Economía regional: la necesidad de una mirada nueva frente a problemas viejos

Roberto Mangabeira Unger
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12 de enero de 2020  

CAMBRIDGE, Massachusetts (The New York Times).- América del Sur se está desmoronando. La rebelión popular en Chile es solo el caso más extremo del descontento manifiesto en casi todos los países de la región. La lucha entre la derecha y la izquierda se ha intensificado. Sin embargo, hasta el momento estas protestas no han logrado nada que contribuya a un crecimiento económico socialmente inclusivo. ¿Qué significa esto? ¿En qué medida los problemas de América del Sur reflejan los de Estados Unidos?

Los detonantes que han generado conmoción en la región han sido por lo general ordinarios, pero han conectado con fuentes más profundas de frustración. Millones de trabajadores se sienten abandonados por las élites corruptas y egoístas que gobiernan sus países. Tras haber presenciado rachas de crecimiento económico y oportunidades, estos millones no ven posibilidad de progreso. Nada de esto es exclusivo de América del Sur, pero cuando empezamos a buscar las causas y las soluciones, surge una historia más desafiante.

En décadas recientes, América del Sur ha oscilado entre dos estrategias fallidas de desarrollo económico. En una parte del mundo rica en recursos naturales, una de esas estrategias ha usado la riqueza de la tierra para subsidiar el consumo urbano sin mejorar las habilidades y la productividad de los trabajadores. Si bien este enfoque ha democratizado la economía en cuanto a la demanda, suele derrumbarse cuando los precios de las materias primas bajan. Además, es incapaz de crear una base duradera para un crecimiento inclusivo , porque se apuesta a las riquezas fáciles de la naturaleza en vez de a lo que el intelecto humano puede crear.

Otra estrategia hace que la gente en el poder piense que es necesario hacer lo que sea para complacer a los mercados financieros, comenzando por la disciplina fiscal, con la esperanza de provocar una oleada de inversión. La oleada nunca llega o, si llega, no permanece mucho tiempo. Recientemente, Mauricio Macri en la Argentina y Jair Bolsonaro, en Brasil, invocaron a los espíritus del capital, pero estos no se materializaron.

Si estas dos estrategias no funcionan, ¿cuál es la indicada? Movilizar recursos naturales para construir el país sin dejarse intimidar por dogmas acerca de lo que el gobierno y la iniciativa privada pueden hacer. Ambos pueden lograr, especialmente trabajando juntos, mucho más de lo que suponemos. Se debe innovar en la organización para que haya capacidad de llegar a más mercados de diferentes maneras y adquirir los medios para ser más productivos.

¿Suena radical e inverosímil? Recuerden a Estados Unidos en la primera mitad del siglo XIX: el plan de Alexander Hamilton de construir el país desde arriba no habría sido tan exitoso si la agricultura y las finanzas no se hubieran democratizado. Ellos reinventaron la economía de mercado y realizaron innovaciones en las instituciones y en las leyes que le dan forma a la distribución básica del beneficio económico.

Hoy, un esfuerzo semejante en América del Sur y Estados Unidos necesita un enfoque diferente. Hay un nuevo paradigma de producción, fundamentado en la ciencia y la tecnología y marcado por la innovación permanente. Esta economía del conocimiento permanece limitada, en todas partes del mundo, a comunidades que excluyen a la vasta mayoría de los trabajadores y los negocios. Eso tiene consecuencias de largo alcance en la desigualdad y la desaceleración económica.

Profundizar y diseminar la economía del conocimiento es el camino actual para alcanzar una prosperidad mayor y más inclusiva. Estados Unidos y América del Sur se desviaron de ese camino. Solo que los estadounidenses eran mucho más ricos que los sudamericanos cuando se desviaron. Aun así, ambos comparten diferentes versiones del mismo dilema y las mismas ilusiones.

El fracaso político y económico está detrás de la infelicidad de América del Sur. Cada senda nacional tiene que ser descubierta y desarrollada de manera experimental. Para organizar ese esfuerzo, los sudamericanos necesitan el tipo correcto de democracia: una que eleve los niveles de participación popular en la vida política, que resuelva con rapidez el estancamiento político y que use el federalismo para combinar iniciativas decisivas del gobierno central con la oportunidad de que los estados se aparten del camino principal tomado por el país y experimenten con modelos alternativos.

América del Sur ya no puede permitirse arreglos constitucionales que asocien la fragmentación del poder, necesaria para la libertad, con el aletargamiento de la política, algo que inhibe los cambios estructurales. Este tipo de democracias de "poca energía" necesita que haya crisis, en forma de guerra o ruina económica, para lograr transformaciones. No se debería necesitar una guerra mundial o un colapso económico como el de la década de los 30 para poder lograr transformaciones.

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