El mundo necesita menos erizos y más zorros

Dani Rodrik
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23 de marzo de 2014  

Vivimos en un mundo complicado y estamos obligados a simplificarlo. Clasificamos a las personas de nuestro entorno como amigos o enemigos; a sus motivos, como buenos o malos, y explicamos los eventos con causas complejas o directas. Estos métodos nos ayudan a transitar por las complejidades de nuestra existencia social. Nos permiten crear expectativas sobre los efectos de nuestras acciones y las de los demás, y facilitan nuestra toma de decisiones.

No obstante, como esos "modelos mentales" son simplificaciones, forzosamente están mal. También nos pueden servir para lidiar con nuestros desafíos cotidianos, pero dejan afuera muchos detalles y pueden revertirse cuando estamos ante un ambiente en el que nuestras clasificaciones y explicaciones predefinidas se quedan cortas. El término "choque cultural" se refiere a situaciones en las que nuestras expectativas sobre la conducta de las personas resultan estar tan mal que nos vemos sacudidos por la experiencia.

Con todo, sin estos métodos simples estaríamos perdidos o paralizados. No tenemos ni la capacidad mental ni el entendimiento para descifrar toda la gama de relaciones de causa y efecto en nuestra existencia social. Así pues, nuestra conducta y reacciones cotidianas deben tener como base modelos mentales incompletos y a veces equívocos.

Lo mejor que pueden ofrecer las ciencias sociales no es muy distinto. Los científicos sociales -y economistas en particular- analizan el mundo con marcos conceptuales simples que denominan "modelos".

Las ciencias sociales buenas convierten nuestras intuiciones irreflexivas en un mapa de relaciones causales. A veces muestran cómo esas intuiciones conducen a resultados sorprendentes no anticipados cuando se extienden a conclusiones lógicas.

Los marcos generales como el respetado modelo de equilibrio general de los economistas Arrow-Debreu son tan vastos y englobantes que son inútiles para explicar o predecir eventos del mundo real. Los modelos útiles de ciencias sociales son invariablemente simplificaciones. No toman en cuenta varios detalles, para enfocarse en el aspecto más relevante de un contexto determinado. Los modelos matemáticos aplicados de economistas son el ejemplo más explícito de ello. Formales o no, las narrativas simplificadas son el pan de cada día de los científicos sociales.

Analogías históricas estilizadas tienen a menudo un papel similar. Por ejemplo, los expertos en relaciones internacionales usan la reunión entre Neville Chamberlain y Adolf Hitler en Munich, en 1938, como modelo de cuán vano (o peligroso) puede ser apaciguar a una potencia con tendencias expansionistas. Pero así como es inevitable explicar sin simplificar, también representa una trampa. Es fácil aferrarse a modelos y no reconocer que las circunstancias cambiantes requieren de un modelo diferente. Como otros humanos, los científicos sociales tienden a confiar demasiado en su modelo preferido del momento. Suelen exagerar el apoyo al modelo y descartan nueva evidencia que lo contradiga.

En un mundo cambiante, los científicos sociales pueden afectar si aplican el modelo equivocado. Políticas neoliberales, fundamentadas en mercados de buen funcionamiento, fallaron en países en desarrollo, así como modelos planificados con burócratas supuestamente competentes y capaces fallaron en una era anterior. La teoría de los mercados eficientes hizo que los responsables del diseño de políticas se extraviaran, pues los alentó a desregular excesivamente el sector financiero. Sería costoso aplicar la analogía de Munich en 1938 a un conflicto específico internacional, cuando la situación de fondo es más parecida a la de Sarajevo en 1914.

Así pues, ¿cómo deberíamos seleccionar simplificaciones alternativas de la realidad? Pruebas empíricas rigurosas pueden responder las preguntas sobre si la economía estadounidense padece más por una deficiencia keynesiana de demanda o por políticas inciertas. A menudo necesitamos tomar decisiones en tiempo real, sin el beneficio de evidencia empírica decisiva. Mi investigación sobre diagnóstico de crecimiento que realizo con Ricardo Hausmann y Andrés Velasco, entre otros, es un ejemplo de este estilo de trabajo.

Por desgracia, economistas y otros científicos sociales prácticamente no están formados para seleccionar entre modelos alternativos. Tampoco esa destreza obtiene recompensa en el ámbito profesional. Desarrollar nuevas teorías y pruebas empíricas se considera ciencia, mientras que el ejercicio de buen juicio es claramente un arte.

El filósofo, Isaiah Berlin, clasificó célebremente dos estilos de pensamiento, que asoció con el erizo y el zorro. El erizo se siente atraído por una sola idea general, que aplica continuamente. El zorro no tiene una visión amplia, tiene muchos puntos de vista sobre el mundo y algunos llegan a contradecirse.

Se puede anticipar la postura del erizo ante un problema. Los zorros no están atados a una ideología particular y se les hace más fácil pensar según el contexto. Es más probable que quienes logran pasar de un marco explicativo a otro según las circunstancias nos lleven por el camino correcto. El mundo necesita menos erizos y más zorros.

El autor es profesor de Ciencias Sociales en la Universidad de Princeton

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