
Carlos Casalla, creador del legendario Cabo Savino, un "milico" de frontera destinado a inolvidables aventuras
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Entre los inolvidables gauchos de lápiz y papel que poblaron los diarios y revistas argentinas desde mediados del siglo XX, el Cabo Savino ocupa un lugar destacado. Su creador, Carlos Casalla, todavía hoy lo mantiene vivo a través de una tira en el diario Río Negro. Para quienes no lo han conocido, Savino es un sufrido "milico" de frontera, en los años anteriores a la Campaña del Desierto, destinado a misiones casi siempre solitarias y riesgosas.
Casalla lo creó en 1954, para publicarlo en La Razón, aunque entonces era "Sabino", en homenaje secreto a un boxeador de fama en esos años y en consonancia con el pelaje equino. En 1970 se alió al guionista Julio Alvarez Cao (y luego a otros) para mudarlo a Savino y hacerlo correr sus aventuras en las páginas de la revista quincenal El Tony, de Editorial Columba. Y así fue hasta 1986, en que Casalla se jubiló en dicha empresa.
Durante los últimos años, el dibujante envió sus trabajos desde Bariloche, localidad en la que se radicó definitivamente en 1968. Además, al llegar los años ochenta, el personaje conoció los sets televisivos merced a una iniciativa de actores y productores tucumanos que rodaron tres episodios en Río Hondo, Santiago del Estero. Los mismos se emitieron en canales del Noroeste.
La pasión de Casalla por los temas criollos es explicada por él mismo en el prólogo de una edición del libro de las aventuras del cabo, que realizó el sello barilochense Caleuche. "Comencé de pibe -cuenta- a leer sobre esa época y la tortuosa vida en la frontera. Mi libro de cabecera fue el "Martín Fierro". Luego, para conocer más, me fui de cabeza a "El indio del desierto", de Schoo Lastra, luego a "La guerra al malón", del comandante Prado, y finalmente a "Los grandes caciques de la pampa "y "La pampa habla", de un grande casi olvidado, Luis Franco. Hay dos detalles que me dieron la manija que me faltaba. Vivíamos con mi familia, yo tendría cinco años, en el lugar donde habían estado los toldos de Pincén, en el norte de La Pampa. Ese lugar se llamaba Trenel. Pasaron varios años y, ya en Buenos Aires, vivíamos en la calle Lezica al 4300. Releyendo historias de la guerra contra el indio, me sorprendió descubrir que Manuel Namuncurá, el último jefe indio combatiente, había vivido en Lezica al 4200, durante sus años de retiro".
Consultado telefónicamente sobre sus inicios profesionales, Casalla cuenta: "Estudié en las academias de Bellas Artes Belgrano y Pueyrredón, con profesores como Lino Spilimbergo. Me volqué a la historieta criollista en años de auge, cuando ya tallaban dibujantes del rango de Raúl Roux y Enrique Rapella, con quienes compartí muchas horas en las editoriales y charlas muy fructíferas".
Cierto, la historieta de tema gaucho, o criollista, tenía por entonces una enorme aceptación y los héroes nativos del cómic eran muchos, además del cabo: El Huinca, Lanza Seca, Lindor Covas, Fabián Leyes, son algunos de los más recordados. Casalla y Cao crearon, además, otros para Columba, como el sargento Martín Toro, y el guionista hizo, con otros ilustradores, a Pehuén Curá, baqueano de los Colorados del Monte. Aunque también producían historias con otra ambientación: tales los casos de Patrulla Americana, una saga de acción de estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial, y el "western" Alamo Jim, con guiones de Carlos Albiac.
Tras la aparición en el libro del Cabo Savino hace ya dos años, Casalla trabaja ahora en otra novedad: la edición de "El Gran Lago", que cuenta la historia regional de Bariloche y de sus protagonistas hasta 1920, y que se publicó en tiras diarias de un total de cuatro mil quinientas.
Evidentemente incansable, el dibujante es, además, una figura de reconocimiento en la ciudad andina por su pasión musical, que consiste en tocar la batería en conjuntos de jazz y el bongó en un grupo de flamenco. "Con eso me saco el estrés", nos dice. Curiosa alternancia artística, la de este gauchi-dibujante admirable.






