Un espíritu libre, ni croto ni linyera

Carmen Verlichak
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26 de mayo de 2012  

Nunca nos explicamos cómo ni el calor ni el frío le hacían nada al cuerpo del Denco. Tampoco supimos cómo llegó a ser lo que era, algo diferente a croto o linyera, pero con cosas parecidas a los dos. ¿Sería cierto que había estado en la guerra, o contaba cosas que escuchó de otros? Lo que sí se supo enseguida es que no se le podía sujetar bajo ningún orden establecido. El podría trabajar, ¿por qué no? Pero no por obligación sino como una muestra de amistad, sobre todo trabajaba en las carneadas. Y, si aceptábamos su modalidad, era capaz de volver siempre con nosotros. En su época, aquella que iba desde los primeros fríos hasta la última carneada.

Venía con su fierrito de croto, que tenía un gancho en una punta y un filo en la otra: adminículo que tanto servía para colgar su atadito, tal como lo vimos por primera vez, como para colgar la pava para los amargos o asar un animal. Y, aunque nunca lo necesitó para eso, el fierro era también un arma defensiva; por algo tenía unos setenta centímetros.

Metódico y prolijo, el Denco se asentó siempre en el mismo lugar; en el molino que daba agua al parque, de manera que lo teníamos de lo más a mano. Nos había acostumbrado a una especie de encantamiento con sus narraciones. Cuando podíamos, nos llegábamos a verlo. Mateo, el menor de nosotros ocho, era siempre el primero y se quedaba horas oyéndolo hablar, o esperando que volviera a hacerlo en el caso de que hubiera enmudecido.

El hombre contaba algunas historias bellas y otras que eran aterradoras. "Una noche nos quemaron el pueblito, no quedó nada, si siquiera la casa grande de piedra, nos salvamos porque corrimos hacia el bosque; después los niños aprendieron a escribir haciendo letras con un palito en las cenizas," dijo una vez.

Cuando lo contamos en la mesa, papá se quedó muy pensativo "¿dijo bosque?, entonces es en Europa; ¿será que estuvo en la Segunda Guerra Mundial?" y murmuró algo más sobre la bendición de la paz. Pero los peones prefirieron pensar que no era verdad y buscaban siempre la manera de hacerle "pisar el palito", un poco celosos del protagonismo del Denco.

Que debe de haber estado en la guerra se veía sobre todo por el amor que tenía a la vida, por lo que le gustaba mirar al cielo y por cómo amaba el sol. Y también por lo que lo querían los animales; al Denco no lo "chuciaron" los perros jamás, ni la primera vez que llegó cortando campo.

Una vez, Mateo notó la inicial grabada en el fierro "¿M? ¿Pero no te llamas Denco?" "Sh… Yo también me llamé Mateo en un tiempo, hace mucho", agregó con el aire de secreto que se traía a veces. "Un día será tuyo", agregó por lo bajo y Mateo creyó llegar al paraíso. Pero lo que pasó en realidad es que un día no lo vimos cuando llegaron los fríos. Ni después. Muchos días seguimos mirando la huella por si aparecía con el tren de trocha angosta que llegaba por las tardes. Pero el Denco no volvió más a San Dionisio.Todos nosotros –y los que se burlaron también– supimos que habíamos perdido algo muy valioso y no teníamos idea de cómo recuperarlo. El que más lo sintió fue Mateo, quien, aunque pasaron muchos años, todavía sigue entre chacaritas y quincalleros buscando el fierrito con la letra M. Mientras tanto, escribe historias.

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