Las tres desgracias que atentan contra el intercambio comercial

Diana Mondino
Diana Mondino PARA LA NACION
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14 de octubre de 2020  • 17:45

Exportar requiere poder llegar con un producto adaptado a los requerimientos del cliente con un precio mejor o igual que la competencia. Suena difícil ¡y lo es! Hay que conocer al cliente, entender sus necesidades, poder aplicar la mejor tecnología para reducir costos, utilizar logística razonable y estar permanentemente innovando ya que, no nos olvidemos, siempre habrá competidores que intentan superarnos.

El precio de las exportaciones tiene dos componentes: lo que paga el cliente y el tipo de cambio. En la Argentina este último punto está muy influído por las políticas estatales. El exportador argentino sufre tres tipos de desgracias que reducen su precio. Cuando vende, está obligado a entregar sus divisas al Estado Nacional en plazos muy reducidos. Si aún no cobró, deberá de alguna manera poder financiarse, razón por la cual nuestro comercio internacional necesita pagar intermediarios de gran espalda financiera. Puede o no ser el mismo intermediario que llega al cliente, ya que el productor no siempre conoce o puede llegar directamente al cliente y tampoco tiene la financiación requerida.

Una segunda desgracia es que el Banco Central determina el tipo de cambio definiendo cuántos pesos entrega a cambio de los dólares de la exportación. No es lo mismo que un tipo de cambio fijo, porque para ello el BCRA tendría que vender y comprar al mismo precio, lo que no ocurre. En semanas recientes hemos visto cada vez más restringidas las condiciones de venta.

La tercera son las retenciones, que reducen directamente el precio. No son anticipos ni pueden tenerse en consideración para otros impuestos. En resumen, el productor recibe un importe por su venta mucho menor que el que recibe un productor de otro país. Al cobrar menos, pues entonces también puede pagar menos por todos los insumos, servicios y distintas etapas que forman parte de sus costos. Así, los proveedores del exportador también cobran poco.

Los economistas sabemos que un impuesto no es necesariamente sufrido por aquel sobre quien recae el pago. La explicación técnica es que depende de las elasticidades, pero la consecuencia para legos es realmente simple: el productor recibe el valor neto de retenciones y con eso debe pagar a sus proveedores, que a su vez pagan a sus empleados. Por si fuera poco, en cada movimiento hay diversos impuestos. Es así que en cada exportación el Estado recibe mucho más que lo que reciben la suma de todos los que la hicieron posible.

¿Qué pasa cuando hay una devaluación? Pues hay más pesos para distribuir entre exportadores/productores/proveedores/empleados. ¡y también el Estado! Claro, esto también encarece los costos para todos aquellos que no están vinculados a la exportación, fogoneando los precios, fundamentalmente de las importaciones o que compiten con las exportaciones. Atención estimado lector: no se deje engañar que es por proteger la mesa de los argentinos que el gobierno intenta evitar una devaluación. Si así fuera, ¿porqué hay tipos de cambios diferenciales? ¿Porqué perjudicar a la economía del conocimiento? ¿Porqué limitar energía o turismo receptivo? El tema fundamental e importantísimo es que el Estado necesita dólares para pagar sus deudas y si hay devaluación, con los pesos de la recaudación impositiva podría comprar menos dólares.

Una pregunta diferente es qué pasa cuando hay una devaluación transitoria, como la que acabamos de ver y sólo para ciertos productos. Por definición no aumentan las exportaciones porque los incentivos para producir más son sólo temporales. Por otra parte, el beneficio de la menor retención lo recibirán muy pocos productores: sólo aquellos que aún no hubieran fijado el precio de sus ventas, mientras que los exportadores podrán tomar esa ventaja. Recordemos, una y mil veces, que el productor agropecuario y el exportador no son los mismos. Ambos son necesarios pero tienen distintas funciones y está bien que así sea.

Esta pequeña devaluación transitoria y focalizada en pocos productos tiene solamente una intención de acelerar la liquidación de divisas. Sin embargo, falta considerar el efecto de esa mini devaluación sobre importadores. En términos generales una devaluación debería acelerar exportaciones y demorar importaciones. Aquí, el efecto es inverso. Al manifestar la falta de divisas y que el precio al que se entregan es manifiestamente menor al del mercado, los importadores tienen incentivos para acelerar las compras. Es decir, el proceso de pérdida de divisas se acelera. Esto genera aún más brecha con "los otros dólares" y aún más incentivo para retener exportaciones ante la inminencia de una verdadera devaluación. Conste que hablar de "otros dólares" es más que extraño ya que la lógica indica que debería tener un precio único. o habrá todo tipo de arbitrajes y especulaciones (legales y de los otros) entre diferentes mercados.

Los tres agravios que sufren los exportadores se mantuvieron para todas las exportaciones industriales o no tradicionales y empeoraron para algunos agropecuarios, introduciendo a su vez una cuña entre algunos productos con más o menos elaboración. Nunca puede ser mejor un sistema complejo, con múltiples vericuetos, que uno simple y transparente. Nunca puede ser mejor un sistema discrecional que otro en que haya libertad entre compradores y vendedores.

Argentina podría producir más de todo lo que hoy produce, y quien sabe cuántos productos más, si los precios fueran más atractivos. Pero el Estado está endeudado y tiene déficit. Por ello necesita pagar poco por los dólares (infligiendo los tres agravios que mencioné) a quien pudiera generarlos exportando. Asimismo, para cubrir déficit tiene muchos impuestos. Por ello hay pocas posibilidades de crecer con exportaciones, y pocas oportunidades de empleo y generación de valor. Es un terrible círculo vicioso. Para aumentar exportaciones la solución no es una devaluación sino reducir los tres agravios. ¡Pronto!

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