Gasto público, la bestia a la que no se puede hacer pasar hambre

Kenneth Rogoff
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6 de enero de 2013  

CAMBRIDGE.– Mientras el mundo mira cómo Estados Unidos lidia con su futuro fiscal, los vericuetos de la batalla reflejan divisiones sociales y filosóficas mayores, que probablemente asuman diversos aspectos en todo el mundo durante las próximas décadas. Se ha discutido mucho sobre cómo reducir el gasto gubernamental, pero demasiado poco sobre la eficiencia de ese gasto. Sin embargo, si no se aplican enfoques más creativos a la provisión de servicios gubernamentales, su costo continuará aumentando inexorablemente con el tiempo.

Todas las industrias con uso intensivo de servicios enfrentan los mismos desafíos. En la década de 1960, los economistas William Baumol y William Bowen escribieron sobre la "enfermedad de los costos" que asuela estas industrias. El ejemplo que usaron fue el de un cuarteto de cuerdas de Mozart, que aún requiere la misma cantidad de instrumentos y músicos hoy que en el siglo XIX. De igual manera, un maestro necesita casi el mismo tiempo que hace cien años para calificar un trabajo. Los buenos plomeros cuestan una fortuna porque, también en este caso, la tecnología ha evolucionado muy lentamente.

¿Por qué el lento crecimiento de la productividad produce costos elevados? El problema es que en última instancia, las industrias de servicios deben competir por la misma mano de obra que los sectores con alto crecimiento de productividad (finanzas, la industria manufacturera y las tecnologías de la información). Aun cuando las reservas de trabajadores pueden estar segmentadas en alguna medida, hay suficiente solapamiento como para obligar a los sectores con uso intensivo de servicios a pagar salarios más elevados. El gobierno, claro, es el sector intensivo en servicios por antonomasia.

Las escuelas modernas se parecen mucho más a las de hace 50 años que las fábricas modernas. Y si bien la innovación militar ha sido espectacular, aún requiere mucha mano de obra. Si la gente desea el mismo nivel de servicios gubernamentales en relación a otros consumos, el gasto gubernamental ocupará una porción cada vez mayor del PBI. De hecho, no sólo ha aumentado la participación de ese gasto en el ingreso, también ha crecido el gasto en muchos sectores de servicios.

La agricultura, que en el siglo XIX representaba más de la mitad del ingreso nacional, se ha reducido a unos pocos puntos porcentuales. La reducción del empleo manufacturero, que tal vez generaba un tercio o más de los puestos de trabajo antes de la Segunda Guerra Mundial, ha sido impresionante.

El problema es peor en el sector gubernamental, donde el crecimiento de la productividad es mucho menor que en otros sectores de servicios. Si bien esto puede reflejar la combinación particular de los servicios que deben dar los gobiernos, difícilmente sea esa una explicación completa. Es cierto, parte del problema es que para los gobiernos el empleo no sólo sirve para prestar servicios, sino también para efectuar transferencias implícitas.

¿No convendría involucrar más al sector privado en el gobierno? La educación sería un buen punto de partida. La infraestructura es otro sector obvio donde ampliar la participación del sector privado. Alguna vez se creyó que quienes transitaran por rutas privadas tendrían que esperar mucho tiempo en los peajes. Los transpondedores y modernos sistemas automáticos de pago han solucionado ese tema.

Pero no deberíamos creer que la mayor provisión de servicios por el sector privado es una panacea. Aun sería necesario regular, en especial cuando se trata de monopolios u oligopolios. Y aun sería necesario decidir cómo equilibrar la eficiencia y la equidad en la provisión de servicios.

Como presidente estadounidense en la década de 1980, el conservador Ronald Reagan describió su política fiscal como "hacer pasar hambre a la bestia": recortar los impuestos obligará eventualmente a la gente a aceptar un menor gasto gubernamental. En muchos aspectos, su enfoque tuvo gran éxito. Pero el gasto siguió creciendo porque los votantes aún desean los servicios que da el gobierno. Queda claro que limitar al gobierno implica encontrar formas de definir incentivos para que la innovación en el gobierno se mantenga a la par de la innovación en otros sectores.

Sin nuevas ideas sobre cómo innovar en la provisión de servicios gubernamentales, las batallas como las que vemos hoy en Estados Unidos sólo pueden empeorar, ya que los votantes deben pagar cada vez más por menos. Los políticos pueden hacer un mejor trabajo y prometerán hacerlo, pero no tendrán éxito a menos que identifiquemos formas de mejorar la eficiencia y la productividad en los servicios gubernamentales.

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