
Competencia institucional
Por Martín Krause Para LA NACION
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Los economistas que estudian la competencia en los mercados lo hacen tomando en cuenta la acción de ciertas "unidades competitivas" que llamamos "empresas". No obstante, en un paper publicado en mayo, Richard Langlois, de la Universidad de Connecticut insta a que consideremos no solamente eso, sino también la competencia entre "instituciones de negocios". Y lo hace presentando un caso: el de la fabricación de herramientas "compuestas" (cluster tools), que se utilizan para la fabricación de semiconductores. Es decir, estamos hablando de un campo de vanguardia en materia tecnológica, de creciente importancia ya que los fabricantes cada vez quieren incorporar más circuitos en cada chip.
La historia de la competencia en este campo se inicia con los circuitos integrados, un invento desarrollado en conjunto por investigadores de Texas Instruments y Fairchild en 1959. A partir de allí surgió una industria de semiconductores claramente dominada por empresas norteamericanas (9 de las 10 principales en 1980 eran de ese origen). Pero en los años 80 los norteamericanos perdieron terreno contra la producción japonesa de memorias RAM, por lo que a fines de los 90 sólo quedaban cuatro entre las diez primeras.
En 1992, la situación cambió nuevamente. La competencia japonesa forzó a las empresas norteamericanas a mejorar la calidad de producción y el carácter descentralizado y fragmentado de la industria de ese país la puso en ventaja cuando el mercado pasó de masivas demandas de memorias RAM a la de chips y microprocesadores intensivos en diseño. Esto requería un nuevo tipo de maquinaras para su producción y es en este campo, en el de la producción de maquinarias "compuestas", que los norteamericanos han vuelto a la vanguardia con empresas como Applied Materials, Novellus o Lam Research.
Pero la competencia que ahora se da en los Estados Unidos en el mercado de producción de estas maquinarias, adquiere características institucionales interesantes ya que enfrenta a una gran empresa integrada verticalmente como Applied Materials, la que diseña y construye según sus propias especificaciones contra una gran cantidad de pequeños productores más especializados. Es decir, un cliente puede comprarle todo a esta empresa o comprar módulos compatibles a muchos distintos productores.
Hay varias cosas interesantes en esta situación. Por un lado, la única forma en que esos pequeños productores pueden competir es porque ofrecen un estándar único llamado SEMI/MESC, cuyo nombre refiere a un comité dentro de la asociación de productores de semiconductores. A diferencia de otros estándares técnicos en el mercado, éste fue resultado de un acuerdo colectivo dentro de la asociación. En otros casos, había sido simplemente la competencia en el mercado la que había impuesto el estándar, tal como sucediera con el teclado Qwerty, el formato VHS para videocasetes, la computadora personal "IBM-compatible", o los discos de 33 rpm.
Por otro, la existencia de dos tipos de estructuras claramente diferentes nos muestra la diversidad organizacional que se puede desarrollar en un mercado. Los beneficios de un sistema cerrado como el de Applied Materials están dados por la coordinación en forma más económica por estar dentro de una misma organización (ahorra "costos de transacción" en la terminología de Ronald Coase). Por otro lado, la competencia de muchos productores pequeños aprovecha mejor las ventajas de la división del trabajo y el conocimiento, incentivando a cada unidad a mejorar cada uno de los componentes y aprovechando así mejor las capacidades de cada uno.
Por el momento, parece que el resultado de esta competencia es un empate, pero eso por el momento nada más, ya que la competencia en el mercado es un partido permanente. Habrá que ver si en el futuro, el mercado inclina la balanza hacia las ventajas de uno o de otros.
El autor es rector de la Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas.






