Carambolas de una vida en la que las oficinas podrían ya no estar... o ser opcionales

Sebastián Campanario
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24 de mayo de 2020  

Hubo que ajustar algunas cosas: mandar la torta cuando alguien cumple años o las cervezas para un after office por delivery, pero por fuera de eso la adaptación de Digodat, una empresa argentina de analítica y ciencia de datos, para operar 100% con teletrabajo fluyó sin sobresaltos.

"Somos 50 y la oficina que teníamos nos quedaba chica, faltaban salas de reunión y videollamadas y el comedor estaba explotado -cuenta Alan Daitch, cofundador de la firma-; antes de la pandemia teníamos decidido agregar una segunda sede, con lo cual duplicábamos costos y problemas administrativos. Siempre tuvimos el trabajo remoto optativo pero no hubo problemas en pasarlo a forzoso; la gente trabaja más cómoda y no pierde tiempo en viaje. El diseño posCovid es tener un espacio físico sin puestos fijos, para reuniones de equipo una o dos veces por semana. Ahorramos mucho en costo, tiempo y foco".

Casos como el de Daitch y Digodat se multiplicaron en las últimas semanas. Empresarios que devuelven muebles, o directamente oficinas enteras, o que cancelan arreglos en lugares físicos comprometidos antes del Covid-19. "El día de marzo que me llevé las cosas a mi casa para trabajar ?por dos semanas' pensé: ?Si esto más o menos funciona no volvemos a la oficina nunca más'", comenta una tuitera en el vendaval de notas y análisis que aparecieron este mes vaticinando el fin de la expendedora de agua fresca, de las charlas frente a la máquina de café, o de las credenciales electrónicas para pasar la seguridad de la entrada.

En otras palabras, del fin de la vida corporativa y su catedral icónica: el edificio de oficinas, una institución que ya tiene 200 años y cuyos vericuetos fueron inmortalizados en productos pop como las series Mad Men o The Office, o las tiras cómicas Dilbert o Teodoro y Cía .

Pasaron apenas siete años del escándalo provocado por la entonces CEO de Yahoo, Marissa Mayer, cuando se filtró el mail en donde les prohibía a sus 11.500 empleados trabajar desde sus casas. En contraste, días atrás el CEO de Twitter, Jack Dorsey, tomó la delantera y comunicó a los trabajadores de la red social que, los que quisieran, podrían seguir con la modalidad de tareas virtuales aun después de que ceda la pandemia. Trabajo remoto por siempre jamás.

A la sentencia de muerte le siguió el "no tan rápido": el caso de Digodat pertenece a una porción del 27%-29% (según un análisis de economistas de Cippec) de los trabajadores argentinos cuyas tareas pueden migrar sin mayores problemas a la modalidad remota. Cuando este porcentaje se corrige por la disponibilidad de buena tecnología y de buena conexión en los hogares, la proporción es menor al 20%. Y aun en esta porción hay opiniones divididas: quienes no tienen hijos en edad escolar son más entusiastas con el acta de defunción de la vida corporativa prepandemia.

"Toda la familia en call o clases online a la misma hora... Se necesita un ambiente y un dispositivo por persona para que eso pueda realizarse con un nivel de razonabilidad. Hay que pensar en la sostenibilidad de este modelo", expresó días atrás Martín Hazan, experto en comunicación digital. Mientras tanto, se multiplican en los buscadores las consultas por la "fatiga de Zoom" (por distintos motivos de exigencia de atención, estas reuniones cansan mucho más que las presenciales), además de un naufragio del equilibrio vida-trabajo.

Puede que sea exagerado entonces hablar de "la muerte de?", pero sí hay cambios drásticos en el horizonte. "El promedio de estimaciones de las consultoras marca que un 30% de las personas que trabajaban en oficinas no volverá a sus puestos físicos", dice ahora Andrés Hatum. Este número o incluso uno menor implica una reducción empinada de los valores de venta y alquiler de los activos vinculados. "Los precios de las oficinas fueron los que más sufrieron con la crisis de 2001-2002, y ahora pasará lo mismo", sostienen en Reporte Inmobiliario.

Así como hace diez años se puso de moda, entre los estudios de arquitectura, especializarse en proyectos sustentables, ahora muchos se están reconvirtiendo al nicho de refacciones antipandemia. Accenture Argentina recibió la semana pasada instrucciones de su casa matriz que estipulan un ancho mínimo de las escaleras de todos sus edificios, para evitar contagios cuando se reabran. "Creo que hay una buena oportunidad ahí para los espacios de coworking adaptados -dice Hatum- y también estamos viendo un mayor protagonismo de las áreas de recursos humanos, que están liderando este puente entre lo físico y lo virtual en las empresas".

El especialista en trabajo remoto Chris Herd publicó una serie de especulaciones con efectos de "segundo, tercer y cuarto orden", que vendrán si la de 2020 se consolida como "la década del trabajo remoto". Entre ellas, una mayor eficiencia y generación de riqueza por la multiplicación de modalidades "asincrónicas" de trabajo: hasta ahora todo lo que se decide en una empresa está acotado al tercio del día que sus integrantes coinciden en ella. Esta sincronía, sostiene, vuelve más farragoso "que se hagan las cosas" (" get stuff done ").

Ya hablando de otras carambolas a infinitas bandas, Herd prevé un renacimiento de los hobbies y la vida comunitaria y barrial, "lo que puede llevar a relaciones más profundas y a combatir la soledad y el aislamiento social". El emprendedor Carlos Miceli coincide en que se viene una ola de start ups que promuevan la interacción local, en contraposición con la tradición de ambiciones globales de este sector.

Herd y otros entendidos ya hablan de un nuevo urbanismo o de ciudades que competirán por atraer a la "aristocracia de la economía del conocimiento", que buscará una mejor calidad de vida y un menor valor del metro cuadrado que el que exigen hoy los grandes centros urbanos. Las claves de esta seducción: buena conexión, buenos colegios y buen entorno natural.

Para Herd, ahora que quedó en evidencia el enorme costo que representan las oficinas, en las fusiones y compras que se vienen por la crisis económica lo primero que se hará es "remotizar" al máximo todo lo que se pueda (ya hay un efecto demostración que indica que se puede mucho más de lo que se pensaba antes).

Según Gastón Remy, exCEO de Dow y de Vista y actualmente uno de los líderes de la iniciativa "Seamos Uno" (350 integrantes que se auto-organizaron en reuniones en zoom, sin verse la cara) la clave de este fenómeno está en las externalidades de red: cuando todos trabajan así (y no queda gente afuera) se produce la magia. Un nodo más agregado a la red implica un aumento más que proporcional en todo el sistema, como ocurre con la mayor parte de los modelos de negocios digitales.

Si es cierto que "las crisis aceleran la historia", esto es algo que sin duda se está viendo hoy en esta avenida temática. El físico ruso Andrei Vazhnov, ahora CTO de una empresa europea grande y con residencia en París, contaba hace tres lunes en una charla en el Instituto Baikal que antes de la pandemia el 5% del talento top global en tecnología ni leía ofertas de trabajo que comprometieran la presencia física en una oficina. "PosCovid, este porcentaje está creciendo al 20% o al 30%", describe Vazhnov.

Si aunque sea una parte de todas estas predicciones se cumplen es probable que en un futuro cercano, cuando veamos The Office o Mad Men , o leamos las tiras de Dilbert o Teodoro , lo hagamos con una mirada parecida a la que tenemos hoy cuando vemos una película de la época victoriana, con sus tradiciones, folclore y coreografías de un pasado remoto.

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