La educación de hoy para los trabajos de mañana

Alicia Caballero
Alicia Caballero PARA LA NACION
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24 de junio de 2018  

Es preocupante que, en un contexto de vertiginosa transformación tecnológica que amenaza empleos tradicionales, muchos gremialistas, dirigentes, reguladores y docentes (por suerte no todos) se aferren a un pasado que solo puede conducir al fracaso. Porque sin una educación de mucha calidad, renovada e inclusiva, no hay futuro posible. Ni individual, ni colectivo. Todos aspiramos a una sociedad más inclusiva, y esto implica la posibilidad de acceder a trabajos que no solo resulten en una retribución monetaria, sino también en un instrumento para la realización personal.

La competitividad requiere adopción de tecnologías y la tecnología demanda mano de obra con mayor nivel de calificación. Y la calificación depende de una educación inclusiva y adaptada a la dinámica de los nuevos tiempos. En un interesante trabajo del Banco Mundial, recientemente presentado, llamado "Los trabajos del futuro", se muestra una clara correlación entre los resultados de las pruebas PISA en ciencias, y el PBI per cápita. Cuanto más altos son los resultados en las pruebas PISA, mayor es el ingreso per cápita. Según el mismo estudio, incluso las mejores calificaciones obtenidas en los países de la región de Latinoamérica y el Caribe están por debajo de las peores obtenidas en países de la OCDE.

Todo parece indicar que si bien muchos trabajos desaparecerán en el futuro, muchos otros aparecerán o se desarrollarán. Estos nuevos trabajos estarán seguramente más vinculados con los servicios, las personas, la gestión, el arte, el entretenimiento, el procesamiento de los datos y la información, la robótica, etc. De un mercado laboral diseñado para trabajos que partían de determinados conocimientos y se extendían a lo largo de toda la vida, en un mismo lugar, pasamos a un escenario en el que lo más frecuente es la disrupción continua, la velocidad del cambio y la versatilidad. La rigidez y las estructuras inamovibles dan lugar a horarios más flexibles, evaluación por objetivos y espacio para la creatividad. Siempre el progreso tuvo que ser asimilado, y adoptado, pero la diferencia es que hoy se experimenta una aceleración en estos cambios tecnológicos que, incluso, impide una correcta evaluación ética y una toma de decisiones acerca de su utilización.

Este nuevo contexto requiere un elevado nivel de educación con sólidas bases en matemática, ciencias e idiomas, desarrollando creatividad, capacidad analítica, de solución de problemas y toma de decisiones. Tenemos que lograr que a partir de la disponibilidad de océanos de información, los estudiantes aprendan a sintetizar y extraer aquello que es esencial. Hay que enseñarles a aprender, porque el aprendizaje continuo es y será clave. La inteligencia emocional es otro factor a trabajar. La inteligencia artificial está avanzando, pero ¿qué sería del mundo sin la pasión y la empatía? Y, para que nuestro mundo pueda ser auténticamente sustentable, enseñar valores y moral resulta esencial.

El desafío no es menor. Es un tiempo en el que los docentes tenemos que aprender a la par de los alumnos. No solo se trata de qué enseñamos, sino también de cómo enseñamos y cómo evaluamos. Los planes de estudio no pueden ser rígidos, porque el mundo del trabajo ya no lo es. La presencialidad no tiene el mismo significado que antes. La regulación tiene también que estar a tono con este tiempo de cambio.

Especialmente a nivel terciario y universitario, los planes de estudio deben poder actualizarse y nuevas carreras deben poder crearse de una manera desburocratizada. Formar para los trabajos del siglo XXI requiere dejar de lado muchas estructuras rígidas del siglo XX. Sin embargo, no se puede confundir flexibilidad con indisciplina. La disciplina es necesaria para permitir el aprendizaje. En muchos casos, los límites que los chicos no encuentran en sus respectivos hogares hay que enseñarlos en la escuela o la universidad.

Los jóvenes que nacieron a partir de los 90 son distintos a muchos de nosotros y a todo lo que conocíamos quienes educamos desde hace décadas. Pero no es verdad que son apáticos, desinteresados y holgazanes. Hay que encontrar en qué clave enseñarles. No es difícil despertar en ellos la curiosidad y la voluntad de aprender. Quizá para quienes damos clase sea mucho más desafiante e implique repensar muchos paradigmas. Pero tenemos la enorme responsabilidad de prepararlos no solo para trabajar en el futuro, sino para solucionar muchos problemas que, originados en el pasado, siguen perturbando nuestro presente.

Decana de la Facultad de Ciencias Económicas de la UCA

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