Pagos en moneda local

Tal como hizo con Brasil en 2008, la Argentina firmó ahora una carta de intención con Uruguay; cambios necesarios para que no se repita el fracaso
José Alfredo Nogueira
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23 de octubre de 2012  

Los presidentes de los bancos centrales del Uruguay y de la Argentina, Mario Bergara y Mercedes Marcó del Pont, respectivamente, suscribieron a mediados de septiembre una carta de intención en la que afirman que "dedicarán sus mejores esfuerzos para implementar un sistema de pagos bilateral, con el objeto de facilitar las operaciones en moneda local en el comercio entre los dos mercados". Se señala que ambas instituciones cooperarán para implementar el sistema en el menor tiempo posible, comprometiéndose a realizar las modificaciones necesarias en los respectivos ordenamientos jurídicos.

Al respecto, es oportuno recordar que el 8 de septiembre de 2008 la Argentina suscribió un acuerdo similar con Brasil, en una ceremonia en Brasilia de la que participaron los presidentes Cristina Fernández y Luiz Inacio da Silva. El convenio posibilitó concretar el comercio bilateral de bienes y servicios entre ambos países mediante el uso de las respectivas monedas nacionales –el peso y el real–, prescindiéndose entonces del dólar estadounidense para los intercambios monetarios.

El sistema que se implementó en aquella primera experiencia, y que aún sigue vigente bajo el nombre de Sistema de Pago en Monedas Locales (SML), prevé que las operaciones de cambio en pesos y reales sean realizadas por los exportadores e importadores de ambos países en los bancos correspondientes, debiendo estos efectuar inmediatamente las respectivas contrapartidas directamente con sus bancos centrales a valores exactamente iguales. Los tipos de cambio a utilizarse en tales transacciones son establecidos por los entes monetarios cada día a la apertura de los mercados y son fijos. Asimismo, las diferencias que se produzcan como resultado de las transacciones son compensadas por los respectivos bancos centrales en dólares, dentro de plazos acordados.

La iniciativa fue recibida con general beneplácito y hasta se la consideró como un hito histórico al poner a las divisas de ambos países en las puertas de su incorporación al mercado de cambios globalizado, que negocia diariamente operaciones de compra y venta de monedas por el equivalente a US$ 4 billones.

Sin embargo, transcurrido ya un tiempo prudencial y sin ningún cambio previsto, aquel sistema no tuvo el éxito esperado por una serie de razones y errores en su implementación que sólo lo convirtieron en un nuevo tipo de cambio fijo que, al mismo tiempo favorece a algunos y perjudica a otros. Es que su origen, dependiendo exclusivamente de un trámite burocrático basado en fríos datos de hechos ocurridos, de ninguna manera deja margen para una lógica gestión profesional de los tipos de cambio, cuya optimización favorecería a las partes involucradas.

Al respecto, según datos oficiales, durante 2011 las operaciones cursadas en nuestro país a través del SML totalizaron el equivalente a US$ 980 millones (apenas el 2,5% de las exportaciones e importaciones entre la Argentina y Brasil en ese lapso). Esto muestra el rotundo fracaso del sistema impuesto, al confirmarse que el 97,5% de las operaciones de cambio entre ambos países continúan realizándose en dólares. Además, según aquellos datos, el sistema fue utilizado por sólo 286 empresas, siendo la mayoría de ellas pymes. Por otra parte, 7 de cada 10 operaciones fueron por montos inferiores a US$ 116.000.

No quedan dudas, entonces, que lo acordado con Uruguay corre el serio riesgo de repetir el mismo error al imponer el SML en la relación cambiaria entre los dos países.

Tal vez, sería necesario revisar ahora con mayor detenimiento si las condiciones actuales permitirían el uso de un tipo de cambio fijo para las operaciones comerciales entre los países latinoamericanos, cuando en el mundo civilizado impera la libertad cambiaria y, además, porque es probable que las empresas involucradas no acepten ni permitan que les fijen una paridad cambiaria para sus operaciones, prefiriendo ejercer su libertad para, en un sistema cambiario flotante, cerrar los tipos de cambio en el momento que les sea más conveniente para lograr su optimización.

Quizá lo más sensato y saludable sería permitir que el mercado resolviera por sí solo el problema, invitando e incentivando a los bancos para que realicen con sus clientes operaciones de cambio utilizando sus monedas. A tales efectos, las entidades financieras de los países respectivos sólo deberían abrir cuentas corrientes en los de las monedas involucradas para poder concretar las operaciones y comenzar a informar cómo cotizan entre ellas.

Para que pueda armarse un mercado amplio, profundo y transparente, las empresas dedicadas a brindar información online sobre tipos de cambio de monedas, mediante sus sistemas electrónicos deberían incluir en sus servicios también los datos de las cotizaciones de las divisas latinoamericanas entre sí.

Paralelamente, los bancos centrales de ambos países deberían autorizar y fomentar también el uso de las operaciones a plazo (forward outright) entre las diferentes monedas para que tanto importadores como exportadores puedan contar con ese instrumento apto para cubrir los riesgos por la volatilidad de los tipos de cambio, tal como ocurre en el mundo civilizado. También sería útil, como alternativa, que en el ámbito privado se pudiera concretar el funcionamiento de un mercado de futuros para la negociación con aquellas.

Seguramente la concreción del loable propósito por parte de los bancos centrales latinoamericanos se vería facilitado y, sobre todo, podría hacerse con menor costo y mayor efectividad, si se dedicaran a fomentar y recomendar la operatoria en monedas locales a los bancos comerciales de los respectivos países. El consenso y el acuerdo directo entre partes siempre tienen mucho más valor y posibilidad de éxito que las imposiciones voluntaristas de los burócratas de turno.

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