
Ya con la fundación de Buenos Aires en 1580 se adjudicaron las primeras tierras donde luego, gracias al trabajo de la gente y el incipiente comercio del cuero y del ganado, se instalaron los primeros estancieros.
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En la repartición de tierras que sigue a la fundación definitiva de Buenos Aires en 1580, aparecen lotes de campo que se denominan "suertes de estancia".
Su adjudicación se hizo cumpliendo con el antiguo rito de sacarlos a la suerte y su propiedad final llegaba a otorgarse, como se dijo entonces, "sin que nadie se lo pueda perturbar, como si lo hubiera heredado de su propio patrimonio y como tal lo puedan dar y vender y enajenar y hacer lo que por bien tuvieren, con tal que sean obligados a sustentarla dicha vecindad y población cinco años, como Su Majestad lo manda por su Real Cédula, sin faltar a ella si no fuera con licencia del gobernador".
De tal modo, el que se ausentaba del predio sin ánimo de abandonarlo, debía dejar en él un representante "bien aderezado de armas y caballos, que sustente su vecindad hasta que vuelva a la tierra".
Así se afirma la idea de la estancia, como sitio de afincamiento y permanencia. En realidad, deberán pasar muchos años mientras el país se va nutriendo en un lento proceso de población, hasta darse las condiciones que posibilitan la aparición de la verdadera estancia en nuestro escenario histórico.
Tierra salvaje
La misma extensión de la llanura rioplatense y su carencia de árboles imposibilitaba pensar en cercar predios. Las haciendas deambulaban en procura de pastos y agua, destruyendo los primeros frutos de una agricultura incipiente. Pero eran, a su vez, presa fácil de tigres, de pumas, de perros cimarrones y, sobre todo, de la ambición humana.
La primera marca, la marca de la guadaña, se registra en el Cabildo de Buenos Aires en 1589 e implica la intención de asegurar una propiedad, que durante muchos años se trató de sustentar mediante infinitos litigios, ordenanzas y cédulas reales, de aplicación imposible frente a la cantidad y promiscuidad de la hacienda.
Nacen por esa época las vaquerías, el primitivo aprovechamiento de la producción ganadera que se extiende por más de 200 años y alcanza el auge en el siglo XVIII.
Era faena de hombres de a caballo, que dedicaban días enteros a la persecución peligrosa del vacuno cimarrón, que caía cuando la media luna de desjarretar, con un tremendo impulso del brazo, cortaba en plena carrera el tendón de Aquiles.
Durante el degüello y la cuereada los paisanos lucían su habilidad con el cuchillo. La cacería multitudinaria, que tiene más de pillaje que de empresa, oculta la escasa inversión de mano de obra tras la proeza épica del jinete.
El producto de valor comercial fue el cuero. Todo lo demás se abandonaba en un derroche hoy incomprensible, el cazador comía sólo un trozo de la res elegida.
Sólo a fines del siglo XVII y a principios del XVIII se establecieron las primeras estancias. El jinete criollo se dedicó a aquerenciar la hacienda alzada en los campos abiertos, donde la única mejora de trabajo era el poste de ñandubay enclavado en una lomada, a cuyo alrededor se rodeaba a la hacienda con lento movimiento giratorio. De ahí surge nuestra voz tradicional "rodeo".
El trabajo reviste entonces carácter cotidiano y la estancia por fin adquiere condición de lugar de permanencia.
El manejo de la hacienda y su traslado a los saladeros por medio de larguísimos recorridos desarrollan un compendio de recursos y habilidades gauchas en ese otro arquetipo criollo que fue el resero.
Poco después se producen dos acontecimientos memorables por su influencia decisiva en el desa rrollo de las estancias. Entre 1823 y 1826 llega al país el toro Tarquin, el primero importado de la raza Durham, la que hoy llamamos Shorthorn y que, en 1845, se levanta en la campaña bonaerense el primer alambrado, que enfrenta al gaucho andariego como algo que parece trabar injustamente su libertad ancestral y le despierta un sentimiento de sorpresa y resistencia.
Mientras tanto, en todo el país, superando climas y distancias y afrontando la amenaza permanente del indio, terratenientes y ganaderos importantes nuclearon alrededor de sus estancias a la paisana necesitada de orientación y mando, y del estanciero inevitablemente paternalista, surgió, a veces sin quererlo, el caudillo.
Después de Caseros comienza a aumentar las inmigraciones, casi todas de origen latino y con ellas, una gran cantidad de extranjeros se disemina por la campaña. Son en su mayoría gente sencilla y de trabajo, que pronto se adapta a la vida dura del campo, tal vez por provenir de lugares donde la misma vida era, sino más dura, más difícil.
Y es precisamente por esa circunstancia que se manifiesta uno de los más singulares fenómenos socio-ecológicos del mundo.
La pampa, la llanura vastísima, abraza con amor violento y rudo a sus hijos adoptivos y los convierte en gauchos sin posibilidad de opción porque absorbe al hombre en un proceso de adaptación total que solamente podría equipararse a la influencia del mar sobre el navegante bisoño.
Tal como en los primeros pobladores, otra vez la fuerza telúrica del medio implanta su sello en las costumbres, el pensamiento y hasta en la filosofía del europeo; despierta en su ánimo aptitudes ocultas, le enseña vicios desconocidos, lo hace jinete; en una palabra: lo hace gaucho.
Sería injusto pensar que todo lo dicho no es más que una charla histórica intrascendente y cabe recordar aquí que Juan Bautista Alberdi, agudo y esclarecido estadista, en su ancianidad escribió: "Entre el pasado y el presente hay una filiación tan estrecha que juzgar el pasado no es otra cosa que ocuparse del presente si no fuera así, la historia no tendría interés ni sentido, y no debe falsificarse la historia, porque la falsa historia es origen de la falsa política".
Así es como hemos referido cosas del pasado, pero de un pasado muy próximo, cuyo recuerdo fiel no debería borrarse en la memoria de los argentinos.
Por eso es que ahora, próximos ya a la conclusión del siglo XX, muy bien calificado como "problemático y febril", nos parece oportuna la evolución respetuosa de aquellos duros comienzos y de aquellos valientes precursores.
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