
Sabores del interior provinciano
1 minuto de lectura'
En años que nos complacemos en rememorar, durante las tardes, en los incipientes grupos pueblerinos del interior provinciano, eran frecuentes las tertulias, tan agradables y amenas. En ellas se conversaba al tiempo que circulaba el mate o se bebían vasos de agua llovida cortada con zumo de naranjas amargas, en el verano, y chocolate caliente con churros o tortas fritas en los fríos y lluviosos días del invierno.
¡Tortas fritas criollas! Sencillas, pero prácticas y agradables costumbres. El hacerlas -sea por el motivo que fuere- para las más diversas ocasiones y el lugar en que se hicieran, despertaba siempre alegría y entusiasmo, que envolvía por igual a los chicos y a los grandes. Un día de lluvia en el campo era la mejor oportunidad para saborearlas.
El paleontólogo Lucas Kraglievich, hacia 1910, contaba que en sus exploraciones patagónicas, marchando a caballo, tuvo que desistir de llevar galletas, porque a causa de la sequedad del clima, con el movimiento de las árganas, concluían por hacerse polvo. Llevaba entonces los ingredientes necesarios: harina, sal y grasa, y diariamente fabricaba tortas fritas.
Con el paso del tiempo, las tortas negras, los bizcochos con grasa y los bollitos de Tarragona fueron desplazando de nuestras costumbres las doradas y sabrosas tortas fritas.
Fiel compañero
Contertulio inseparable de aquellas gentes, fue siempre el mate, que aún perdura en nuestros hábitos.
Bajo el alero de la vivienda rural, en torno del fogón que luce en las madrugadas, como un ojo solitario en la llanura, corriendo de mano en mano, el mate logró poblar de risas las mañanas de los humildes y prestar el calor necesario al trabajo. Motivo de cita cordial y cotidiana en la soledad del campo, pronto invadió las ciudades y trepó por todos los niveles sociales y hoy nadie ignora el encanto y la sugestión que ejerce en la trama de la existencia diaria.
Como dijo alguna vez Ernesto Morales, tomar mate es conversar. Y conversar es sinónimo de amistad, y significa ocio, y éste, a su vez, no es sinónimo de haraganería. Se puede fumar discutiendo. Discutir y tomar mate es imposible, porque no se puede gustar plenamente el goce del mate si el ambiente no es propicio.
El valor del mate reside no sólo en esa agua caliente, en el áspero amargor de la selva, que nos viene desde el cuenco tibio que nuestra mano sostiene, porque ¿quién podrá suponer que es mate el cebado en jarro u otro recipiente de loza o vidrio, que no sea la calabaza que para uso exclusivo del mate nos brindó la naturaleza?
Artemio Arán lo ha definido como un gorro frigio al revés, hecho ternura entre las manos de una china buena. Su boca se empilcha de espuma, su mejor gala. Acaricia por dentro, cuando lo acarrea la madre vieja. Es baluarte, poncho y daga y hasta coraza contra la pobreza.
Nacido en el seno del pueblo, el mate produjo el surgimiento de creencias, refranes, romances, adivinanzas, hoy casi por completo olvidadas. El mate cebado amargo significa indiferencia; dulce, amistad; con toronjil, disgusto; con canela, recuerdo; con azúcar quemada, simpatía; con leche, estimación; con miel, casamiento. Decía Pablo Mantegazza, médico italiano que viajó por estas tierras hacia 1854 y convivió con nuestros gauchos, refiriéndose al lenguaje del mate: "Aprended de memoria este buen diccionario si queréis ir a América y leer los sentimientos de la señorita que os ofrecerá el mate envuelto en su más fino pañuelo para que no os escaldéis las manos."






