
De corazones rotos y otras desazones
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Cuando el corazón se rompe, pensó, se parte como la madera, a lo largo de toda la longitud del tablón
De Julian Barnes, en La mesa limón, Editorial. Anagrama, 2005, Pág. 56
No hay escuelas de negocios, ni posgrados o masters en Administración de Empresas que incluyan en sus programas -específica y claramente- los temas del corazón. Los amores no correspondidos, declarados u ocultos, no tienen cabida en las estructuras empresarias, aun cuando éstas estén conformadas por mujeres y hombres de carne y hueso.
No es que deba estudiarse a Bécquer o Espronceda, ni siquiera a Corín Tellado, porque no nos estamos refiriendo a la relación entre dos personas, sino a aquellos sentimientos conmovedores que son parte de la relación de trabajo. El descuido deliberado de este rasgo de la condición humana es una especie de mutilación.
El corazón, entendido en nuestra civilización occidental como centro de las emociones, se disfraza con otros nombres: motivación, sentido de pertenencia, adhesión, lealtad. Son términos con resonancia más técnica, conjurando el rubor que provocaría a un simple trabajador o a un ejecutivo reconocer el enamoramiento.
¿Acaso no hay quienes se enamoran de un proyecto, de un lugar, de un grupo de compañeros, de un producto y hasta de una rutina laboral? Todos estos vínculos afectivos actúan como la placenta de la organización. La nutre, la mantiene viva o la mata cuando deja de estar presente. La relación de cualquier persona medianamente sensible abrigará su porción de sentimentalismo respecto de su ámbito de trabajo. Habrá amores a primera vista, desilusiones, nuevas esperanzas y hasta culpas o traiciones, como en cualquier telenovela de la tarde.
Por supuesto es más saludable negarlo hasta la exasperación: "Negocios son negocios". "La relación contractual no implica mayores compromisos que el cumplimiento de objetivos", etcétera.
Hay ejemplos recientes. Las sucesivas reestructuraciones o fusiones de las décadas pasadas tuvieron características nefastas. Todos aquellos que fueron despedidos perdieron bastante más que un laburo , aun cuando no se lo quiera reconocer del todo. Han sido también cruentos desgarros afectivos y lo mismo se repetirá con cada decisión que implique la cesación laboral o un acto que se perciba como injusto.
Ese es el momento en que el corazón se rompe como una madera, al decir de Julian Barnes, a lo largo del tablón. La rasgadura puede incluir tanto a una persona como a toda una organización y hasta varias generaciones. Después no hay carpintero que lo arregle.




