Innovación y creatividad en el "cuarto cuadrante" del conocimiento

Crédito: Javier Joaquín
En el rincón de aquello que "no sabemos que no sabemos" surgen grandes descubrimientos; la visión de un filósofo argentino que estudió un sofisticado instrumento de la Antigüedad
Sebastián Campanario
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3 de febrero de 2019  

El estribillo de la canción "Pero qué cintura!" de Kevin Kohansen dice: "Hay cosas que sé / y hay cosas que no sé / y hay cosas que no sé que sé / y hay cosas que no sé que no sé". La letra alude a una de las categorizaciones posibles del conocimiento, que en este caso se puede graficar en cuatro cuadrantes. Lo que sabemos que sabemos y lo que sabemos que no sabemos está más o menos claro. Lo que "no sabemos que sabemos" vendría a ser lo intuitivo: aquello que nos fue agregando la experiencia pero no somos conscientes de saberlo.

Es en el cuarto cuadrante, el de "lo que no sabemos que no sabemos", donde ocurren las epifanías y los grandes descubrimientos, sostienen quienes estudian los procesos creativos. Y es en estas aguas a donde le gusta sumergirse el filósofo argentino Christian Carman, uno de los mayores expertos mundiales en el "Mecanismo de Anticitera", un aparato increíblemente sofisticado para predecir eclipses y otros eventos astronómicos con un error estimado en 0,0002 por año, construido en el siglo II antes de Cristo y cuya invención se le atribuye a Arquímedes.

La pregunta, paso previo

Una de las ventajas de sumergirse en este cuarto cuadrante del conocimiento, cuenta Carman a LA NACION, "es la hermosa sensación de entender algo a partir de preguntas que te van surgiendo y que ni te imaginabas, es el placer del descubrimiento. En la educación formal muchas veces pasa lo contrario: te dan la respuesta antes de que te hagas la pregunta, y esto de alguna forma te "espoilea" el proceso de aprendizaje y le quita toda la emoción".

Carman publicó a fines de 2018 La tablet de Arquímedes en la colección La ciencia que ladra, que dirige Diego Golombek para Siglo XXI. Allí cuenta cómo fue investigando y descubriendo, paso a paso y como un detective, las características y la fecha de construcción del mecanismo, un logro que en su momento fue reportado en The New York Times y en otros medios de todo el mundo. El proceso tiene todos los condimentos que los estudiosos de la creatividad le asignan a los denominados "momentos Eureka": un conocimiento apasionado y hasta obsesivo del campo de análisis, mucha perseverancia y tolerancia al error (cuando se topaba con un camino sin salida), epifanías que surgen cuando se relajan los filtros de la atención y la concentración (por la noche, entre sueños a veces), ataques desde "próximos adyacentes" (Carman estudió en la UCA griego antiguo, algo que le dio ventaja sobre sus competidores que perseguían el mismo logro) y aprovechamiento de nuevas tecnologías.

El mecanismo de Anticitera es uno de esos raros casos (tal vez el más fascinante y famoso) de lo que en la literatura de innovación se conoce como "ooparts" (en inglés, out of place artifacts: objetos fuera de lugar y tiempo), un término acuñado por el criptozoólogo estadounidense Ivan Anderson. Son objetos de interés histórico, arqueológico o paleontológico hallados en un contexto muy inusual, que desafía la cronología de la historia tradicional. En el caso de la "tablet de Arquímedes", se considera que la tecnología disponible para lograr semejante proeza llegó 1300 años después, en el Renacimiento.

Aunque el mecanismo de Anticitera no es programable en un sentido moderno, muchos lo consideran la primera computadora analógica. Fue descubierto en 1901, frente a la isla griega de Anticitera, rescatado de un naufragio que ocurrió entre los años 80 y 65 antes de Cristo. Las piezas halladas del artefacto están en el Museo de Atenas, pero Carman pudo trabajar con una beca Fullbright junto a James Evans, una autoridad en la materia, en su casa de la bahía de Seattle, en los Estados Unidos, con tomografías tridimensionales.

