
No hay nada peor que no hacer nada
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Cuando un soldado se queja de sus trabajos, o un labrador, etcétera, que los pongan a no hacer nada.
De Blas Pascal. Pensamientos, 1623-1662.
Las primeras escenas de Roma, el último film de Ettore Scola, se desarrollan al amanecer, en un pequeño departamento en las afueras de la ciudad. Una mujer prepara una suculenta vianda que su esposo recibe y carga dentro de un bolso de mano. Todos los movimientos de la pareja se ajustan a un silencioso ritual que protege el sueño del niño dormido sobre la cama del living. El hombre baja a una calle iluminada por la primera claridad del día, sube al autobús y cumple un largo trayecto hasta llegar a destino. Se sienta en un banco de plaza, prueba sin ganas un bocado del enorme sándwich provisto por su mujer y se dispone a esperar allí no menos de ocho horas para que ella siga creyendo que aún tiene trabajo.
Ha pasado mucho tiempo desde aquella reflexión de Pascal del siglo XVII hasta la situación de este obrero desocupado en una de las ciudades más florecientes de la actualidad, pero el significado íntimo y personal del trabajo permanece inalterable. Es un tiempo vital, en el sentido estricto y profundo del término. Se tiene, se quita, se saca, se pierde o se arruina. Es un fragmento de vida y en tanto no se lo considere como tal habrán de producirse daños no calculables. La posible manipulación frívola del tiempo de trabajo es responsabilidad de todos los involucrados. Del empleado, el empleador y también de un tercero que adquirió mayor protagonismo desde la época en que Pascal se planteaba estas cuestiones: el Estado.
No hay vértigo ni cambios veloces -del mercado, de la tecnología- que justifiquen hacerse los distraídos. Quien descuida los requisitos mínimos de su trabajo, quien despide sin motivos sólidos o quienes desatienden el problema de la desocupación son partícipes de un despilfarro de tiempos de vida reales, tangibles. Retomando al pensador francés, que los pongan a no hacer nada y verán de qué se trata.
Por desgracia, hoy hay miles, acaso millones, que pueden hacer un aporte idóneo sobre el tema. Vale tanto para los que han sufrido o sufren en carne propia la falta de trabajo como para los que lo experimentaron a través de alguien cercano. ¿Cómo retornará esa masa de conocimientos adquiridos? ¿Qué formas adquirirá? Tal vez sustentando un sordo resentimiento o bien asumiendo la verdadera dimensión del desempleo y proponiendo un mundo mejor. Una amenaza y una oportunidad, como suele decirse. Lo peor, sin duda, es que no pase nada y todo siga igual.





