El riesgo moral y nuestros cambios de comportamiento

Claudio Zuchovicki
(0)
3 de noviembre de 2019  

Después de esta semana sabemos al menos cuatro cosas: 1) la Argentina tiene déficit fiscal y todavía no hay voluntarios para financiarlo; 2) el nuevo gobierno va armar una gran mesa de consenso social; 3) quien no esté en esa mesa de consenso o negociación será seguramente el que más chances tendrá de ser designado para financiar involuntariamente el déficit fiscal y, si no alcanza, eso se hará también con emisión; 4) todos van a intentar demostrar su poder de representación para estar en la mesa de negociación. A la espera de que todo ello ocurra, se me ocurrió plantear esta nota, a la que denomino "riesgo moral".

Comienzo con un lindo caso que se estudia en la "teoría de las decisiones". Imaginate que te dejan conducir una Ferrari por el circuito de Mónaco y que te dan 500 dólares por cada vuelta que hagas en menos de 5 minutos. Seguramente vas a ir muy rápido. Ahora, imaginate que leés bien la letra chica del contrato y ves que la Ferrari no está asegurada y que si chocás o la rayás deberás pagar las reparaciones de tu bolsillo. ¿Irías tan rápido? Seguro que el riesgo de perder es tan alto que aleja tus ganas de correr a toda velocidad.

A eso se lo llama riesgo moral: es un concepto económico que describe una situación en la que un individuo aislado de las consecuencias de sus acciones, podría cambiar su comportamiento si conoce a qué debería atenerse por sus decisiones.

Es lógico que cuanto más se aleje una persona de las consecuencias de sus actos, más dispuesta estará a arriesgarse. Y si su beneficio personal es muy alto, menos incentivo va a tener en medir sus consecuencias.

Esto es lo que pasa con la burocracia. Funcionarios dispuestos a sacrificar vidas en guerras porque ellos no irán al frente. Funcionarios dispuestos a licuar la jubilación, porque ellos ya tienen garantizada la suya, de privilegio. Funcionarios dispuestos a conducir a generaciones a vivir de asignaciones o subsidios, porque saben que sus hijos heredarán mucho dinero o algún puesto público.

Y en las megas corporaciones pasa algo similar. Por lo general, el gerente o CEO de una empresa no paga de su bolsillo sus errores. Arriesga. Si sale bien, cobra un gran bonus y, si sale mal, el riesgo es perder su puesto, no su capital. El que pierde es el accionista y, como por lo general esas corporaciones cotizan en bolsa, esos accionistas están dispersos entre fondos de inversión y particulares. En cambio, el dueño de una pyme o un particular pagan sus errores con su capital, e incluso puede fundirse por un juicio laboral, por ventas no cobradas o por un simple error.

Cada día, muchos de nosotros nos enfrentamos a tener que hacernos cargo de las decisiones: disfrutar de los aciertos o pagar por los desaciertos. Eso nos pone en desigualdad de condiciones con respecto a un funcionario público, sindical, del FMI o de un gran fondo de inversión.

A esta altura de la civilización, me sorprenden los fanatismos, con veneración a personas o ideologías. Y me sorprende más aún que se usen como base de esos fanatismos definiciones que fueron expuestas hace decenas de años, en contextos totalmente distintos al de hoy.

La mayoría de las ideas que lograron perdurar más allá de las personas que las generaron, se originaron en las experiencias vividas; no surgieron por estudios hechos en universidades o bibliotecas.

Hay una enseñanza del empírico Adam Smith, que explicó que "si podemos calmar nuestra sed en una taberna, no es por la generosidad del tabernero, sino por su interés en ganar dinero vendiendo su producto".

Dicho todo esto, considero que no tiene sentido, a esta altura de la humanidad, combatir al capital y menos todavía enojarse con la globalización, con cepos o excesos de proteccionismo, ya que somos todos socios. Para demostrarlo, hicimos este ejemplo con Adelmo Gabbi.

