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A las cinco de la mañana, cuando Barcelona todavía está medio vacía y los primeros transeúntes empiezan a andar por la ciudad, Facundo Pérez levanta la persiana de un negocio que, hasta hace muy poco, parecía imposible de explicarles a los españoles. Sobre una peatonal elegante del Eixample catalán conviven diarios, revistas, yerba mate, alfajores, bombillas, escarapelas, figuritas del Mundial, stickers para termos. No es solamente un local comercial y tampoco una tienda de productos argentinos. Y ahí está precisamente el punto. “El kiosco va más allá de la nostalgia. Es un reconocimiento identitario”, dice Pérez, el dueño de El Kiosco Argentino.



