
La caja de herramientas
Por Jorge B. Mosqueira Especial para LA NACION
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Llegó hasta la oficina de personal como un guerrero abatido. Desde hacía varios meses venía pensando que no daba más, que ya no alcanzaba la voluntad para olvidar el esfuerzo de venir todos los días a cumplir su turno en la fábrica. Hace poco más de cuarenta años, cuando ingresó en la planta por primera vez, los músculos obedecían sin chistar y las articulaciones eran engranajes ignorados de su anatomía. Ahora no. El cuerpo crujía y dolía con demasiada frecuencia. La cabeza tampoco era la misma. Se le iba, pensando en otras cosas más urgentes, asuntos de su familia, que también había crecido y envejecido como él. Era demasiado.
Una semana atrás su joven supervisor lo descubrió durante una de sus ausencias de espíritu. Insinuó una reprimenda, interrumpida al reconocer que Francisco L. estaba en otro lugar y en otro tiempo. Ahí fue cuando le preguntó cuántos años le faltaban para jubilarse y le propuso: "¿Por qué no hablás con personal? Quién te dice, podés arreglar algo".
Y ahí estaba, con el jefe de personal. El señor le empezó a hablar de números, de cuánto le correspondía, del monto total y del monto que la empresa estaba dispuesta a darle. Terminó mencionando una cifra enorme. Francisco nunca había llegado a ahorrar en su vida lo que escuchaba.
"Pero quiero algo más --dijo Francisco, finalmente. El jefe de personal enmudeció, esperando lo peor--. Quisiera llevarme mi caja de herramientas. Me acompañó toda la vida, ¿sabe? Yo sé que pertenece a la empresa, pero me gustaría llevármela conmigo."
Y cerraron trato, con la conformidad de ambas partes.
La modesta solicitud de Francisco no es infrecuente y contiene un significado profundo que puede pasar inadvertido.
Desde la atalaya de las posiciones llamadas importantes, la caja de herramientas de Francisco es un tema minúsculo porque, al fin y al cabo, se trata de un conjunto de pinzas y destornilladores mellados. Los mismos objetos no ocupan un lugar equivalente en el operario que prestó más de cuarenta años de servicio en la misma compañía, y es posible que en este punto se esconda el misterio de la relación del hombre con su trabajo. Una vez más aparece lo simbólico dando vueltas por la empresa, imposible de cuantificar.
O, más probablemente, se escapa a toda compresión porque se le impone una traducción numérica. Las organizaciones productivas, tal como las conocemos, parecería que circularan sobre dos planos diferentes, donde las interferencias entre uno u otro son fenómenos incomprensibles. Los símbolos y los afectos existen. También los números. Ambos se hablan y se hacen señas, pero difícilmente se entienden. El arte --llámese liderazgo, administración o management-- es tratar de mantener equilibrados ambos mundos.
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