
Matarse trabajando es un mal negocio
Jorge B. Mosqueira
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Cuentan que Ichiro Oshima -24 años, soltero, empleado de una importante agencia de publicidad japonesa- se ahorcó en 1991 luego de trabajar ochenta horas semanales durante dieciocho meses seguidos. No se sabe si alcanzó a terminar lo que estaba haciendo. Probablemente no, lo cual es una pena porque podría haber esperado un tiempito más para suicidarse y dejar todo como se debe.
Los japoneses, desde el punto de vista occidental, son seres tan excepcionales como exóticos. Seppuku es el suicidio ritual (más conocido como haraquiri), que se realiza abriéndose el abdomen de lado a lado con una espada corta. Suele utilizarse como reparación de un acto deshonroso. Aunque abolido oficialmente en 1868, siguió utilizándose hasta hace poco. Karoshi lo reemplaza de algún modo porque significa, traducido literalmente a nuestra lengua, "matarse trabajando".
Todo entusiasmo debe incluir sus límites. La fascinación por los procesos de producción japoneses ignoró otro tipo de consecuencias, de origen cultural profundo, que no podían ni debían ser trasladadas. Alguien que se mate trabajando no sólo es una persona con serios desvíos emocionales, sino que termina bajando su nivel de eficiencia.
El karoshi no es, por ahora, un problema laboral argentino y hasta puede pronosticarse que no lo será, excepto en sus versiones más agudas de estrés. Es el umbral que no se debe cruzar, a pesar de los miedos al desempleo y la ambición desmedida. Se trata, una vez más, de mantener el equilibrio entre las exigencias propias y ajenas, entre empleados y empleadores. El crecimiento económico no es sinónimo de felicidad, como aseguran algunos fundamentalistas del mercado. A lo sumo, proporciona cierto confort, una porción pequeña respecto de la vida y de la muerte. Pero si este argumento aún no fuera suficiente por razones comerciales, considérese que no hay nada menos productivo que un empleado muerto.





