
Por Dora Raquel Panichelli Para LA NACION
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El pueblo Ingeniero V. Balbín, en el partido de General Pinto, a 356 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, festejó recientemente su centenario. Con motivo del aniversario, la autora de esta nota presentó un libro sobre la historia local, titulado "De mis raíces".
No sabe por qué, pero amaneció con esa decisión. Regresar a su pueblo, a Balbín, aunque sólo fuera por un fin de semana. No miró fotos, no hubo un llamado, un encuentro ocasional con otro balbinense, nada. Y así partió en el "larga distancia" desde Capital.
La ciudad, con su vértigo, iba quedando atrás y la viboreante cinta de la ruta le acercaba otro paisaje: campos, montes, animales, sembrados que avanzaban hacia él junto con el recuerdo de su niñez. Se adormeció al tiempo que repasaba apellidos que, seguramente, se reiterarían aún: Panichelli, De Sloover, Quercetti, Dovigo, Zanín, Testa, Cabeza, Boasso, Merodio
Se había ido hacía más de cuatro décadas, y nunca regresó.
Cambió de colectivo en Junín. De pronto, desde un asiento del fondo escucha: "¡Aldo! ¿Qué hacés por acá?" En un abrazo reconoció a Norberto, su compañero de la primaria, quien lo invitó a quedarse en su casa al llegar al pueblo. ¡Qué alegrón! Se hicieron chanzas sobre sus cambios físicos (menos pelo, más panza), a pesar de lo cual seguían siendo aquellos chicos de quinto grado.
Viajaron hacia Balbín con Porota, una de las "tacheras" de Germania. Norberto le nombró otros apellidos y surgió Villafañe, uno de los pocos estancieros que colaboró desde el vamos con las nacientes instituciones. Recordaron también al doctor José Santillán, empresario lácteo que dio empuje a una fuente de trabajo vital para el pueblo; a Luis Angel Firpo, que arrendó por algunos años la estancia "La Mañanita", cuyas frecuentes visitas alborotaban al vecindario por su fama bien ganada. Juntos rieron recordando a don José Reynal, otro estanciero y su lucha permanente con los cazadores porque, ¿quién no quería hacerle unos tiros a los abundantes avestruces, liebres y zorros de esa zona?
Después del café salieron a caminar. Era como abrir un viejo álbum. Casi todo estaba como entonces.
-Esta esquina es la del almacén de ramos generales "El Rumbo". Tenía desde tornillos a telas para sábanas y en el despacho de bebidas desde vino hasta grapa, caña o ginebra
-Allá está la esquina donde funcionó el boliche por algún tiempo, pero mucho antes estuvo ahí la tienda "El Criollo", de don Jacinto Olmo.
Por la misma vereda llegaron a la casa de la comisaría abandonada, a la gruta de María Auxiliadora y al Club Libertad.
-¡El club, viejo, el club! Los partidos de fútbol, los campeonatos. ¿Te acordás aquella final que le ganamos a Germania 2 a 0? ¿Y los bailes de carnaval, los corsos con la ilusión prendida en el ojal y en cada falda vaporosa de las chicas de Pérez, Zanín, Dovigo? ¡Qué tiempos che!, dijo Aldo.
-Mirá enfrente, lo de Pérez, don Ciriaco, ¿te acordás? Fue empleado de Vialidad Nacional en tiempos de niveladora tirada por caballos. Ya jubilado atendía el despacho de bebidas y relataba pícaras anécdotas camperas... Vamos a la otra esquina. Sus últimos dueños fueron doña Vicenta y don Esteban. Era la confitería "Del Pueblo", con despacho de bebidas y mesas para juegos de naipes.
Siguieron caminando hacia la estación, en plena siesta. El último tren pasó en marzo de 1976. Desde entonces se acentuó el retroceso del pueblo.
-¿Te acordás de las despedidas de los conscriptos? ¿De la llegada de familiares? ¿Del venir a comprar el Billiken por veinte centavos?
Después llegaron a la panadería "La Fundadora", de los españoles Salvador y Estefanía.
-¿Te acordás de las galletas con el salame y el jamón casero de don Federico? ¡Qué sabores!, con los mates en tu casa, o en lo de Humberto, dice Aldo entusiasmado.
-Hablando de sabores, los scones y bizcochitos de doña Anunciada Ercoli eran fuera de serie, acotó Norberto.
Pocas cuadras los separaban de la Capilla "María Auxiliadora", patrona del agro argentino, inaugurada en junio de 1994, fruto del esfuerzo de todos. Y enfrente, plaza.
-Siempre fue así, nunca tuvo mástil, ni juegos ni bancos, pero era nuestra plaza. Sólo árboles y su perfumado verdor sobre nuestros, dijo Norberto, conmovido.
-Y allá, ¡la cancha!, señaló Aldo . ¡Los picados de las tardecitas las trompadas y la pelota de cuero! ¡Qué magia, hermano!
Ya en la casa de Chiquita, vecina de las que resisten en el pago, los esperaban el mate y las tortas fritas. Así es en Balbín, se recibe y después, entre mate y mate, la charla surge espontánea, intimista.
-Yo vivía en el campo y tanto mis padres como los vecinos hacían tambo a mano, ¿era en aquellos tiempos una actividad rentable?, preguntó Aldo.
-Claro que sí. Era el oxígeno entre cosecha y cosecha, o hasta la venta de algún animal. Fijate que sólo en "La Mañanita" y en "La Casualidad" había ocho grandes tambos. Hoy, en cambio, quedan pocas familias que elaboran ricota como un recurso de subsistencia.
-Pasamos también por la escuela..., acotó Norberto.
-Ahí fui portera por más de cuarenta años. He visto pasar dos generaciones de balbinenses.
Los perros ladraron y menearon sus colas, alegres. Llegó Lorenzo a caballo, con todo el sol en su piel. "Ustedes no se van de acá sin comer un asado ", invitó.
Aceptaron agradecidos y decidieron irse hasta el club. A esa hora irían llegando los del campo y seguramente se armaría una mesa de truco o se tomarían el aperitivo entre recuerdos. Al rato pegaron la vuelta para lo de Chiquita, donde Lorenzo los recibió con un fuerte olor a carne asada y un vino tinto, cómplice de confidencias.
Después vendría la "torta artesanal" de Chiquita y la guitarra dejaría, con su canto, aquella sentencia de don Atahualpa: "Cuando se abandona el pago y se empieza a repechar, tira el caballo adelante y el alma tira pa atrás".
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