Medicina algorítmica: la delgada línea entre la utopía y la distopía

La aplicación de la inteligencia artificial en el área de los servicios de salud podría lograr que los profesionales le dediquen más tiempo y atención a sus pacientes
Sebastián Campanario
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31 de marzo de 2019  

El formato de locales de Amazon Go debutó en la ciudad de Seattle en diciembre de 2016 y, desde entonces, se expandió a una decena de ciudades. No es la única modalidad de negocios offline que tiene la compañía fundada por Jeff Bezos, que, de hecho, apuesta a un modelo híbrido de comercio online complementado con locales físicos, donde los compradores pueden ir a retirar sus compras y ser asesorados por vendedores humanos. Así, se aprovecha la tecnología para mejorar la experiencia de consumo y lograr una mayor eficiencia. Según la consultora Bain & Company, en 2025 el 75% de las compras a nivel global se seguirán haciendo en locales físicos.

La secuencia de pronósticos iniciales de automatización acelerada y total que luego no se verificaron en la realidad y que dan lugar a una dinámica híbrida se está consolidando en la mayor parte de los sectores de la economía; no solo es un tema del retail. Uno de los libros sobre innovación y futuro cercano más exitosos de 2019 pone el foco en este camino: Deep Medicine ( Medicina profunda, en el sentido del océano de datos), escrito por el cardiólogo, investigador y divulgador Eric Topol, postula que, con buenos incentivos y regulaciones, la inteligencia artificial puede ser una oportunidad de oro para recuperar el factor humano en la relación médico-paciente.

No es un tema menor a nivel económico. En los Estados Unidos el sector de la salud pasó el año pasado a ser el que más empleados tiene (sobrepasó por primera vez al retail). Con el envejecimiento poblacional, la tendencia se acentuará en todo el mundo. Se estima que para 2050 unos 50 países (incluyendo a la Argentina, EE.UU, China y todas las naciones desarrolladas) tendrán una pirámide demográfica similar a la que hoy posee Japón, con más de 30% de la población por encima de los 60 años. El World Economic Forum distribuyó en los últimos días un documento en el que destaca que por primera vez en la historia de la humanidad las personas de más de 65 años son más que las menores de 5 años.

Repleta de fallas de mercado, la economía de la salud viene elevando su porción en el PBI, pero a la par de un incremento en la frustración de médicos y pacientes. Con turnos de 15 minutos en promedio que en su mayor parte son usados para hacer ingreso de datos en formularios, hay mínimo contacto visual y pocas posibilidades de generar una relación empática. Malcolm Gladwell escribió años atrás en el New Yorker un largo artículo en el que contaba que las probabilidades de que un paciente iniciara un juicio por mala praxis disminuían drásticamente cuando los turnos duran media hora o más, independientemente de la pericia del médico. En definitiva, un sistema muy caro, donde crece la insatisfacción de los pacientes y la depresión, el estrés y hasta la tasa de suicidios de los profesionales de la medicina.

Topol cree que la inteligencia artificial puede hacer mucho más que mejorar los diagnósticos y sugerir tratamientos. Puede liberar a los médicos de sus tareas rutinarias y darles más tiempo para "conectar" con los pacientes, volviendo el factor humano nuevamente relevante. El autor es optimista en que en un futuro cercano los médicos podrán decir: "Voy a contextualizar los sugerencias algorítmicas para mi paciente. Voy a fortalecer una relación con propósito con él, a estar presente en la consulta para poder brindarle todo mi sentido común humano y mi empatía".

Para eso, sostiene el autor de Deep Medicine, hace falta más activismo por parte de los médicos, a los que ve en una actitud muy pasiva (en contraposición a otros lobbies mucho más eficientes, como el de la Asociación Nacional del Rifle). De lo contrario, la propia dinámica del negocio de la salud llevará a que el tiempo que se gane con IA se destine a aglutinar turnos de cinco minutos en lugar de llegar a sesiones de media hora.

"En medicina estamos yendo hacia un lugar que no tiene nada que ver con lo que estudiamos. Falta, pero los avances de los últimos 20 años son impresionantes, en perspectiva, y se están acelerando", cuenta Fernando Polack, uno de los médicos argentinos más prestigiosos a nivel global. Polack, que está especializado en enfermedades respiratorias y en vacunas, hizo el lunes pasado una presentación sobre "El futuro de la medicina" en el Instituto Baikal. Allí resaltó cómo enfermedades que eran consideradas gravísimas, incurables o mortales hace 15 años (esclerosis múltiple, algunos tipos de cáncer, asma y otras) vienen siendo conquistadas por la ciencia con tratamientos mucho más efectivos.

Mucho de este nuevo contexto se debe al trabajo pionero del Nobel Cesar Milstein, que dio lugar a los monoclonales modernos. Milstein, nacido en Bahía Blanca, tal vez sea el argentino que más contribuyó a generar valor a nivel global, con infinidad de blockbusters -medicamentos de más de US$1000 millones de facturación- derivados de sus estudios.

La inteligencia artificial, como sostiene Topol, puede ayudar a una medicina mucho más personalizada: el autor dice que las "dietas universales" no sirven para nada, porque cada organismo es un mundo y reacciona de manera distinta a los alimentos. De hecho, con nuevos sensores y análisis de microbioma, lo más eficiente será que pronto un algoritmo decida qué es lo que nos conviene comer o tomar en cada momento.

Alex Kostianovsky, médico del Cemic y seguidor de la agenda de innovación en este terreno, dice sobre Deep Medicine: "En la práctica diaria resulta muy tentador que la IA nos permita volver a tiempos ?pretecnológicos', pero como superación de la hipertecnologización. Si usáramos asistentes de voz para grabar consultas, ¿cuánto más tiempo tendríamos para ocuparnos de escuchar al paciente? Toda la consulta". Para Kostianovsky, "algo muy atractivo es la posibilidad que ofrece la IA de incorporar la información del paciente: biológica, psicológica, social, ambiental, comportamiento, genética, historia, etcétera. Poseer esa información permitirá tomar las mejores decisiones para el paciente particular, y ya no confiar en que nuestro paciente se asemeja a los individuos de las grandes cohortes de pacientes de los estudios de evidencia. En otras palabras, la completitud de la medicina hecha realidad".

"Ser optimista en relación con los pronósticos de futuro en medicina muchas veces pasa por una cuestión de personalidad; yo lo soy, sin duda", dice Polack. El libro de Topol tiene un sesgo hacia las proyecciones más positivas. Contra este escenario, hay fallas de mercado que llevan a los laboratorios a enfocarse en drogas muy caras; hay burocracias estatales que muchas veces reaccionan a destiempo (despliegan una vacuna cuando el virus ya mutó, por ejemplo) y cambios ambientales que hacen que nuestros cuerpos se enfrenten a desafíos para los que no estuvieron preparados en millones de años.

La semana pasada, un equipo comandado por Samuel Finlayson, de la Escuela de Medicina de Harvard, alertó en un informe sobre la facilidad con la que se pueden alterar y hackear datos médicos para sugerir tratamientos equivocados. Mínimas variaciones en imágenes (de pocos píxeles), invisibles al ojo humano, pueden llevar a que un algoritmo llegue a conclusiones erróneas a escala masiva. Es una amenaza que podrían usar grupos terroristas u organizaciones que busquen hacer fraudes con seguros y sistema de salud. Como en toda discusión sobre el futuro, la distopía y la utopía están separadas por una capa extremadamente delgada, del grosor de un píxel o de una célula.

sebacampanario@gmail.com

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