
Se trató de un capataz que participó de la reconquista de la ciudad de Buenos Aires y que fue dado por muerto
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Don Januario Fernández do Eijo fue un gallego que llegó al Río de la Plata en 1739. Siete años más tarde contrajo nupcias con la porteña doña María Ignacia de Echeverría y Rodríguez Figueroa, lo que según un descendiente "fue un brillante casamiento", por la dote que aportaba la novia.
Don Januario adquirió una estancia cruzando el Riachuelo, pero a la muerte de su suegro además de la que ya poseía agregó la ubicada en el pago de la Magdalena, conocida como El Rincón de Todos los Santos, con una superficie de cien leguas cuadradas. Fueron también conocidos como Rincón de Noario, Rincón de Viedma y de Villoldo.
Los "rincones" eran campos limitados por el mar, ríos y arroyos, donde la hacienda estaba libre, pero con límites bien definidos, lo que facilitaba las tareas rurales de encierre y recolección.
A la muerte de don Januario en 1752, el campo pasó a manos de sus hijos. La mayor, María Josefa, se casó con don Francisco Piñeyro, quien se dedicó a administrar y acrecentar las posesiones de la familia, ampliamente conocidas como el Rincón de Noario. En ese paraje se criaban toros para deleite de los porteños en las corridas de la plaza del Retiro.
Piñeyro era natural de Galicia y llevaba 26 años de matrimonio cuando los ingleses invadieron Buenos Aires en 1806. Es posible que desde sus campos se hayan avistado muchas veces las velas de barcos ingleses (la presencia de ellos no debió alarmarlo demasiado ya que el contrabando era moneda corriente).
Sin embargo, enterado de los verdaderos móviles de la flota, que sin la más mínima resistencia ocupó la ciudad, el acaudalado y prestigioso estanciero, deseoso de servir a su rey, le encomendó al capataz Francisco Díaz que reuniese a la peonada, y con una buena tropilla partieron para recuperar la ciudad.
Después de sortear cañadones, abriéndose camino por sendas desconocidas, para evitar la posible delación, llegaron a la ciudad, donde don Francisco se puso a las órdenes de Liniers y más que seguro de Pueyrredón, que había armado a un buen grupo de paisanos, entre los que se encontraba su viejo conocido y vecino don Matías Rivero, estanciero de Chascomús, que también había reclutado a su gente.
En las jornadas del 12 de agosto, se alistó como sargento en las tropas al mando de Tomás Videla. Francisco Díaz, en medio de la lucha, socorrió al teniente Patricio Lynch, llevándolo para que lo asistieran a la casa de la familia Escalada.
Volvió al momento a ocupar su puesto en la lucha, y eso fue lo último que se supo de Pancho, porque desapareció y fue dado por muerto. Muchos intentos hizo don Francisco de encontrar a su buen capataz, y sin poder hallarlo volvió cabizbajo con su gente a la estancia.
El sargento Mackarach, irlandés desertor de las tropas de Beresford, logró alcanzarlo a Díaz, cuando, malherido, era arrojado en la fosa del fuerte, donde se enterraba a los muertos. El efecto de las frías aguas despertó a don Pancho de su letargo y después de las curaciones reaccionó favorablemente.
Mientras tanto la noticia de su muerte llegó hasta los campos del Rincón de Noario. Tan lamentada era que el propietario, después de los sufragios por el difunto, decidió que parte de los potreros de la estancia llevasen el nombre de Pancho Díaz, que había ofrendado patrióticamente su vida.
Poco después el "difunto" apareció galopando por sus queridos pagos, lo que habrá motivado algún susto sin duda, pero también la alegría, que supo festejarse con una gran fiesta criolla.
Pancho se volvió entonces una figura legendaria en la zona, y don Francisco lo llevaba siempre como compañía. Desde hace doscientos años ese cuadro del Rincón de Noario conserva el nombre de Pancho Díaz.
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