
Jorge Oviedo: adiós a un hombre que ejerció con pasión el periodismo y la vida
"Mi historia es difícil, no voy a hablarles de un hombre común", comienza una legendaria canción del universo progresista. Y eso, ambas cosas, era nuestro amigo y compañero Jorge Oviedo.
No voy a escribir su panegírico, a él no le gustaría. Diremos entonces que mezclaba en dosis justas un conocimiento inacabable, una pasión por todo lo humano (aunque buena parte de su carrera se centró en los asuntos económicos) y por transmitir todas sus experiencias, con un carácter cabrón como pocos, si lo buscaban (y lo encontraban, como alguna vez le pasó a un lector que se quejaba hasta faltarle el respeto).
Pero su sabiduría y, tal vez más importante, su disposición a compartirla, es tal vez lo que todos recordaremos. Siempre. "Cuando no sabías algo, la referencia inevitable era: "Preguntale a Oviedo'", recordó ayer en Twitter uno de los compañeros de equipo, con la anuencia de todos nosotros. Eso sí, la respuesta podía garantizar el riesgo de un cierre tardío, porque su conocimiento -y sus ganas de transmitirlo- no tenían límites. Con el tiempo, todos aprenderíamos que el horario, para Jorge, nunca era un enemigo imbatible. No importaba la hora, su crónica o su análisis llegaría al taller a tiempo.
Nos conocimos hace casi 25 años, cuando ninguno de los dos estábamos en LA NACION. En esa trinchera que supo ser la Sala de Periodistas del entonces Ministerio de Economía, cuando no existía Internet y las noticias se buscaban dentro de los despachos de los funcionarios. Detrás de su Olivetti el "volaba" casi siempre antes que nadie a transmitir la novedad a la agencia NA, primero, y a DyN, donde ingresaría poco después.
Como los verdaderos sabios, siempre estaba dispuesto a escuchar y, sobre todo, a explicar, o un tema complicado, o por qué camino llegar más rápido a la oficina de tal o cual funcionario. Eran los tiempos de la convertibilidad, de cambios intensos en el país, y había mucho por desentrañar y explicarle a la gente.
La agenda formal dice que nació el 24 de abril de 1959, y empezó en el periodismo a los 20 años, en la sección Deportes del vespertino El Andino, propiedad del matutino Los Andes, en su Mendoza natal. Hasta 1989 se desempeñó en Los Andes y ocupó las funciones de subdirector de las secciones Espectáculos, Libros y Autores y editor de Para Ver y Oír y Mundo Joven. En el camino se recibió de enólogo (fiel a sus orígenes) y estudió Teatro. En octubre de 1994 se incorporó a LA NACION.
"Cualquiera que haya conocido a Jorge sabe que hablaba mucho, pero por su obsesión por explicarlo todo. Didáctico y profundo a la vez. Siempre tratando de colocarse un paso adelante. Ésa era su ventaja", lo recuerda Silvia Pisani, corresponsal de LA NACION en Estados Unidos, al contar por qué lo convocó a trabajar en el diario.
Esa primera etapa en esta casa estuvo hasta julio de 1998, cuando se fue a trabajar como prosecretario de Redacción al diario BAE (Buenos Aires Económico), en sus orígenes. Dos años después regresaría como editor de Economía & Negocios, y muy pronto descollaría como columnista. Cuando ese fenómeno complejo que es la globalización recién empezaba, él ya tenía la costumbre de mirar cómo podía afectar a la Argentina.
Lo dicho: nada de lo humano le era ajeno. Sus análisis sobre la política fiscal o el desempleo congeniaban perfectamente, entre miles de variantes, con su pasión por los "fierros". "Decía que en su próxima vida iba a ser corredor de Fórmula 1", dice, casi con una sonrisa, Andrea, su compañera. Así disfrutó de manejar en las pistas italianas una Ferrari, y sus lectores pudimos gozarlo con él.
Lo recordaba ayer en Facebook un hombre de empresas como Gustavo Pedace: "Jorge era uno de esos tipos con los que en un almuerzo podías hablar de 1289 temas distintos. Y en el medio te preguntaba por cómo te impactaba algo que había leído en el Boletín Oficial, para saltar a la última película de Woody Allen o la última de la saga de Mario Conde. Todo con la curiosidad de tipo de registro amplio. Además enseñaba con su memoria de mil y una historias de su profesión. De aquellos con los que un almuerzo de laburo, siempre era otra cosa. Una pena."
Ayer, apenas subimos a la web de LA NACION la noticia, las redes sociales se inundaron de saludos y homenajes.
"Jorge era un ser encantador, un entusiasta de la vida. Disfrutaba de los viajes y era un excelente guía. Era capaz de aportar datos en los temas más diversos. Nunca conocí a alguien con tanta memoria. Fanático de la Fórmula 1 pero también del teatro. Paradójicamente, él decía que los años en que estuvo enfermo, fueron los mejores de su vida porque pudimos vivir un gran amor", me dice Andrea, y tengo que pelear con la profesión para no desarmarme.
"Si hay algo que tuvo mi viejo fue muchísimo optimismo y una entereza impresionante hasta el último día", dice Nicolás, su hijo mayor (22). Y agrega: "Peleó hasta la última pelota con una hidalguía que lo define. No hablaba mucho de su enfermedad. Nunca quiso victimizarse y siempre nos exigió a mi hermano -Fernan (20)- y a mí que siguiéramos adelante aun en los momentos más difíciles. Se desvivía por nosotros".
Nicolás tiene razón: en los últimos tiempos Jorge envió algunas de sus notas desde un consultorio o una internación, adonde siempre ingresaba acompañado por su arsenal tecnológico.
Quien sea que vigile desde allá arriba, seguro lo convocó para no aburrirse tanto en sus tertulias eternas. Acá lo vamos a extrañar.
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