  • Un joven idealista argentino, con una remera estampada con la foto de Fidel Castro, va a comprar un Iphone, fabricado por la firma Apple, que es estadounidense pero tiene su mayor fábrica en China (con lo cual, ese teléfono tiene el trabajo de chinos).
  • Si tiene dudas sobre el uso, llama a un call center que está en Irlanda y, si necesita asistencia en castellano, lo atiende un joven cubano, inmigrante algo discriminado en ese lugar, que usa una remera estampada con la foto de Michel Jordan, quien vive ahí.
  • Lo compra en 12 cuotas, financiado por una tarjeta estadounidense, emitida por un banco que hace 20 años era argentino, luego pasó a ser italiano (Laboro), luego americano (Boston), luego sudafricano (Standard Bank) y que hoy es chino (ICBC).
  • Fue atendido por una empleada que es una joven dominicana, que lo que gana lo gira en remesas a su país (las remesas son, de hecho, uno de los principales ingresos de ese país).
  • La compra la hace en la sección tecnología de un supermercado de origen francés (esa firma es una gran expendedora de naftas en Europa, así como también una petrolera es allí una gran vendedora de gaseosas).
  • La empresa del celular se financia en el mercado tomando dinero en dólares y su mayor acreedor es un fondo de inversión soberano noruego, que decidió invertir sus reservas fuera de Noruega para que funcione como un fondo anticíclico de su economía.
  • El único país emisor de dólares es EE.UU. pero el mayor tenedor de ellos es China, ya que es el que más bonos del tesoro americano tiene.

¿Vale discutir la globalización? El mundo de hoy busca consumidores donde ellos estén. Ya no tengo que viajar, ni ir a una tienda para comprar desde que existe Mercado Libre o Amazon, ni pagar en efectivo desde que hay billeteras virtuales. Ya ni tengo que ir a un comercio para ver precios: me llegan las ofertas al celular.

Pero parece ser que muchos idealistas creen que las empresas quieren empobrecer al mundo; que un fabricante de celulares desea que la capacidad de gasto de la gente se reduzca tanto que luego nadie pueda comprar su último modelo; que las que comercian en la nube quieren que los humanos no puedan pagar el acceso a internet para que dejen de facturar por publicidad; que todas las grandes automotrices promueven que haya un poder adquisitivo global más bajo que impida comprar coches; que los bancos hacen campaña para tener menos clientes y para que los que tienen no puedan devolver sus créditos y, mucho menos, invertir en sus productos. En resumen, toda la elite económica mundial que montó empresas para ganar dinero está, según muchos piensan, deseando que una ola de miseria asole el planeta, para reducir la capacidad adquisitiva y bajar drásticamente sus beneficios, por el placer de perjudicar a sus trabajadores e incluso de despedirlos si las ventas se hunden. ¿Suena lógico?

Señores: Somalia, Cuba, Venezuela o Corea del Norte no tienen a ninguna de estas grandes empresas y no están desbordando de mucho progreso.

Algo que sí suena lógico es reglamentar claramente las reglas de juego para las empresas, para que no abusen ni se aprovechen a través de una "manipulación" de mercados o de arbitrajes legales.

En su libro Manipulación de la economía, George Akerlof, premio nobel de economía y esposo de Janet Yellen (ex presidenta de la Reserva Federal, a la que el mundo financiero extraña mucho), sostiene que la economía tarde o temprano funciona como el equilibrio de la cola de un supermercado: uno va a la fila donde ve menos gente y así, tarde o temprano, quedan todas compensadas. Cuando está todo equilibrado, empieza la necesidad de diferenciarse. La cajera puede usar su mejor sonrisa, tener buena presencia, atender bien, pero también puede manipular la información y hacer creer que ahí hay menos gente.

Una de las formas más fáciles de manipularnos es hacernos jugar con el doble estándar que tenemos todos los seres humanos entre el deber ser y lo que realmente uno es. Por ejemplo, los gimnasios son un negocio de facturación millonaria en dólares. Por la maldita conciencia de lo que tengo que hacer y lo que finalmente voy a terminar haciendo, pago adelantado tres meses para obligarme a ir, y eso resulta la mejor noticia para el gimnasio. Pago, uso un mes y no voy más. El fundador de la mostaza Colman's decía que su fortuna se basaba en la mostaza que la gente dejaba en el plato, ya que se compra más de lo que se consume, además de lo dificultoso que es servirse cuando queda poco.

El dilema, dice Akerlof es vender algo por 100 pesos y fabricarlo por 80, o jugar con la información y fabricarlo por 80 y hacerte creer que es indispensable para uno y que por eso vale 150. Lo divertido es que los medios que se quejan de esto viven de esas publicidades. Gracias LA NACION por tomar esta crítica constructiva.

Solo se trata de riesgo moral.

El autor es licenciado en Administración con un posgrado en Finanzas, gerente de Desarrollo de la Bolsa de Comercio de Bs. As., director del IAMC y consultor del laboratorio de finanzas de la UADE

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Comunidad de negocios

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.