Aunque Cicerón describe en sus escritos un mecanismo muy parecido al de Anticitera y se lo atribuía a Arquímedes, durante décadas esta versión se consideró una fabulación. Lo que lograron Caram y Evans fue aproximar la fecha de construcción del objeto -que no podía hacerse con carbono 14 ni con otra herramienta química- a partir de otras pistas. La conclusión fue que el mecanismo fue contemporáneo de Arquímedes, y que las letras que se llegaron a recuperar -con una tecnología surgida hace una década en Hewlett Packard- son del dialecto de esa época de Corinto y Siracusa, donde vivió el sabio griego hasta ser asesinado por un soldado del ejército romano.

Teléfono descompuesto

Aunque Carman ve difícil que se hagan nuevos descubrimientos sobre el mecanismo si no se encuentran más piezas en el lugar del naufragio, pudo determinar recientemente la fecha que mostraba el artefacto al momento del accidente: el 5 de marzo del 193 antes de Cristo (esto no quiere decir que esa fuera la fecha del hundimiento del barco). Y publicó un paper al respecto titulado La última fecha del Mecanismo del Anticitera en el Journal of History of Astronomy.

Con su libro La tablet de Arquímedes Carman se propuso el objetivo "de cumplir, de alguna manera, el sueño que yo creo que tuvo el que inventó el mecanismo. Muchos creemos que el artefacto fue hecho como un instrumento didáctico, para enseñar astronomía (una especie de powerpoint o planetario de la Antigüedad). Si, como muchos piensan, el mecanismo era "nuevo" al momento del naufragio (es decir, si nunca se había utilizado) a pesar de los años que tenía, entonces, el creador (¿Arquímedes?) nunca pudo cumplir su sueño. El libro trata de cumplir con ese objetivo. Me gusta pensar que, de alguna manera, logré que Arquímedes (o quien lo haya hecho) cumpliera su sueño dos mil años después".

En el último año, el filósofo que vive en Bella Vista se dedicó a investigar por qué los diagramas astronómicos de la Grecia antigua son "tan malos". Describe: "Son pésimos; por ejemplo, la Tierra, el Sol y la Luna tienen el mismo tamaño; la forma del planeta es de pelota de rugby, etcétera". Entre los estudiosos de la astronomía antigua la discusión siempre giró en torno a por qué el conocimiento reflejado en estos estudios no coincidía con el saber sofisticado de la cuna de la civilización.

A Carman se le ocurrió otra hipótesis: que hubo una especie de "teléfono descompuesto" en las sucesivas transcripciones de los sabios griegos, que terminó generando estos errores. Por ejemplo, Aristarco de Samos vivió en el siglo III antes de Cristo, pero su obra más antigua que se conoce es una transcripción del siglo IX después de Cristo.

El filósofo cuenta que la idea de encarar el tema con otra perspectiva (más de psicología y neurociencias, que luego testeó con éxito en experimentos que mostraron que, por ciertas estructuras mentales, tendemos a deformar los diagramas a lo largo de las copias); surgió después de conversar con Jorge Odón, quien desarrolló un dispositivo para facilitar los partos que recibió muchas distinciones. Odón no es obstetra, sino mecánico, y en una conversación le dijo a Carman: "Lo que pasa es que, en el fondo, como ayudar en un parto es un problema mecánico: nosotros somos especialistas en quitar piezas difíciles sin que se dañen".

Abordar una dificultad desde un ángulo completamente distinto es lo que el autor de Originales, Adam Grant, llama un "vu déjà": al revés que un déjà vu (sentir que algo nuevo ya lo experimentamos en el pasado), el "vu déjà" alude a una mirada fresca y distinta sobre un bloqueo que persistía desde hace tiempo. Que llega, en muchos casos, desde las aguas más profundas del cuarto cuadrante del conocimiento.

sebacampanario@gmail.com

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