
Testimonios que revelan la importancia social de los ingenios
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SAN PABLO, Tucumán (De una enviada especial).- Los pueblos del interior que crecieron en torno de los ingenios reflejan la historia económica de la provincia. La actividad azucarera, que se inició en el contexto de las estancias, se precipitó al proceso de revolución industrial a partir de 1876, con el ferrocarril.
El diseño urbano que creció a la par del cañaveral y de las plantas industriales es hoy, en muchos casos, la imagen de la decadencia. Los viejos pobladores, que alimentan su conversación con recuerdos que parecen tener la vitalidad del presente, se resignaron a la extinción del empleo. Desde las rutas, las chimeneas que ya no humean indican al viajero dónde fracasó el anhelo de porvenir, engendrado en esas "ciudades de hierro" que soñó Julio Verne.
Las líneas de ferrocarril, que fueron el nexo vital entre los establecimientos industriales y la ciudad capital, hoy no son más que vías muertas. Incluso los vagones que llevaban la caña se convirtieron en piezas de museo o en oxidados referentes de otra época.
Historia de un responso
El ingenio San Pablo fue fundado en 1827 por Juan Nougués, a quince kilómetros de la capital. Hace pocos años fue cerrado definitivamente y el cura párroco José Abuin, que llegó al pueblo "para darle el responso", se hace cargo de la lectura crítica.
"San Pablo se acerca a la extrema pobreza. Los índices de desocupación y de desnutrición son alarmantes. Pero el peor de los males es la incapacidad para generar salidas. Las familias creen que no pueden hacer nada por sí mismas", describe.
"Cuando llegué -continúa-, el pueblo entraba en crisis. Mientras había muchos ilusionados en que el ingenio volviera a funcionar, otros habían apostado a trabajar en la construcción, la metalurgia o la jardinería. Y las mujeres llegaron a mantener a sus familias ofreciendo labores domésticas."
El quiebre definitivo de la economía local exigió del pueblo un cambio de actitud. "En la homilía pascual del ´93 me tocó decirles "dejen de soñar". Tuve que ser muy duro. "No podemos estar como las mujeres que van al sepulcro a mirar el pasado; tenemos que aprender a descubrir que la vida está en el futuro." Al año siguiente, la gente tomó conciencia de que el ingenio no iba más. Cuando empezaron a desmantelarlo ya nadie podía esperar nada."
Modelo verticalista
El párroco describe la organización social que generó la industria azucarera en el mismo tono que Olga Paterlini de Koch, una estudiosa de la arquitectura de la provincia: "Vivir en un ingenio implica no sólo tener que compartir el modo de vida impuesto por el sistema. La coexistencia entre propietarios, técnicos, empleados y obreros en general no significa el funcionamiento de una comunidad donde se comparte un sistema interno de intereses, sino que presupone el cumplimiento de un modelo estricto y verticalista al cual está subordinada cada una de las partes..." "El ingenio -dice Abuin- era una metáfora del sistema feudal. El obrero no tenía que opinar sino que obedecer. El esquema productivo trajo aparejada una subcultura. Todos miraban para arriba. Esperaban que el Estado o la fábrica les solucionara los problemas. El desafío era entonces ayudar a pensar. Muchos dependen del empleo público y otros han comenzado con microemprendimientos de la mano del Plan Social Agropecuario. Ahora muchos alcanzan empleos temporarios en las empresas citrícolas, otros viven de changas."
Cuando se le pregunta si llega asistencia del Gobierno, Abuin dice: "Me propusieron ofrecer ayuda alimentaria, pero yo la rechacé. Los políticos recurren a la Iglesia para repartir, pero no para armar una estrategia. Este tipo de ayuda sólo sirve para escapar de la crisis, no conlleva la intención de promover a las personas. No necesitamos comedores, sino capacitación para organizar microemprendimientos.
"Los planes son migajas, son miserables. Y se promete lo que nunca se cumple", dispara.
Horizonte de supervivencia
Quien recorra las calles de San Pablo verá que el empuje económico que prometía la industria ya no será. Los galpones semivacíos que permanecen emplazados en el centro del pueblo son referencia constante del fracaso. Sin embargo, según refiere Abuin, la mayoría de los pobladores permanece allí, sin más expectativa que la supervivencia. "Nadie espera encontrar un destino mejor en la periferia de algún conglomerado urbano".






