testarudez de la mula, supone que uno conoce a esas criaturas. Y, en verdad, ya no las conocemos, o casi. Por más que ahora con tantas fábricas cerradas, o bien por la proximidad de la Reserva Ecológica, a los barrios despoblados del Sur estén volviendo los pájaros del campo, el bicho feo a la cabeza, y también una especie de cardenalito de copete amarillo y vuelo más lento. Es muy extraño, es como un atisbo de regreso a la pampa de Daireaux. ¿No habrá, por ahí, gallaretas?





