
Tiempo de trabajo y de playa
Además de descanso, la costa atlántica también ofrece una variada gama de empleos
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PINAMAR.-- Una golondrina no hace verano, pero muchas de las personas que vienen esta temporada a la costa, sí. Promotoras, mozos, masajistas, artistas, chefs llegan a estas zonas de playa atlántica en busca de trabajo. Es que la época estival es un buen momento para hacerse de unos pesos y adquirir experiencia.
Si bien los sueldos no son los de hace una década, trabajar en la costa permite ahorrar casi todo el salario porque, por lo general, los que vienen de otros lugares del país reciben alojamiento y comida. La ecuación, al final, es casi perfecta: trabajo, placer y un pequeño ahorro.
"En el verano hacemos la diferencia que no hacemos en el invierno", afirma Mercedes, una hermosa promotora que llegó desde Gualeguaychú y que trabaja en el parador Cocodrilo, para la empresa Unifón. En total, son un grupo de diez chicas que, además de exhibir sus cuerpos bronceados, dan información de la empresa, ofrecen productos y servicios, y reparten regalos y sonrisas a los habitués del balneario.
El horario es el de playa: desde la mañana hasta que cae el sol, por lo que casi no queda tiempo para otra promoción. "Pero, por ejemplo, si el trabajo es de sólo un mes, ya nos movemos para poder quedarnos también en febrero", dicen casi al unísono. ¿Sueldos? Entre 800 y 1000 pesos por mes, aunque hay quienes reciben hasta 1500, según la empresa y el tipo de promoción.
Algunas de ellas son novatas; otras ya tienen varias temporadas. Es el caso de Carolina, maestra de música folklórica y fotógrafa, que este verano cumple su décimo aniversario en la costa. "Hago promociones desde que tengo 18 años", cuenta enfundada en un microshort de Lycra con un top azul haciendo juego. "Pero si tuviera empleo de lo que estudié --continúa-- no lo estaría haciendo. Me da lástima que mis títulos no sirvan."
Sin embargo, Carolina dice que conjuga los conocimientos adquiridos en el magisterio con su actual ocupación: "Para ser promotora no basta con ser linda y simpática. Hace falta saber de psicología, tener vocación de servicio, ser amable, conocer muy bien el producto que estás publicitando? Parece un trabajo fácil, pero al final del día, si hiciste bien tu tarea, terminás agotada".
Risas en la arena
Desde hace 13 años recorre la costa atlántica con su maletín cargado de ilusiones y trucos. Se planta de cara al mar y empieza con su show frente a un centenar de chicos que dejan las actividades playeras para admirar sus destrezas de mago o reírse de alguna payasada. Ricky Rososzka es un artista callejero de Morón que actúa en escuelas, fundaciones y teatros under. Mezcla de clown, mimo y mago, durante el verano cambia el asfalto por la arena.
"En esta época no tengo mucho trabajo en Buenos Aires. Además, me gusta venir a la costa. Tengo claro que esto es un trabajo. Me pasó de estar dos meses en un lugar y no meterme al mar", dice después de una función en el balneario Cozumel, de Cariló. Cualquier playa le sirve de escenario. Cada tarde recorre la costa entre Pinamar y Cariló y hace entre dos y cuatro shows.
Ricky no pasa la gorra. Sus ingresos provienen de la venta de un truco al término del espectáculo. Cuando la suerte no acompaña, saca 60 pesos. Pero hay días mejores en los que logra recaudar cien. "El clima influye mucho. Si llueve, no saco nada; en cambio, si está lindo y la playa se llena de gente compenso". Sin embargo, para Ricky, temporadas eran las de antes:
"Hace 10 años esto era otra cosa; hoy cuesta más llegar a los chicos porque están acostumbrados a los espectáculos y yo no tengo la energía de antes." Al terminar el show se sube a su biciclo del 1900 y parte en busca de más risas y una paga que le permita mantenerse los próximos meses.
Sushi tropical
Su nombre es Daniel Ha, pero todos lo conocen como el sushiman. Llegó a Buenos Aires hace apenas cuatro meses y logró conseguir trabajo esta temporada en Blue Bar, un lugar donde se encuentran los más jóvenes antes de salir a bailar. De familia coreana, nació en Brasil y vivió en Japón, donde se especializó en la comida de ese país. Más tarde, estudió en la Universidad Gastronómica de San Pablo, de la que hasta hace poco también era profesor.
Todas las noches se instala en un rincón del bar y empieza a demostrar sus habilidades culinarias frente a los comensales, que lo miran expectantes. "Cocinar es un arte", dice, mientras enrolla el arroz en una fina capa de alga. Hay noches que se queda hasta las 2 o 3 de la madrugada atendiendo pedidos de los que llegan en busca de su sushi. "Me gusta mucho trabajar en el verano. A la mañana voy a la playa y a la noche vengo acá. Es una linda combinación", asegura en un español argentinizado.
Veranear y trabajar, dos acciones que parecen opuestas, pueden funcionar en la costa. Dicen que mezclar el placer con el trabajo no es bueno. Pero como siempre, hay excepciones que confirman la regla.
Sin postulantes
El cartel está pegado en la vidriera desde que comenzó el mes. Y aún sigue ahí. Hay empleos, como el de vendedora en una boutique, que no son fáciles de cubrir durante el verano. "Lo que pasa es que la gente que viene a la costa a trabajar quiere hacerlo en la playa o hacer algo que le permita tener el día libre", justifica Adriana, la dueña del local, que pidió reserva de su apellido y de la casa de ropa.
Poder darse un chapuzón en el mar y retozar al sol, aunque sea un par de horas, es un requisito indispensable de los buscadores de trabajo en el verano. "Si no, mejor quedarse en la casa, ¿no?", concluye Adriana.




