El Banco Mundial da marcha atrás en sus recomendaciones de la época del Consenso de Washington
La institución de Bretton Woods ha reconocido sus errores del pasado
4 minutos de lectura'

Durante décadas, el Banco Mundial les dijo a los países en desarrollo que intentar dirigir sus propias economías era una receta para el fracaso. Ahora les dice que deberían haberlo estado haciendo desde el principio.
Según el banco, la política industrial se refiere al conjunto de instrumentos de política que utilizan los gobiernos para influir en la dirección que toma una economía, en lugar de dejarla únicamente en manos de los mercados. Una práctica que, durante la época de las propuestas de desarrollo al estilo del Consenso de Washington, fue particularmente mal vista por las instituciones de Bretton Woods.
De hecho, en un informe reciente del Banco Mundial, describieron su enfoque hacia la implementación de estas políticas como estigmatizante, argumentando en el pasado que se trataba de un “fracaso costoso”. No obstante, según las declaraciones de Indermit Gill, economista jefe del Grupo del Banco Mundial y vicepresidente sénior de Economía del Desarrollo, los consejos del Banco Mundial de los años 90 “no han resistido bien el paso del tiempo”.
En 1993, la institución se opuso a este tipo de política argumentando que “los requisitos previos para el éxito son tan rigurosos que los responsables políticos que han intentado seguir caminos similares en otras economías en desarrollo a menudo han fracasado”. Este argumento, según el economista jefe, tiene hoy “el valor práctico de un disquete”.
En cambio, la institución que en su día se opuso de manera tan rotunda a la intervención gubernamental en las economías en desarrollo, ahora la promueve. Esto se debe principalmente a que, según la organización internacional, el panorama económico actual es “irreconocible” en comparación con el de los años 90, con una inflación media más baja y una mayor calidad en la gestión macroeconómica nacional.

Dada la evolución de la economía mundial, el Banco Mundial sostiene ahora que “la política industrial es mucho más replicable de lo que se pensaba, y debería tenerse en cuenta en el conjunto de herramientas de política nacional de todos los países”.
Sin embargo, a pesar de que estas formas de política ya se utilizan ampliamente —dado que el uso de la política industrial se encuentra en niveles récord—, el Banco Mundial sostiene que muchos países en desarrollo están “haciendo un mal trabajo con demasiada frecuencia” mediante el uso de aranceles y subsidios generalizados, en lugar de promover parques industriales o programas de desarrollo de habilidades, recurriendo así a un garrote en lugar de un bisturí.
El informe señala que las 25 economías más pobres son las que más recurren a los aranceles, con una tasa media del 12%, mientras que las 54 economías de clase media-alta (incluida la Argentina) son las que más utilizan las subvenciones a las empresas, que representan el 4,2% de su PIB. Estas formas de política industrial, sostiene el banco, aumentan los costos para casi todos los ciudadanos, frenan la creación de empleo y provocan represalias por parte del extranjero.
El banco no se limita a mencionar a la Argentina como un simple dato dentro de un fenómeno macroeconómico más amplio. De hecho, señala el régimen de incentivos especiales de Tierra del Fuego establecido en 1972, con respecto al cual argumenta: su costo fiscal es considerable (alrededor de US$1.070 millones al año) y su diseño es defectuoso, ya que premia las ventas brutas en lugar del valor agregado local. Lo que pone de relieve que las consecuencias de elegir el garrote en lugar del bisturí no son un fenómeno abstracto.
En su lugar, el banco aboga por un enfoque más pragmático de estas políticas, favoreciendo medidas como el uso de fondos públicos para “ofrecer incentivos a las empresas con el fin de impulsar la producción o acelerar la innovación”. Como concluyó Gill, “la política industrial, en resumen, requiere una combinación juiciosa de instituciones públicas, insumos, incentivos e intervenciones”.
Queda por ver si este reajuste supone un verdadero replanteamiento o simplemente un cambio de imagen. Lo que está claro es que el antiguo consenso ha desaparecido, y aún no ha surgido ninguno nuevo que lo sustituya.






