
El palacio de estilo normando, erigido con materiales traídos de Europa, le dio aires señoriales a esta estancia
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TANDIL.- Cuesta creer que, en medio de una barriada de las más populosas del Tandil de hoy, con sólo recorrer unas cuantas cuadras desde la ruta 226, se pueda encontrar un predio como el de la estancia Sans Souci.
Es que en la ciudad serrana actual, con severos problemas habitacionales y una intensa actividad de la construcción, las 66 hectáreas que ocupa el predio que alguna vez perteneció a la familia de Ramón Santamarina queda como un vago recuerdo de lo que fue esta zona a principios del siglo pasado.
Pese a algunos condimentos en común, la historia de Sans Souci y su palacio de estilo normando reune ingredientes que no acompañaron a las demás construcciones de la época, tanto en Tandil como en el resto de la provincia, cuando el poder se medía en hectáreas o propiedades.
Sans Souci fue construido por José Santamarina -que estaba casado con la británica Sara Wilkinsson-, en el predio que había comprado su padre (también llamado José Santamarina), y se emplazó a la usanza de la época para las familias acomodadas: sin medir los gastos y trayendo todos los materiales e interiores desde Europa, por más que los barcos demoraran varios meses en ese "delivery".
Una obra de arte
El resultado no podía ser otro que una propiedad majestuosa, conformada por un casco principal con unas cuantas construcciones aledañas, como cocheras o casas de caseros. La residencia principal, contaba con decenas de habitaciones en tres niveles, enmarcadas por aberturas y pisos de maderas refinadas, una estufa central hecha en piedra tallada por manos artesanales de lo mejor, y una escalera con fuerte presencia central.
Obviamente, también impactaban los servicios con los que contaba, como calefacción central y ascensor, y hasta las instalaciones de las áreas de servicio, como la cocina, del tamaño de una casa completa de hoy.
Puertas afuera, el parque de la residencia colaboraba con ese lujo y glamour, con rosales y flores de todo tipo desparramadas por doquier, con hectáreas y hectáreas de arboledas más allá.
"Era impactante la fragancia a magnolias que se respiraba desde el parque cuando venía el intenso calor", contó alguna vez la periodista Magdalena Ruiz Guiñazú, que en su infancia pasó varias jornadas en el lugar, a partir de la amistad de su familia con la del general italiano Mauricio Marsengo, que se casó con Wilkinsson tras la muerte de José. Sin embargo, todo ese esplendor del pasado se acabó de un día para el otro.






