
Los perdedores suelen ser más interesantes
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Los perdedores me interesan mucho más que los ganadores, éstos me causan rechazo. Me interesan quienes tienen su yo fragmentado.
De Elfriede Jelinek, premio Nobel de Literatura 2004. Entrevista de 1998 para el documental La bella perdedora
Es posible aceptar, aun a regañadientes, que el mundo se encuentra fraccionado en dos mitades, una de perdedores y otra de ganadores. La frase, por ser expresada por alguien distinguido con el premio Nobel, obliga a una reflexión sobre algunas vocaciones. Tomemos, por ejemplo, el ejercicio de una profesión vinculada con los Recursos Humanos, más conocida universalmente por los de personal. Hay pocas posiciones en las empresas que acumulen tanta ambigüedad y sospechas por parte del resto de la comunidad interna, que es, en definitiva, el objeto de su función. El prejuicio no es caprichoso porque tiene sus fundamentos y hasta raíces históricas. A partir de la Revolución Industrial, a fines del siglo XVIII, cobra relevancia una figura opaca, pero influyente, que se distingue por ser la mano derecha del patrón. Es decir, la mano dura que el patrón evita asumir para mantener la imagen y el respeto por sí mismo. De aquí en adelante, los de personal se encargaron del trabajo sucio en relación con los empleados, un estigma que aún subsiste y -hay que mencionarlo- también es cultivado con orgullo por algunos protagonistas actuales.
Ya avanzado el siglo XX, se hicieron enormes esfuerzos por darle un nuevo significado a la función, hasta tal punto que, por contraste de expectativas, se la llegó a ubicar entre el grupo de inocentes y bondadosas samaritanas del trabajo. Para sacudirse la suma de todas esas erróneas interpretaciones, muchos terminan intentando justificar su labor montándose sobre los requerimientos del negocio, una zona exclusiva, reservada a los ganadores. Aparecen los cazadores de talentos.
Ante este embrollo, se hace necesario rescatar a quienes verdaderamente toman en serio su profesión y caminan por la angosta cornisa de las suspicacias. Aquellos que, como Jelinek, se interesan mucho menos por los ganadores -habitualmente reconocidos por la sociedad- e intentan recomponer, con obstinada paciencia, todos los yo fragmentados.





