
Un género que va perdiendo vigencia desde los años 70
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No hace mucho se recordó en esta sección la famosa composición "La leyenda del fogón", una de las obras de mayor popularidad en un género propio del siglo XX, que emergió tras la poesía gauchesca. Este arte poético narrativo suele denominarse recitado criollo y sus diferencias con la gauchesca no son sólo temáticas: el sentimentalismo y el tono melodramático que lo caracterizan son, en cambio, ajenos a la poesía que comenzó con Hidalgo y llegó a la cima con Hernández.
Esta poesía o versificación nativista surgió, además, de forma pareja con vehículos y ámbitos de expresión que la gauchesca desconoció, como el disco y la radio, el circo y el teatro. De esta forma se desarrolló como un verdadero género, con gran cantidad de títulos y exponentes de popularidad arraigada. No siempre eran cantores o payadores estos últimos. En su interpretación descolló el platense Fernando Ochoa, que era actor, aunque solía presentarse acompañado de guitarras.
El vínculo de los textos con el arte teatral es evidente, ya que se desarrollan como verdaderas escenas y suele haber en ellos más de una voz, que el recitador se ve obligado a interpretar.
El histrionismo ejercido y acentuado cada vez más dio paso a aquello que el investigador de teatro Osvaldo Pellettieri llama "interpretación llorada". Además de componer las distintas voces de los personajes, los recitadores tartamudeaban, lloraban, gritaban, hacían algunos ademanes y la característica pausa antes del remate. En definitiva, puede decirse que componían una caricatura que acentuaba el patetismo que ya las historias prodigaban (por caso, no son pocos los recitados en que el hablante se confiesa o "conversa" frente a la tumba de la esposa o del hijo). Dicho sea de paso, tanto el filo melodramático como estos artificios actorales son de evidente procedencia italiana.
Esta manera de expresar el texto fue in crescendo, debido, con seguridad, a la aprobación del público. El paso del recitado liso y llano a la exagerada interpretación melodramática resulta fácil de cotejar en las sucesivas versiones que tuvo otro clásico, "El romance del Malevo", del oriental Osiris Rodríguez Castillo, desde que éste lo dio a conocer en la década del cincuenta.
Los temas dominantes no fueron demasiados y suelen relacionarse íntimamente con el tango canción. Por ejemplo, el hombre que hace "justicia" por mano propia tras la infidelidad femenina -cuestión central en "La leyenda del fogón"- aparece en varios tangos de gran popularidad, que incluso cantó Carlos Gardel, como "Justicia criolla", "A la luz del candil" y "Noche de reyes". También la oposición campo-ciudad, que explotan muchos recitados al poner al primero como lugar de las buenas costumbres y a la segunda como de las malas, es afín a la oposición barrio-centro que desarrolló el tango.
"Cosas que pasan"
Otro tema habitual fue el de los hijos descarriados, desagradecidos o ganados por las costumbres perniciosas de la modernidad. Nicolás Zinni lo desarrolló en "Hijo ?e crianza"; Gualberto Márquez, en "Entre viejos"; Arsenio Cavilla Sinclair, en "Confesión" y en "P´algo fuiste a la escuela"; Domingo Rémoli, en "Allá arriba"; Miguel Bustingorri, en "El rezongo". El tema asoma, incluso, en "Cosas que pasan", de José Larralde, aunque no se trata de su hijo sino del hijo del patrón viejo, que el narrador ayudó a criar y quiso como si fuera propio. La mención de Larralde permite recordar que en el repertorio de la generación de sureros a la que pertenece los recitados ocuparon un lugar importante. Para dar otros nombres, también ha sido así en Argentino Luna y Alberto Merlo.
Sin embargo, y aunque sigan interpretándose y con seguridad componiéndose, los recitados criollos no tienen ya el espacio, la demanda y el festejo que supieron tener hasta los años setenta. Para decirlo en términos ecológicos, parece ser un género en peligro de extinción.
Por Oche Califa
Para LA NACION




