El nuevo desafío mercantilista

Dani Rodrik
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13 de enero de 2013  

CAMBRIDGE.– La historia de la economía es en gran medida una lucha entre dos escuelas de pensamiento opuestas, el «liberalismo» y el «mercantilismo». El liberalismo económico, con su énfasis en los emprendimientos privados y el libre mercado, es la doctrina dominante actual. Pero su victoria intelectual nos ha cegado respecto del gran atractivo –y frecuente éxito– de las prácticas mercantilistas. De hecho, el mercantilismo sigue vivo y goza de buena salud, y su continuo conflicto con el liberalismo probablemente será una importante fuerza que influirá sobre el futuro de la economía.

Actualmente se desecha por lo general al mercantilismo como un conjunto arcaico y patentemente equivocado de ideas de política económica. Y en su apogeo, los mercantilistas ciertamente defendieron algunas nociones bastante extrañas, entre las cuales la más notoria era que la política nacional debía guiarse por la acumulación de metales preciosos: oro y plata. El tratado de Adam Smith de 1776, La riqueza de las naciones, demolió muchas de esas ideas. Smith demostró que no debe confundirse al dinero con la riqueza. Según él, "la riqueza de un país no está constituida solamente por su oro y su plata, sino por sus tierras, viviendas y bienes de consumo de todo tipo".

Pero resulta más exacto pensar en el mercantilismo como una forma diferente de organizar la relación entre el Estado y la economía. El modelo liberal percibe al Estado como predatorio y al sector privado como dedicado inherentemente a la búsqueda de beneficios. Por ello propone una estricta separación entre Estado y empresas privadas. El mercantilismo ofrece una visión corporativista en la cual el Estado y los privados son aliados y cooperan en busca de fines comunes, como el crecimiento de la economía o del poderío del país.

El modelo mercantilista puede ser ridiculizado como capitalismo estatal o amiguismo. Pero cuando funciona, rápidamente reciben abundantes elogios. Las economías retrasadas no han dejado de notar que el mercantilismo puede ser su aliado. Incluso en Gran Bretaña, el liberalismo clásico sólo llegó a mediados del siglo XIX, esto es, después de que el país se hubiese convertido en la potencia industrial dominante del mundo.

Una segunda diferencia entre ambos modelos reside en la preferencia que se brinda a los intereses de los consumidores o de los productores. Para los liberales, reinan los consumidores. El objetivo final de la política económica es aumentar el potencial de consumo de los hogares. Los mercantilistas enfatizan el sector productivo de la economía. Para ellos una economía sólida requiere una estructura productiva sólida. Y el consumo debe basarse en un alto nivel de empleo.

Estos modelos diferentes tienen implicaciones predecibles para las políticas económicas internacionales. La lógica del enfoque liberal es que los beneficios económicos del intercambio surgen de las importaciones: cuanto más baratas las importaciones, mejor, incluso si hay un déficit comercial. Los mercantilistas ven al comercio como una forma de apoyar la producción y el empleo locales, y prefieren impulsar las exportaciones.

Gran parte del milagro económico de China es producto de un gobierno activista que ha apoyado, estimulado y subsidiado abiertamente a los productores industriales, locales y extranjeros. Si bien China ha abandonado muchos de sus subsidios explícitos a las exportaciones como condición para su participación en la Organización Mundial de Comercio, el sistema de apoyo mercantilista sigue en gran medida vigente. El gobierno ha administrado el tipo de cambio para mantener la rentabilidad de la industria y esto ha resultado en un considerable superávit comercial. Además, las empresas exportadoras siguen beneficiándose por los incentivos fiscales.

Desde la perspectiva liberal, estos subsidios a las exportaciones empobrecen a los consumidores chinos y benefician a los consumidores en el resto del mundo.

Ambos modelos pueden coexistir. En las últimas seis décadas, países asiáticos que se las ingeniaron para crecer enormemente aplicando variantes del mercantilismo. Los gobiernos de los países ricos hicieron la vista gorda, mientras que Japón, Corea del Sur, Taiwan y China protegieron sus mercados locales.

Hemos llegado al fin de esta feliz coexistencia. El modelo liberal ha perdido su brillo. Las perspectivas de crecimiento en el mediano plazo para las economías estadounidense y europeas van de moderadas a funestas. El nuevo entorno económico producirá más tensión que acomodamientos entre los países que busquen vías liberales y mercantilistas. Puede también despertar debates latentes desde hace mucho tiempo sobre el tipo de capitalismo que genera una mayor prosperidad.

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