
En medio de un paisaje de campos verdes y cerros chatos se erige un casco antiguo de estilo colonial, construido en 1877 y actualmente transformado en gran atractivo del turismo rural
1 minuto de lectura'
BALCARCE.- El camino que une Balcarce con Mar del Plata, conocido como "la ruta jardín", despliega a sus costados un paisaje único, con cerros chatos y rocosos que se pierden en campos fértiles y productivos. Cada tanto se alza un puente y el cauce de los arroyos continua su curso, ondulante y presuroso. En las cercanías del kilómetro 36,5, una construcción de estilo colonial se asoma más allá de la banquina. Una tranquera blanca y sencilla anuncia la entrada al Antiguo Casco La Brava. Basta seguir la avenida de casuarinas para desembocar en la vieja casa de estancia, reciclada y convertida en centro de reuniones y espacio para el turismo rural, propiedad de Thelma Martín.
La Laguna Brava -un ojo de agua de 438 hectáreas de superficie, alimentado por ríos subterráneos- le dio su nombre a estos campos en 1877, cuando Agustín Molina y su esposa, Juana Leloir, compraron 8 mil hectáreas y construyeron el casco con el jardín de terrazas, siguiendo la pendiente del terreno. Este rincón del sudeste bonaerense está atravesado por la cadena de Tandilia, con sierras que no alcanzan los 300 metros de altura y superan los 2000 millones de años, dándole un marco único en historia y belleza.
"En estos cerros hay cuevas donde los arqueólogos determinaron que hubo vida humana hace 10 mil años", cuenta Thelma Martín desde una de las galerías del Antiguo Casco La Brava, señalando el cordón serrano que se funde en el horizonte. Antes de la incursión de los españoles hacia el sur del territorio del Virreinato del Río de la Plata, los tehuelches habitaban estos suelos y vivían de los frutos de la tierra, refugiados entre los cerros que acompañan a la vieja casona de estilo rudimentario.
En 1741, los padres jesuitas llegaron a la región y, tras ellos, el cacique mapuche Cangapol. Desde entonces, por estos valles y entre estas sierras se gestó la cultura de los indios pampas, desaparecida tras la Conquista del Desierto. Con la llegada de Juan Manuel de Rosas al gobierno bonaerense, los territorios comenzaron a repartirse y en 1830 Patricio Lynch recibió 17 mil hectáreas sobre las tierras que circundaban la Laguna Brava, convirtiéndose en el primer propietario de estos campos, que luego pasaron a Sáenz Valiente, hasta 1877, cuando Agustín Molina y su esposa, los compraron.
Los Molina Leloir llegaron a estas tierras del partido de Balcarce el mismo año que las adquirieron, tras un largo viaje en carreta, junto con Carmen, su hija de siete años. Se encontraron con una llanura verde, una importante superficie de agua y una matera precaria. Sobre este escenario comenzaba a proyectarse la estancia Laguna Brava.
Las primeras obras que comenzaron a darle la forma actual al casco, de estilo español con influencia italiana, fueron dos alas paralelas erigidas con ladrillos moldeados a mano, semi cocidos y unidos con argamasa de barro: una destinada a la familia, con el baño unido a la casa, algo insólito para la época en la zona, y la otra para el servicio doméstico.
El ala sur, que cierra en forma de U, tal como era la costumbre en las estancias de la época, no tardaría en construirse y agregarle distinción, al igual que el jardín, un rectángulo con terrazas, cercado por avenidas de casuarinas, robles y eucaliptos, refugio de innumerables especies de aves que habitan en el lugar.
Carmen creció entre estas comarcas de la estancia, en las cercanías del extenso ojo de agua y a la sombra de las sierras. Siempre la unió un sentimiento especial a la casa de la familia y a la naturaleza que la rodea. En uno de los vidrios de la puerta que lleva al antiguo comedor de la casona pintada de blanco con las aberturas en maíz, aún se lee la firma de Carmen Molina, escrita con un diamante. Y por los alrededores del jardín parece oírse el rechinar que acompañaba al galope de sus caballos, que montó hasta los 80 años.
Rescate emotivo
A su muerte, las tierras se dividieron entre sus nietos y después de varios años, el casco salió a la venta. "Me tocó tasar este lugar y cuando lo vi, me enamoré", dice Thelma, que hace cinco años vive en el Antiguo Casco La Brava tratando de rescatar todo su valor histórico y cultural.
Desde entonces, la primera construcción de la familia Molina está abierta a los huéspedes. El ala de servicio, que está reciclada y conserva sus materiales originales, se inauguró como salón de fiestas y agasajos. Ahora, la biblioteca rural y una pequeña bodega en el añoso sótano son los próximos desafíos. En tanto, el Antiguo Casco La Brava sigue intacto, rodeado por la generosidad de la naturaleza y acompañado por el trinar de las aves, que acompañan a los caballos y al rebaño de ovejas que pastan entre el parque.





