
La AFIP persigue la evasión en el fútbol
La Administración de Ingresos Públicos querelló al empresario Gustavo Mascardi por las transferencias de Cristian Traverso y Marcelo Salas.
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En una nueva etapa de su anunciada ofensiva contra la evasión impositiva en sectores muy destacados del deporte, la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP) denunció judicialmente al representante de futbolistas, Gustavo Mascardi.
El juez en lo penal económico Jorge Brugo confirmó que recibió la denuncia, indicó que había dado vista al fiscal y anunció que hoy dará a conocer los detalles de la acusación.
Fuentes de la causa revelaron a La Nación que las operaciones cuestionadas serían las realizadas en 1996 y en las que pasaron a River Plate y a Boca Juniors el chileno Marcelo Salas y Cristian Traverso, respectivamente.
Los dos futbolistas actuaron hasta ese año en Universidad de Chile.
En cambio, no habrían denuncias sobre otras numerosas operaciones en las que el empresario intervino.
En total, los impuestos adeudados que la AFIP reclama superarían los $ 500.000.
La denuncia es penal porque la deuda reclamada supera los $ 100.000.
De este modo, el acusado podría ser penado con la cárcel, si es que la Justicia comparte el criterio de la denuncia.
Gustavo Mascardi se limitó a negar las acusaciones, y dijo que la AFIP daña su imagen "sin motivo". Y agregó: "Yo no he ocultado nada ni debo nada. Se trata de un problema técnico menor. Me siento perseguido, no tienen ningún fundamento para acusarme".
Muchos millones
La AFIP, presidida por Carlos Silvani, descubrió que durante 1996 -cuando comenzó a investigar los millonarios fichajes en el fútbol- Mascardi intervino en operaciones por un valor total de 44 millones de dólares.
Otras transferencias
El acusado empresario participó también de la transferencia a Boca Juniors de Martín Palermo, que llegó desde Estudiantes de La Plata en una operación por 4 millones de dólares.
También tomó parte en los pases de Juan Verón, primero de Estudiantes de la Plata a Boca Juniors y luego desde este club al Sampdoria, de Italia.
También está el traspaso del internacional argentino Fernando Cáceres de las filas boquenses al Zaragoza español y del defensor, también argentino, Juan Pablo Sorín desde el Juventus italiano a River Plate.
Además, intervino en las transferencias de los delanteros argentinos Walter Silvani y Facundo Villalba, desde River Plate a Universidad de Chile y a América de México, respectivamente.
Marcardi es representante de todos todos los jugadores mencionados, y también del internacional argentino Sergio Berti, que revista en River Plate, que lo repatrió tras venderlo en dos ocasiones, primero al Parma italiano y al Zaragoza español después.
También representa al colombiano Faustino Asprilla, y a los integrantes del seleccionado argentino Hernán Crespo (Parma), Claudio López (Valencia), Roberto Ayala (Napoli) y Matías Almeyda (Lazio), entre otros.
Velocidad para ver, carácter para negociar
El personaje en la noticia
Gustavo Mascardi no era más que un hombre de la Bolsa que se había acercado al fútbol para tenderle una mano a Hugo Orlando Gatti, que sufría sin jugar al fútbol y con sus campos inundados de Carlos Tejedor.
Por eso, pocos periodistas especializados en fútbol -y en los negocios que lo rodean- le prestaron demasiada atención al verlo sonreír socarronamente, hablando un fluido italiano con gente vestida como él, muy elegantes todos. Sin ostentación, se distinguían de todas maneras en las desprolijas plateas del estadio Defensores del Chaco, el más importante de Asunción, en Paraguay.
Era febrero de 1992 y el calor apretaba como siempre. En la cancha, un promocionado equipo argentino -con Latorre, Gamboa y Simeone- fracasaba estrepitosamente en el Torneo Preolímpico, mientras Colombia deleitaba a todos con su juego lujoso y efectivo: Faustino Asprilla, Iván Valenciano y otros morenos sí que jugaban.
Mascardi ya había posado sus ojos sobre ellos. Demasiado tarde para la primicia de los periodistas y también para los negocios de sus colegas: ya tenía vendidos a los colombianos al fútbol italiano, en cifras desacostumbradas para los emigrantes latinoamericanos. Esa es la habilidad que lo llevó al trono indiscutible de la raza de los intermediarios y representantes: velocidad para ver antes, carácter para negociar por más.
Así lo vio, antes que nadie, a Juan Sebastián Verón, por ejemplo, y lo hizo llegar al calcio italiano con una estratégica escala en Boca. Así también puso los ojos en Salas cuando todos -y no sólo Bilardo, que lo rechazó en Boca- decían que "un chileno jamás triunfará en el fútbol argentino".
En esa operación terminó de definir su estilo: se lo compró a la U. de Chile en 1.800.000 dólares y se lo vendió a River en más de 3.000.000. Se puso un armazón ante las críticas y esperó: cuando se concretó la transferencia del delantero a Italia en más de 23.000.000 de dólares, sonrió socarronamente: "¿Yo le había robado la plata a River?", preguntó. "Yo soy un tipo sencillo -dice-. Gano plata en la Bolsa, no con el fútbol", agrega. "Y lo que más me gusta en la vida es jugar a la pelota en las playas de Solanas", remata. Allí se lo ve en cada verano esteño. Con la misma sonrisa ganadora que ya mostraba en aquella noche calurosa de Asunción.





