
María Cristina Berçaitz recrea escenas rurales con honda sensibilidad en su libro Recuerdos, tan sólo recuerdos
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Sentir la belleza y revestirse de su trascendencia entraña un proceso de comprensión que siempre, necesariamente, apunta a la objetividad: en rigor y como de sobra saben los enamorados, nadie ve la belleza de lo suyo sino cuando otro viene a cubrirlo con su amor. Al respecto, en términos del desarrollo de la sensibilidad paisajística no fue el campesino sino el hidalgo el que develó los encantos de lo bucólico para posibilitar que a su turno el burgués también lo hiciera; el griego moderno, por su lado, dio en valorar su mundo una vez que reparó en el éxtasis con que lo contemplaba el viajero nórdico.
No es distinto lo sucedido entre nosotros. Mil veces se ha dicho -y es una aserción de plena justicia- que la hermosura de la pampa ha sido, en lo fundamental, un descubrimiento de los viajeros ingleses, o de ingleses emotivamente avecindados entre nosotros, como William Henry Hudson y Robert Cunninghame Graham. La pampa vieja, anterior a las rutinas de la estancia y al trabajo de los gringos, fue celebrada y descripta por ellos en su infinidad de aguadas, de aves y de enigmas. Más tarde, puebleros como Güiraldes o Amorim ensalzaron y mitificaron la nueva pampa, amansada y ubérrima, lugar edénico en el que la historia se habría detenido.
Traigo a cuento lo anterior, porque testimonial y anecdóticamente el reciente libro de María Cristina Berçaitz, Recuerdos, tan sólo recuerdos (Editorial Algazul, Buenos Aires, 2006) viene a continuar -seguramente sin haberlo previsto- esa noble tradición de proximidad y delectación con nuestras llanuras, desde la perspectiva de un paso junto a momentos extinguidos. Merece esto ser explicado: partícipe generacional de afinidades sin duda ajenas al campo antiguo y a sus hoscos valores, ella adapta el clásico sentimentalismo displicente de su época, lo fantástico y lo exótico a que es afecta y que ha valido a su literatura momentos de notable brillo, a una honda reflexión didáctica sobre algo cercano e irrecuperable.
Un día -nos consta-, en conversación ocasional hizo mención de los veranos de su infancia en el pago de San Andrés de Giles y alguien le indicó la posibilidad de publicar esas memorias en el Rincón Gaucho, antes de que se convirtieran definitivamente en desmemorias. Vieron la luz tales muestras de añoso pasmo un par de veces en estas columnas, pero ocurrió que la pluma corrió demasiado aprisa en relación con la habitual cadencia de aparición de las colaboraciones, con lo que el trabajo vino a independizarse de su inicial propósito y un buen día se nos presentó impreso y formando un volumen.
La trémula ternura de las imágenes y sensaciones que una criatura totalmente urbana recibía en aquellos episódicos veraneos queda, por supuesto, muy superada. Tenemos, en cambio, una niña, una muchacha, una joven por fin, que con sus sortilegios a cuestas se aproxima a sembradíos, a montes de frutales, a alambradas, a abrevaderos, a la mansedumbre infinita con que aguardan los animales su destino. Hay prodigios y temores, descubrimientos paulatinos e insinuados, la certeza melancólica de que la vida se despliega más allá de los horizontes soleados y arbolados, la pasión remanente de saber que nada muere mientras uno viva y que aquello recordado se ha transformado en parte inescindible de la personalidad.
Personajes tallados en la sombra de la añoranza, el aroma pesado de cuando va a llover, el vocerío de los pájaros, las tareas vistas con asombrados ojos infantiles, un beso robado junto a una tranquera que ya no existe; todo es sólo literatura, perdurable a través no de la retórica sino del sentimiento, justamente al modo de la poesía.
Se entresacan, aquí y allá, además, restos de una vida que se ha vuelto remota: el sol de noche, la rastra de romper terrones, la fiambrera de cuando la heladera era todavía un lujo de la ciudad, los camineros, el trayecto polvoriento, los idénticos pueblos expuestos al desamparo de ese traslado imperceptible que va del crepúsculo ferroviario a la difusión del automóvil, la temerosa distancia ante peones atezados y acaso anacrónicos, los nuevos ricos presuntuosos y de apellido italiano llamados a instaurar el ciclo actual y a convertirse con el correr del tiempo en los depositarios de una tradición asimismo nueva, aunque hoy nos parezca consustancial con la campaña porteña.
Pues Recuerdos, tan sólo recuerdos es también -no siendo en sí sino un libro de memorias- un infrecuente cuadro sociológico acerca de las modificaciones profundas registradas en nuestro ámbito rural durante los años cincuenta y comienzos de los sesenta del siglo pasado, no según el criterio de un investigador y menos de un turista al uso; son relatos de un tiempo en que ya no había estancias pero subsistían los potreros y los campos sembrados permanecían como promesas invulnerables a la corrosión de los ánimos. Eso hallará en estas páginas alguien interesado en las cosas camperas. Y es mucho.
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