Un arreo que extendió la frontera ganadera

En 1888 se trasladaron miles de ovejas desde Río Negro hasta Río Gallegos para poblar las primeras estancias
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3 de marzo de 2007  

El general Julio A. Roca no ignoraba la problemática de los territorios de la Patagonia y la necesidad de incorporarlos a la integridad del país, empezando por conocerlos y poblarlos. Así fue como, durante su primer mandato, se creó la ley orgánica de los territorios nacionales y la subdivisión de la región en seis gobernaciones (1884). Como primer gobernador de Santa Cruz fue designado el joven oficial de Marina, Carlos María Moyano, considerado gran conocedor del Sur. Una de las primeras gestiones que le encomendaron fue trasladarse a las islas Malvinas con la invitación del Estado para todos aquellos ovejeros que quisieran poblar las tierras vacantes de Santa Cruz, con la promesa de arriendos muy convenientes.

Alentados por la cercanía, el clima similar y la posibilidad de contar con más tierras de pastoreo, muchos ovejeros malvinenses se trasladaron a los campos costeros de Santa Cruz acompañados por peones, puesteros, perros, esquiladores y alambradores de la misma procedencia, muchos de los cuales, más adelante, también accedieron al arrendamiento de las tierras disponibles, dando origen a la formación de una comunidad angloparlante que fundó las primeras estancias.

Cruzar el vacío

Si bien las ovejas arribaron a Santa Cruz transportadas por veleros procedentes de las Malvinas, en adelante, vacunos, caballos y ovinos, llegaron en sucesivos arreos, organizados por iniciativas particulares. Estos desplazamientos de ganado fueron sucesos a ras de tierra casi desconocidos para la mayoría de los norteños, hechos que ni siquiera integran el espectro folklórico del país, pero que viven en la memoria de las familias pioneras de Santa Cruz, como las grandes hazañas de sus antepasados.

Aquellos hombres de temple, tallados por las inclemencias del clima patagónico, recorrieron enormes distancias por territorios aún inexplorados, conduciendo sus tropillas y sus majadas fundacionales.

Entre estos extraordinarios movimientos de hombres y animales se destaca aquel que el escritor patagónico José Salvador Borerro Rivera llamó "el gran arreo", una verdadera epopeya protagonizada por un grupo de pioneros que se propuso conseguir los animales que se necesitaban para poblar los primeros establecimientos productivos.

Sin antecedentes

Aquel arreo precursor fue realizado por Henry Jamieson, John Hamilton, William Saunders, Mac Clain y George Mac George. Este pequeño grupo de ovejeros malvinenses recién llegados al continente sabía que traer ovejas del Norte no era una aventura cualquiera sino un emprendimiento económico muy importante sobre cuya factibilidad no había antecedentes, por lo cual intentaron prepararse con anticipación y tomar la mayor cantidad de prevenciones posibles. Como no conocían la región que atravesarían averiguaron entre los tehuelches caminadores sobre los pastos y aguadas que encontrarían.

Hicieron consultas entre quienes tenían alguna experiencia en conducir animales por las estepas chubutenses, así como leyeron los relatos de viajeros exploradores, que alguna vez anduvieron por esos espacios y dejaron escritas sus impresiones.

Nada quedó librado al azar, de modo que finalizados todos los preparativos los cinco muchachos rubios se embarcaron en el flamante puerto de Río Gallegos rumbo a Buenos Aires. Allí se abocaron a realizar las compras forzosas y los trámites necesarios para organizar la travesía. Terminada la estadía en la ciudad tomaron el tren a Bahía Blanca. Desde ese sitio, se movieron a lomo de caballo por Necochea y Sierra de la Ventana para adquirir doscientos caballos, trescientas yeguas y seis padrillos. Conduciendo esta tropa de equinos, emprendieron el camino rumbo al Sur, hacia los establecimientos ovejeros situados en Río Negro, donde procedieron a la selección y compra de 5000 ovinos criollos, apenas mestizados con sangre merina.

Ya habían transcurrido algunos meses y cabalgado muchas leguas, antes de llegar a Fortín Conesa, en Río Negro, donde concentraron equipos, peones y animales para emprender el viaje. Lo más difícil estaba por comenzar.

Amanecía el 8 de septiembre de 1888 cuando se puso en movimiento la impresionante tropa de hombres y animales que caminarían lentamente, a paso de cordero, los 2800 kilómetros hasta llegar a la región del Río Gallegos.

No había huellas ni aguadas reconocidas, sólo era cuestión de poner proa al Sur y avanzar sin abandonar la línea de la costa, el rumbo natural que esbozaba el futuro trazado de la ruta nacional 3. Así se inició la marcha de hombres y animales, las caballadas al trote, las ovejas al paso, los perros al acecho, pero sin perderse de vista ni separarse demasiado.

Resistencia a la intemperie

Hay que imaginar esa inmensa mancha blanca de 5000 ovinos que avanzaba cruzando ríos anchos y caudalosos, bebiendo en aguadas espaciadas, comiendo al paso y pariendo en el camino. También hay que comprender la paciencia y equilibrio que tuvieron que tener los arrieros para soportar lluvias, vientos, fríos y nieves, comer y dormir a la intemperie, a veces perdidos en la inmensidad, otras buscando animales desprendidos de la tropa y siempre manteniendo alejados a los pumas que merodeaban el rebaño.

Así atravesaron los territorios de Río Negro, Chubut y Santa Cruz, hacia donde los guiaba su estrella del Sur.

Habían pasado dos años cuando finalmente alcanzaron destino las 5000 ovejas, una cantidad que se mantuvo equilibrada entre las piezas carneadas y las pariciones. Las últimas etapas habían sido muy difíciles por el agotamiento de hombres y animales.

Henry Jamieson tenía la afición de escribir y no sólo dejó poesías que todavía guardan sus descendientes, sino que escribió un diario del arreo que protagonizó. Lamentablemente, ese documento ha desaparecido: fue prestado y jamás devuelto a sus familiares. Una pérdida para la investigación histórica de la región.

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