Hacer la globalización

La reinserción internacional lograda tras el acuerdo con los holdouts amerita cautela para que el afán por atraer capitales no desemboque en una integración pasivaen el mundo, de la mano de inversiones especulativas en lugar de productivas
Esteban Actis
Nicolás Creus
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12 de julio de 2016  

Fuente: LA NACION

En un reciente artículo publicado en la revista Estudios Internacionales, de la Universidad de Chile, el economista Ricardo Ffrench-Davis Muñoz ponderó cómo algunos países asiáticos y nórdicos han logrado "hacer globalización" en contraposición a otros que se debaten entre los extremos del aislamiento o del sometimiento pasivo frente a la tendencia imperante.

Con la idea de "hacer globalización", el autor se refiere a la capacidad que tiene un Estado para maximizar beneficios y canalizar las oportunidades que ofrece la globalización en su dimensión financiera, comercial y tecnológica hacia la inversión productiva, al tiempo que intenta reducir los efectos adversos vinculados a la inversión especulativa, la cual por su carácter fuertemente procíclico no hace más que agudizar los desequilibrios y aumentar los niveles de incertidumbre y volatilidad del mercado.

Lamentablemente, la relación de la Argentina con el sistema financiero internacional en las últimas décadas ha transitado por los referidos extremos, oscilando entre el aislamiento y sometimiento pasivo.

Durante los años noventa, en pleno auge de la liberalización de los flujos financieros a nivel global, el equipo económico del gobierno de Carlos Menem confió en que la apuesta por la globalización financiera era la solución para los males económicos de la Argentina, siendo la inflación y la restricción externas algunos de los principales obstáculos por erradicar.

La apertura total de la cuenta capital, las reformas estructurales y el mantenimiento de una política market friendly eran las herramientas para dejar atrás definitivamente los problemas. A pesar de los llamados de atención -efecto "tequila" mediante- la Argentina no modificó su rumbo y se estrelló en 2001. Por aquellos años, si bien nuestro país pudo beneficiarse de la globalización en términos de convergencia tecnológica y modernización -siendo el sector de las telecomunicaciones el más palpable- los costos de una apertura plena y sin reparos al sistema financiero se sintieron por el lado de la economía real (fuerte atraso cambiario, recesión económica, contracción del comercio exterior, deterioro en la calidad y el nivel de empleo, repliegue de las pymes).

Modificación

Con el default de 2001 a cuestas y dada la adversa relación resultante del binomio costo-beneficio durante los años noventa, la Argentina modificó sustancialmente su aproximación a la globalización financiera. Luego de lograr la reestructuración de una porción significativa de su deuda mediante el canje de 2005 y la posterior cancelación anticipada de sus compromisos con el FMI, la estrategia elegida por los gobiernos kirchneristas fue la de ubicarse en el otro extremo del péndulo, optando ahora por el aislamiento y la impugnación del sistema financiero internacional, como forma de mantenerse al resguardo de sus efectos adversos.

El contexto internacional favorable que se configuró en estos años, signado por una mejora sustancial en los términos de intercambio del país como consecuencia de la suba en el precio de las materias primas, coadyuvó para que entre 2006 y 2015, el gobierno argentino pudiera darse el lujo de prescindir del financiamiento externo como instrumento de política económica. Como consecuencia de este desacople financiero, la Argentina logró mantenerse relativamente resguardada de los coletazos de la crisis financiera internacional desatada en 2008. No obstante, la opción por el aislamiento determinó entre otras cosas un elevado costo financiero para cualquier agente económico que decidiera operar dentro de sus fronteras (empresas, provincias), desalentando los flujos de inversión y estimulando un proceso de dolarización de activos. Peor aún, cuando sobrevino nuevamente el fenómeno de la restricción externa, al estar fuera del acceso al mercado internacional de capitales, el gobierno se vio imposibilitado de hacer uso del endeudamiento externo a tasas bajas, debiendo recurrir en cambio a la emisión monetaria y al financiamiento intraestatal, aumentado así las presiones cambiarias e inflacionarias.

Con Cambiemos

En este contexto, una de las primeras acciones del gobierno de Mauricio Macri fue el arreglo con los denominados "fondos buitres", impulsado principalmente por la necesidad de volver a los mercados internacionales. Para el Gobierno, dicha acción representó la piedra angular de una reinserción de la Argentina en la globalización. Ahora bien, es preciso ser cuidadosos en este punto y no volver a caer en el extremo de la inserción pasiva.

Abrir la cuenta capital sin ningún tipo de consideración puede ser sumamente riesgoso en un contexto de desequilibrios macroeconómicos como los que hoy enfrenta la Argentina. En esta dirección parece ir el Gobierno en su afán por atraer capitales e inversión. Sin embargo, más allá de los deseos y de la implementación de políticas market friendly, bajo las condiciones descriptas, con altas tasas de interés en pesos, los capitales que ingresan son de carácter meramente especulativo (también denominados capitales "golondrina"), cuyo único interés radica en aprovechar la coyuntura y retirarse una vez obtenido el diferencial.

La apertura indiscriminada, lejos de traer inversión productiva, corre el riesgo de agudizar el atraso cambiario y provocar daños difíciles de revertir sobre la competitividad de una economía real ya bastante vapuleada. En otras palabras, con una macroeconomía desequilibrada como la actual, se requiere sintonía fina en la relación con el sistema financiero internacional para dejar atrás la acción pendular y poder, de una vez por todas, "hacer globalización". La historia reciente sigue aún muy fresca para caer nuevamente en la seducción de los cantos de sirenas que solamente traen primaveras económicas pero crudos y profundos inviernos.

Los autores son profesores de la Universidad Nacional del Rosario (UNR)

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