La apertura pone en riesgo el empleo y un dólar más alto no alcanza para salvar a parte de la industria, según JP Morgan
El banco de Wall Street publicó un informe en el que identificó actividades con una amplia brecha de competitividad frente a otros países; lideran alimentos y bebidas, petroquímica y energía; automotriz y textiles, complicados
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Un nuevo ciclo económico en la Argentina —marcado por el ajuste fiscal, la recomposición de precios relativos y la apertura comercial impulsada por el gobierno de Javier Milei— pone sobre la mesa un dilema central: avanzar hacia una economía más competitiva puede implicar, al mismo tiempo, un costo en términos de empleo formal en el corto plazo.
Así lo planteó JP Morgan en un informe reciente, en el que advirtió que la transición hacia un esquema más abierto no es lineal. “El tipo de cambio competitivo es necesario, pero no suficiente para salvar a los sectores más distorsionados”, señaló el documento, al describir los límites de una de las herramientas históricamente utilizadas en la Argentina para apuntalar a la industria.
El diagnóstico del banco se apoyó en un problema de fondo: el legado de décadas de sustitución de importaciones, que dio lugar a un entramado industrial protegido, con sectores que nunca llegaron a competir a escala global. Esa herencia, según el informe, explica buena parte de las actuales brechas de productividad.
En ese marco, JP Morgan sostuvo que la industria argentina está “dividida en dos”. Por un lado, sectores como el agro, la energía y la minería operan cerca de la frontera global de productividad y lideran la expansión reciente. Por otro, ramas como la automotriz, los textiles y los bienes de capital enfrentan una brecha significativa frente a sus pares internacionales, con niveles de productividad más bajos y, en algunos casos, incompatibles con competir a escala global.
“Una apertura rápida destruiría empleo formal más rápido de lo que los sectores competitivos pueden crearlo”, sostuvo JP Morgan.
Ese impacto se ve amplificado por la dificultad de reconversión laboral. El documento señaló que la transición entre sectores no es automática, ni en términos geográficos ni de habilidades. “El desajuste de habilidades agrava el problema: un trabajador despedido de una planta de ensamblaje automotriz en Córdoba no es inmediatamente empleable en una planta de hidróxido de litio en Jujuy. La reasignación requiere tiempo, inversión en capacitación y movilidad geográfica, factores que el mercado laboral argentino históricamente no ha proporcionado con la rapidez necesaria”, advirtió el informe.
Ese descalce se inscribió en una estructura productiva que el banco describió como “bimodal”. Mientras una parte de la economía —vinculada al agro, la energía y la minería— opera cerca de estándares internacionales, otra porción relevante de la industria se sostiene sobre esquemas de protección y presenta niveles de productividad significativamente más bajos. En ese marco, el crecimiento reciente se explicó en gran medida por sectores con menor capacidad de generación de empleo, lo que limitó su impacto sobre el mercado laboral.
En esa división, el informe fue más allá de un diagnóstico general y puso definiciones explícitas sobre algunos sectores. Mientras la agroindustria aparece alineada con estándares internacionales, otras ramas muestran rezagos más profundos. En el caso de los textiles, el documento los calificó directamente como “inviables a nivel global”, una definición que refleja la magnitud de la brecha frente a competidores internacionales.
Los datos reforzaron esa dinámica. El empleo formal en el sector privado mostró un virtual estancamiento en los últimos 15 años y, más recientemente, la industria y la construcción —dos de las actividades más intensivas en mano de obra— registraron caídas. Al mismo tiempo, las ramas que lideran la expansión presentan una mayor intensidad de capital y plazos más largos de maduración, lo que retrasa su capacidad de absorber trabajadores desplazados.
En ese contexto, el informe ubicó a los acuerdos comerciales como un factor clave de aceleración del proceso. Tanto el entendimiento entre el Mercosur y la Unión Europea como el acuerdo con Estados Unidos implican una reducción gradual de barreras que, en la práctica, aumentará la competencia sobre los sectores más protegidos. Para las actividades más eficientes, el acceso a nuevos mercados representa una oportunidad de expansión. Pero para las ramas con menor productividad, el cambio de escenario es más exigente.
En particular, el documento señaló que la baja progresiva de aranceles —por ejemplo, en la industria automotriz— puede modificar de manera estructural el negocio de empresas que hasta ahora operaban al amparo de la protección comercial.
JP Morgan sostuvo que avanzar hacia una mayor apertura es clave para romper el ciclo de baja productividad. En su visión, postergar ese proceso para evitar costos en el corto plazo podría implicar un riesgo mayor: perpetuar un esquema de crecimiento débil y sin mejoras sostenidas en el ingreso.
El desafío, concluyó el informe, no es solo avanzar con las reformas, sino hacerlo a un ritmo que permita absorber el impacto en el empleo. De lo contrario, el costo de la transición podría trasladarse al plano social y poner en tensión la sostenibilidad política de las reformas que encaró Milei.







