
Este texto obtuvo el Segundo Premio del Concurso Rincón Gaucho en la Escuela, por el nivel Polimodal
1 minuto de lectura'
El peludo es un armadillo grande y fornido, de fuertes patas y cuerpo más bien aplanado. Tiene el dorso, la cabeza y la cola cubiertos por una armadura formada por placas móviles, muy flexible, lo que le permite enroscarse en sí mismo y esconder las partes vulnerables, para defenderse de sus enemigos. La caparazón está cubierta de un pelo oscuro, duro y bastante ralo. Cuando se siente en peligro cava con gran rapidez. Se alimenta de casi cualquier cosa, hasta de carroña. Suele ser perseguido porque su carne, bien condimentada, es apetitosa.
En la época en que se aparean, puede haber gran cantidad de ellos en una misma cueva. Cuando nace, su color es blanco amarillento. Con el tiempo, su caparazón se torna negra, por el contacto con el suelo.
Para amamantar a sus crías, que sólo son una o dos, la mamá suele cavar un pocito dentro de la cueva. Ella se para sobre el pozo y la cría se acomoda en él para poder mamar. A medida que crecen, ella llega hasta el final de la cueva para poder darse vuelta y que los hijos logren prenderse de las tetas.
Hay dos tipos de peludos: los de grasa blanca y los de grasa amarilla. Dice la gente de campo que el de grasa blanca es más sano pero que siempre debe ser comido con pan.
Para matar a un peludo, lo más práctico es desmayarlo con un golpe en la cabeza, para que después sea más fácil penetrarle el cuchillo desde la garganta; si no se lo desmayara sería muy difícil matarlo porque sus manos son tan fuertes que contrarrestarían nuestro intento.
Quienes vivimos en el campo llamamos peludear a la caza del peludo. Y tenemos muchas y variadas formas de hacerlo. Como este animalito es muy regular en sus correrías, en las rastrilladas (huellas) que deja hacia los depósitos de alimentos se debe enterrar una lata de kerosene vacía con la parte superior cortada. El hecho es que por la coraza que cubre su cabeza tiene poca visibilidad hacia adelante, entonces caerá en la lata y no podrá liberarse.
Sin embargo, el peludo es un animal de hábitos nocturnos, de ahí que, por lo general, se suela salir a peludear de noche. Durante el día se localizan las cuevas. Cuando ya está oscuro, se introduce una bolsa con la boca hacia fuera, se hace bulla y a esperar que el o los peludos se introduzcan en la bolsa. También hay quienes agregan una manguera al escape del auto y echan agua en las cuevas habitadas. Para saber si se encuentra dentro de su cueva hay que prestar atención a cómo está tapada, porque cuando sale, la tapa en forma desprolija. En una noche, si la tierra está blanda cavará varias cuevas pero, durante el día sólo permanece en una.
Mi profesor de Taller Rural alguna vez me contó que él salía a peludear con dos amigos y que llevaban a su perro. Le colgaban al perro una linterna atada al cuello, con la luz hacia atrás. El perro iba adelante buscando las cuevas. Cuando se detenía ya sabían que allí había un peludo. Una vez, la luz desapareció y todos pensaron que el perro se había metido en una cueva. Empezaron a cavar hasta que... ¡el perro apareció por detrás de ellos! ¡Qué chasco! Sucedió que se había metido en un charco profundo y al mojarse la linterna, la luz se apagó.
Debo decir que yo también salí a peludear acompañado por mi perra. De pronto, se detuvo y empezó a torear frente a una cueva. Cavé y cavé creyendo que el peludo estaba cerca, pero no presté suficiente atención: estaba destruyendo un hormiguero. No pude atrapar al peludo y las hormigas me atacaron de tal modo que tuve que quitarme toda la ropa.
Muchas personas cazan los peludos, los encierran en tambores de 200 litros, los alimentan a maíz durante dos o tres meses y finalmente los sacrifican para disfrutar de su carne. La época ideal para peludear es al término de la cosecha de maíz, cuando queda el rastrojo. Lo cierto es que hoy se ha modificado mucho el hábitat de estos armadillos con los que compartimos la llanura pampeana. La agricultura intensiva y el uso de agroquímicos han afectado a sus poblaciones. Al mismo tiempo son muy combatidos por los agricultores que practican la siembra directa, ya que si una rueda de la máquina se mete en la tierra blanda de la cueva, ésta se volea y ¡hombre al suelo!
El autor es alumno del Segundo Año en la Escuela de Educación Agropecuaria N° 1 Eduardo A. Clausz, de Alberti, provincia de Buenos Aires.
Fuentes locales
Para hacer esta nota el autor tomó el testimonio de Guillermo Berestain, gaucho decidor de Bragado, del profesor Ernesto Moreno y de pobladores rurales del partido de Alberti, provincia de Buenos Aires. Vale esta aclaración porque justamente lo que intenta promover el Concurso Rincón Gaucho en la Escuela es el contacto con fuentes del lugar, la valoración de los testimonios orales y el ejercicio de dar forma a la información obtenida en un texto que transmita cierto color local.






