
Pedro Verkuyl, descendiente de holandeses, compró una porción de estas tierras en 1969 y decidió bautizarlas con el nombre de la trascendente misión espacial
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TRES ARROYOS.- Corría el año 1970 y el mundo ya no era el mismo. Los campos del sudeste bonaerense habían dejado atrás la paja brava y los ranchos de adobe, para darle paso al desarrollo de una actividad agrícola-ganadera de punta, en un medio mucho más favorable, con confortables cascos de estancia. La humanidad entera palpitaba al ritmo de los avances de la estrepitosa carrera impuesta por la guerra fría, sin salir del asombro por las escenas proyectadas en la pantalla del televisor, especialmente cuando el 20 de julio de 1969 mostraron el arribo del Apolo XI y sus tripulantes, Neil Armstrong, Michael Collins y Edwin Aldrin, a la Luna.
Por aquel entonces, Pedro Verkuyl era un productor agropecuario perteneciente a la colonia holandesa de Tres Arroyos, que compró una fracción de campo de una estancia que no poseía nombre, en las cercanías de Lin Calel, a 50 kilómetros de la ciudad cabecera. Había dado sus primeros pasos en el sector allá por 1924 trabajando las tierras con la tracción a sangre de los caballos, y quizá nunca habría imaginado semejante progreso en la humanidad. Por eso no dudó en bautizar Apolo XI a su nuevo emprendimiento.
En 1994, los Verkuyl terminaron por comprar todas las tierras de aquella estancia sin nombre, pertenecientes a la hija de un dinamarqués que había arribado al país unos noventa años antes. Junto con ellas, adquirieron una vieja casona de estilo sajón, el corazón de un casco de seis hectáreas con un importante parque, compuesto por un pequeño poblado de construcciones entre las que se destacan el galpón, la carnicería, el lavadero, el motor de luz y la casa del personal.
Cristian, el nieto de don Pedro, que actualmente trabaja el campo, decidió reparar la casa, a la que le pesaban el transcurso de los años y la falta de mantenimiento, y convirtió a Apolo XI en un hotel de campo que recibe a turistas extranjeros.
El otro vuelo
Estas tierras, que actualmente se conocen con el nombre de la misión espacial más trascendente de la historia, se encuentran en el sudeste de la provincia de Buenos Aires, en las cercanías del río Quequén Salado y del mar, y son testigos silenciosos del paso del tiempo. Por aquí habitaron especies prehistóricas cuyos restos arqueológicos descansaron por siglos en las márgenes del río. Pero también fueron territorios de fortines y malones, finalmente ganados en la conquista del desierto para dar paso a nuevos pobladores.
Las oleadas migratorias trajeron a personas de las más diversas nacionalidades, en su mayoría italianos y españoles. Pero junto con ellos llegó un grupo no tan numeroso proveniente de dos países del norte europeo, Dinamarca y Holanda, que elevaron los cimientos de sus respectivas colonias. De allí saldrían los encargados de escribir la historia de Apolo XI, una estancia donde se respira el legado sajón que impregnó la cultura de Tres Arroyos.
Ceferino Olesen fue uno de los tantos daneses que arribó a la Argentina a principios del siglo XX, dispuesto a hacer producir las tierras que, en abundancia, se abrían a lo largo de la pampa. El destino era la zona de Tres Arroyos y se radicó en Oriente, al otro lado del río Quequén Salado, límite natural entre los partidos de Tres Arroyos y Coronel Dorrego.
Al cabo de unos años compró las tierras de la actual Apolo XI y le encomendó al arquitecto Steffensen -responsable de la construcción de los edificios del Colegio Argentino Danés de Micaela Cascallares y de otros tantos palacetes- el diseño de los edificios del casco, con una importante casona de dos plantas. Para ello se montó una fábrica de ladrillos en el campo y, al tiempo que se levantaban las paredes, se esperaba que el tren trajera los pisos de Finlandia, las tejas de Francia y los picaportes de Alemania.
En 1927, el matrimonio Olesen y sus seis hijos se mudaron a la imponente casa y se llevaron consigo a los maestros encargados de brindarles educación a sus hijos.
En 1938 heredó estas tierras Helga, una de las cuatro hijas mujeres del matrimonio Olesen, que justo ese año dejó el país rumbo a Dinamarca con el fin de estudiar, visitar familiares y trabajar. La inminencia de la Segunda Guerra Mundial adelantó el regreso a la patria, pero pasaron unos cuantos años hasta que volvió a habitar la estancia (achicada por la venta de una porción a la familia Verkuyl), acompañada ya por su marido canadiense.
Nuevos aires
Casi 25 años después de aquel 20 de julio en que el Hombre llegó a la Luna (hecho que determinó que se fijara esa fecha como el Día del Amigo), Helga Olesen, de setenta años, viuda y sin hijos, vendió a sus vecinos el resto de tierras y la imponente casa, donde vivía sola.
Desde entonces, Cristian Verkuyl, un joven de 34 años con rasgos característicos de los descendientes de la colonia holandesa, está a cargo del destino de Apolo XI. En 1998 transformó a la vieja e imponente casona en un hotel de campo, donde las labores de la tierra y la tecnología aplicada son un atractivo más, entre las excursiones por el río y las playas, las cabalgatas, los paseos en carruajes antiguos, el avistaje de aves autóctonas y todas las bondades que ofrece la naturaleza del lugar.
En los tiempos que corren, acechados por la vorágine cotidiana, la estancia Apolo XI pasó a ser un refugio que revive el acervo cultural de la tierra de los gauchos, al calor de las brasas del asador y con todo lo que la región puede ofrecer al turismo.






