Erdogan no es el único problema de Turquía

Dani Rodrik
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22 de septiembre de 2013  

Princeton

Türkan Saylan fue doctora pionera, una de las primeras mujeres dermatólogas en Turquía e importante luchadora contra la lepra. También era una secularista convencida y creó una fundación para ofrecer becas a jovencitas con el fin de que pudieran ir a la escuela. En 2009, la policía irrumpió en su casa y confiscó documentos de una investigación que la relacionaba con un supuesto grupo terrorista, llamado "Ergenekon", presumiblemente decidido a desestabilizar Turquía para provocar un golpe militar.

En ese tiempo, Saylan tenía cáncer y murió poco tiempo después. El caso contra sus allegados siguió y se convirtió en parte de una serie de juicios dirigidos contra oponentes del primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, y sus aliados en el poderoso movimiento Gülen, formado con seguidores del pastor islámico, Fethullah Gülen.

La evidencia en este caso, como en muchos otros, consiste en documentos encontrados en una computadora de la fundación de Saylan. Cuando los expertos estadounidenses analizaron la imagen forense del disco duro, hicieron un impresionante –aunque para Turquía, muy familiar– descubrimiento. Los archivos que la incriminaban habían sido puestos en el disco duro tiempo después del último uso de la computadora en la fundación. Como la policía había incautado el equipo, eso indicaba un delito cometido desde niveles oficiales.

Evidencias falsificadas, testigos secretos e investigaciones fantasiosas son el fundamento de juicios simulados que la policía y los fiscales turcos montaron desde 2007. En el caso Sledgehammer se descubrió que una conspiración de un golpe militar tenía anacronismos flagrantes, incluido el uso de Microsoft Office 2007 en documentos que supuestamente se guardaron por la última vez en 2003.

La lista de información absurda continúa. Hay un caso en el que un documento que describía una conspiración contra minorías cristianas resultó estar en poder de la policía antes de que las autoridades declararan que lo habían incautado a un sospechoso. Pero ninguno de estos juicios se desmoronó. Gran parte de ellos tienen el apoyo de Erdogan, que los usó para desacreditar a la vieja guardia secular y fortalecer su gobierno. Los juicios tuvieron el respaldo del movimiento Gülen.

Gülen vive en un exilio autoimpuesto en Pensilvania, donde dirige una enorme red informal de escuelas, empresas y medios de comunicación. Sus devotos establecieron unas 100 escuelas subsidiadas en Estados Unidos, y el movimiento gana fuerza en Europa.

En su país, los seguidores de Gülen han creado lo que es un Estado dentro del Estado turco, y se han afianzado en la fuerza policial, el poder judicial y la burocracia. Los seguidores de dicho movimiento niegan que controlen la policía turca, pero como dijo en 2009 un embajador de EE.UU. en Turquía "nadie lo rebate".

La influencia del movimiento en el Poder Judicial garantiza a sus miembros que sus transgresiones no se cuestionan. En un caso bien documentado se descubrió a un oficial no comisionado en una base militar, que actuaba en nombre del movimiento Gülen, sembrando documentos con el fin de exponer a oficiales militares. El fiscal militar a cargo de la investigación del caso pronto fue encarcelado bajo acusaciones falsas, mientras que el verdadero autor fue restituido.

El movimiento Gülen usa estos juicios para callar críticos y remover oponentes en puestos gubernamentales importantes. El objetivo final parece ser la redefinición de la sociedad turca de acuerdo con la propia imagen religiosa conservadora del movimiento. Los medios de comunicación a favor de Gülen han sido muy activos en esta causa.

Sin embargo, la relación entre Erdogan y los seguidores del movimiento Gülen se ha deteriorado. Una vez que los secularistas quedaron eliminados, el movimiento dejó de ser útil para Erdogan. La fractura se dio en febrero de 2012 cuando los miembros del movimiento trataron de derrocar a su jefe de Inteligencia. No obstante, la capacidad de Erdogan para encarar el movimiento es limitada. Hace poco se encontraron micrófonos ocultos en su oficina, puestos por la policía, según sus allegados.

Si Turquía se convirtió en un lodazal kafkiano, una república de juegos sucios y conspiraciones surrealistas, la culpa es sobre todo de los miembros del movimiento Gülen. Los partidarios del movimiento predican sobre el Estado de Derecho y los derechos humanos, y al mismo tiempo los medios de comunicación pro movimiento defienden juicios simulados.

La buena noticia es que el resto del mundo está empezando a ver cómo es realmente la república de Erdogan: un régimen cada vez más autoritario creado en torno a un dirigente popular, pero con múltiples fallas.

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