
Itamar Franco concretó la venganza
El ex presidente, elegido gobernador de Minas Gerais, no tardó en causarle problemas a Cardoso
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SAN PABLO (The Economist).- Los presidentes del Brasil no siempre fueron hombres memorables, ¿pero quién podría olvidar a Itamar Franco? En un tiempo vicepresidente y elevado luego a la máxima magistratura en 1992, después que el titular fuera sacado del cargo por corrupción, era conocido por todos como un hombre de carácter vivaz con pelo enmarañado e ideas extravagantes. Obligó a Volkswagen a fabricar nuevamente su coche favorito, el escarabajo original, que entonces ya nadie quería, ni siquiera en Brasil. Fue noticia en todo el mundo cuando, durante los desfiles de Carnaval, invitó a unírsele en el palco a una joven bailarina sin calzones. Pero también tuvo el ingenio de elegir a Fernando Henrique Cardoso como ministro de finanzas. Y nunca le perdonó a su ex ministro por llevarse, como presidente, todos los laureles del plan contra la inflación que siguió, por más que tanto el mundo como los votantes brasileños pensaran que Cardoso se los había ganado. Ahora, Franco se desquitó.
Franco logró un fácil acceso a la gobernación de un importante Estado, Minas Gerais, del cual era oriundo. Asumió el 1º de enero y sólo cinco días más tarde anunció una moratoria de 90 días de la cifra adeudada por su Estado -18.300 millones de reales (US$ 15.000 millones en el momento, US$ 14.000 millones ahora)- al gobierno central. La destartalada estructura de confianza en las finanzas brasileñas, penosamente levantada por el FMI pocas semanas antes, empezó a trepidar nuevamente. Franco no se amilanó: pura necesidad, dijo; Minas estaba tan quebrada que él tenía que llevar su propio papel higiénico a la oficina.
Mientras las acciones brasileñas se hundían y los dólares escapaban del país, el gobierno central tomó represalias, reteniendo US$ 10 millones de fondos federales asignados al Estado descarriado, y amenazando con bloquear más aún. Dijo también que respondería por la deuda externa de Minas, no menos de US$ 100 millones de Eurobonos que vencían en febrero. Pero la plata siguió saliendo y, el miércoles último, también lo hizo el director del Banco Central, Gustavo Franco, y el tipo de cambio del real, arma crucial en la dura lucha de Cardoso contra la inflación.
Controversia
¿Qué pretende Franco? "Es totalmente irresponsable", tronó Tasso Jereissati, el notable gobernador del Estado de Ceará, fuerte aliado de Cardoso. "Es valiente", replicaron los "francófilos". Y aunque otros gobernadores no siguieron el ejemplo de Franco entrando en moratoria -18 de los 27 declararon de inmediato y ruidosamente su adhesión al gobierno central-, el motín de Minas Gerais tocó algunos puntos sensibles. La mayoría de los gobiernos estaduales viven de fiado: juntos, los 27 Estados le deben al gobierno federal cerca de 110.000 millones de reales.
"Como están las cosas" -gruñó Olivio Dutra, el gobernador de Rio Grande do Sul que pertenece al Partido de los Trabajadores-, "el gobierno de Cardoso está pisoteando a los Estados y aplastando a las ciudades." El y otros rebeldes se reunirán con Franco mañana en Belo Horizonte, la capital de Minas Gerais, para hablar sobre su pesada carga y sus males colectivos. Pero Cardoso no quiere saber nada de nuevas negociaciones.
Una ley de larga data prohíbe a los gobiernos locales gastar más del 60% de los ingresos en salarios. Sin embargo, la mayoría de los Estados sobrepasan ese tope. El gobierno central, por su parte, no ha dejado a los gobernadores librados a su suerte. El año pasado aceptó refinanciar alrededor de 90% de la deuda de los Estados, y en condiciones de lo más favorables: a pagar a 30 años, con tasas de interés de 6-7,5% anuales, mientras que la cifra del mercado estaba en alrededor de 30%. Pero la gratitud no es moneda común en política. Aunque los mercados mundiales no castiguen a Brasil más de lo que ya lo hicieron esta semana, su presidente, triunfalmente reelegido hace sólo tres meses, enfrenta nuevas luchas para afirmar su autoridad; no menos importante es la que debe librar en el Congreso, aunque éste se mostró dispuesto a ayudar con algunos votos sobre reforma fiscal el miércoles a la noche.
Por su lado, Franco no se muestra arrepentido. Después que dejó el palacio del Planalto, magnífica sede de las oficinas presidenciales en Brasilia, el ex presidente fue muchas veces noticia en un principio tanto por su agitada vida amorosa como por su poco brillante carrera como embajador en el extranjero y, más tarde, su retorno a la vida pública. Pero Franco es un diestro político a la antigua, y esta semana tal vez haya dejado su sello en la historia de Brasil -aunque más bien como, en los grandiosos edificios como el Planalto, dejan el suyo las palomas.






