
Son las artesanas que fundaron la cooperativa Tinku Kamayu
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Santa María, la localidad del norte catamarqueño que acaba de acoger el IV Congreso Mundial de Camélidos, ha sido testigo en los últimos cinco años de cómo un puñado de mujeres reaccionó frente a la crisis recuperando la tradición del hilado y ahora progresan poco a poco en la producción de prendas de llama y oveja.
"Al principio éramos ocho y ahora somos casi 20, con una producción creciente. Hemos encontrado otra vez nuestra identidad y, con ella, la posibilidad de trabajo para nosotras y para otras, y toda la riqueza de los orígenes de nuestro pueblo. Ahora nos sentimos personas más útiles, no humilladas sino valiosas y capaces de expresar lo que pensamos", reconoce Margarita Ramírez de Moreno, descendiente de calchaquíes y una de las fundadoras de la cooperativa de artesanas textiles Tinku Kamayu.
El nombre del emprendimiento también tiene que ver con su historia: Tinku Kamayu significa en quechua "Reunidas para trabajar".
En diciembre de 2001, la Argentina atravesaba una crisis terminal, pero en Santa María no se veían los saqueos y cacerolazos de Buenos Aires. El párroco del lugar le encargó a Margarita que recopilara las necesidades de sus vecinos del barrio de Lampacito, a dos kilómetros del centro. Descubrió que no había alguien sin alguna carencia, de medicamentos, ropa o consejo, pero a todos les faltaba el trabajo.
Días después, tomando mate con amigas, se comentó que la escuela Focolar de artesanos Aurora, famosa en esta población ubicada a 2000 metros sobre el nivel del mar, tenía dificultades para comprar hilo porque el precio había subido por las nubes. "¿Y por qué no hilamos nosotras?", preguntó una de las mujeres, la mayoría amas de casa.
"No fue fácil convencer a las mujeres de mi tierra, siempre discriminadas, de recuperar el arte del hilado", admite Margarita, pero de un día para el otro una de sus compañeras, Juana, las impulsó a todas: "Empecemos ya". "¿Pero cómo, si no tenemos plata en el bolsillo?", respondió Margarita. "Yo tengo en mi casa una máquina de hilar. La pongo a disposición", respondió Juana. "Yo pongo cinco pesos", se entusiasmó una. "Yo tengo seis kilos de lana", se sumó otra.
Sólo una de las ocho pioneras sabía hilar. Comenzaron con una máquina y husos, el antiguo instrumento para hacer del vellón de lana de llama metros de hilos para tejer. Al poco tiempo consiguieron quién les prestara dinero, pero también tuvieron que dejar el terreno donde estaban y la más experta se enfermó. En la mudanza encontraron una imagen de la Virgen, y Margarita, muy creyente, propuso que todas se comprometieran a "trabajar día a día amándose entre ellas". Finalmente consiguieron donaciones privadas de otro predio, al aire libre, cinco máquinas más y varios kilos de lana. Fue entonces cuando se bautizaron Tinku Kamayu.
Un lugar para trabajar
En aquellos lugares precordilleranos donde el viento levanta mucha tierra y el calor abrasa en verano, el trabajar al aire libre resultaba una contra. Con ayuda del Programa Social Agropecuario inauguraron este año una construcción de dos pisos: la planta baja, para la venta, y la segunda, donde resuenan las máquinas a pedal de las hilanderas.
La técnica del hilado supone la selección de la lana, lavarla sólo con agua, dejarla secar y, si se desea un color distinto del natural, teñirla. Por lo general, la lana de llama conserva su color natural en el hilado. En caso de la lana de oveja, puede ser teñida. En Tinku Kamayu se la colora con las técnicas tradicionales: agua hervida con cebolla, piel de durazno o cáscara de nuez.
Las cooperativistas santamarianas no sólo hilan, sino que con el tiempo se propusieron agregar valor: ahora tejen con su hilo caminos, mantas, guantes, medias y gorros. Venden a los turistas en su sede, sobre la mítica ruta 40, pero también han conseguido algunos canales de venta en el resto de la Argentina. Tienen web: www.tinkukamayu.com.ar . Pero aún queda mucho por hacer: todavía se alegran cuando pueden repartirse $ 150 mensuales cada una. Siguen reunidas para mucho más que trabajar.




