
Con la mano firme, propia de sus ancestros, Luciano Elissondo está al frente de Las Praderas, una estancia emplazada en los cerros de Tandil
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Luciano "Patocho" Elissondo, desciende del mismo tronco familiar que los Elissondo, Elisondo y Elizondo que llegaron a la Argentina, allá por 1876. Y que se extendieron por Tandil.
Como todo vasco o descendiente de ellos, Elissondo lleva encima sus rasgos y el temperamento.
De porte serio, tiene el aspecto de un algarrobo que crece para adelante. Es de esos patriarcas que durante el almuerzo familiar sabe provocar la serenidad y el silencio en los chicos con uno solo de sus gestos.
Consignatario, productor tambero y dedicado a la cría y recría, afirma que "el negocio del tambo actual es el menos malo de los negocios agropecuarios".
Las Praderas
Las Praderas es una estancia protegida por un grupo de cerros que parecen darle la espalda a la ciudad de Tandil. El acceso es un gastado camino de entoscados desparejos y sostiene -cuando no llueve- prolongados colchones de tierra color té con leche. Es un campo de 450 hectáreas y su principal actividad es el tambo, con un rodeo de 300 vacas, las que producen 4500 litros de leche diarios, anualmente. La tercera parte de esta noble tierra -adquirida por don Victoriano Ugarte, fundador de la casa Ugarte y Cía.- está destinada a agricultura, cría y recría de vaquillonas.
Elissondo insiste que el tambo es el menos malo de los negocios agropecuarios "a pesar de que desde septiembre la industria nos ha hecho una rebaja del 10% sobre el precio del kilo de grasa butirosa. El rubro vaquillonas Holando Argentino preñadas mantiene, por otro lado, un interesante mercado debido a la proliferación de aperturas de nuevos tambos".
Para que el establecimiento lechero sea rentable -explica Elissondo- deben hacerse importantes inversiones en silos de alfalfa, de maíz y en pasturas.
Para el hombre, la cosa es seguir para adelante. Está más cerca de los sesenta que de los setenta años; conserva la lozanía, el pelo fuerte y grisáceo que le otorga la estampa del viejo patrón. Con firmeza, advierte que los "pools" de inversionistas, muchos de ellos pertenecientes a otros sectores de la producción, fueron desapareciendo con la baja del precio del cereal. "La presencia de estos "pools" fueron una experiencia nefasta para el productor tradicional. Algunos, los más serios, aún continúan... De los demás, sólo quedan fantasmas", sentencia.
Don Victoriano
Las Praderas perteneció a Victoriano Ugarte. Sus dos hijas, Anatel y Mariví, se casaron con dos primos: Patocho e Ignacio, respectivamente.
Los Elissondo comenzaron a trabajar en la casa de remates junto con su suegro. Don Victoriano fue de aquellos rematadores que marcaron una época (en donde no faltaba el asado previo a las ventas). Hombre de elástica cultura, vestía trajes cruzados azules y grises. Siempre impecable, como sus medias de hilo blancas que por pedido mandaba a fabricar a Harrods.
Otros tiempos, otros valores
Hoy, Patocho Elissondo, directivo de la firma y heredero de los principios de don Victoriano, considera que los valores de la tierra han cambiado abruptamente. "Existen los precios que se pagan para explotación y los otros, como respaldo de capitales extranjeros o locales, por ventas de otros negocios.
"Las perspectivas del negocio agropecuario son excelentes en cuanto a un futuro cercano", enfatiza, y, tras una pausa, asegura su optimismo, "ya que la producción alimenticia pasa por un momento de excepción". Sin embargo, agrega con otro talante: "El productor sufre la gran carga fiscal que se agrava con la evasión".
El tiempo todo lo cura
Junto a Anatel, su mujer, simpatiquísima madraza criolla, hace tres años salvaron a sus nietos de las llamas que habían invadido la segunda planta de la primitiva casa. Fue una noche de verano en la que por un cortocircuito la vieja casona de dos plantas, construida a principios de siglo, quedó transformada en una masa humeante que los bomberos no pudieron sofocar.
El tiempo pasa y todo lo cura, Patocho y Anatel, serenos, ven cómo se va poniendo el sol entre el monte de eucaliptos, al que llaman "la galería", por donde asoman algunos chicos a caballo con boinas coloradas hasta las orejas. Uno de ellos, el más "aindiado", revolea en el aire su pequeño rebenque trenzado buscando un "sosegate" al compañero más cercano.
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