La ayuda a los países pobres debe evitar interferencias

Kenneth Rogoff
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12 de enero de 2014  

La enorme brecha entre los países más ricos y los más pobres es uno de los mayores dilemas morales de Occidente. También supone uno de los mayores desafíos para la economía del desarrollo. ¿Sabemos realmente cómo ayudar a los países a superar la pobreza?

En su nuevo libro, elocuentemente escrito y profundamente documentado, The Great Escape: Health, Wealth, and the Origins of Inequality (El gran escape: salud, riqueza y el origen de la desigualdad), Angus Deaton, de la Universidad de Princeton, insta a la cautela. Para quienes se interesan por la pobreza mundial, es el libro más importante sobre asistencia para el desarrollo que se ha publicado en largo tiempo.

Deaton sugiere que, demasiado a menudo, la asistencia occidental sirve para mitigar la culpa de los donantes más que para solucionar las dificultades de los receptores. Esto es especialmente cierto cuando la asistencia ingenua sirve para reforzar un statu quo disfuncional. Si bien Deaton apoya ciertas iniciativas, en especial para la provisión de conocimiento y tecnología médica, cuestiona si la gran mayoría de la ayuda pasa la básica y decisiva prueba hipocrática: "Lo primero es no hacer daño".

Para comenzar, evaluar e implementar políticas de ayuda requiere desarrollar herramientas para estimar con precisión dónde son más necesarias. Los economistas desarrollaron indicadores útiles, pero son mucho menos precisos de lo que parecen ser.

La mayoría de los expertos coincide, y Deaton con ellos, en que por lo menos mil millones de personas en el planeta viven en circunstancias desesperadas, similares a las imperantes hace cientos de años. Nuestro fracaso en aliviar sus penurias es moralmente reprensible, pero ¿dónde están las mayores concentraciones de pobres? Los datos son difíciles de obtener y más difíciles de interpretar.

Los intentos por convertir el ingreso nacional en un denominador común están plagados de complicaciones. Un ejemplo es el margen de error de 25% en las comparaciones sobre la paridad del poder adquisitivo entre los PBI de Estados Unidos y de China.

Este problema no es exclusivo de las comparaciones entre China y EE.UU. Tal vez resulta más aplicable al comparar los ingresos de los pobres en Bombay con los de los pobres en Freetown. Otro importante problema es la medición del progreso en un país a lo largo del tiempo. ¿Cómo podemos comparar los índices sobre el costo de vida en períodos distintos cuando nuevos bienes cambian dramáticamente los modelos tradicionales de consumo?

Deaton sigue con una reveladora crítica de algunos enfoques promocionados para mejorar la asistencia. Por ejemplo, el "modelo hidráulico" de ayuda –la idea de que si bombeamos más ayuda, obtendremos borbotones de resultados mejores– ignora que los fondos a menudo son fungibles. Si la ayuda está muy enfocada en alimentos o salud, un gobierno sencillamente puede ahorrar en los gastos que de otra forma hubiera hecho y redirigirlos hacia sectores como el militar.

De hecho, existe un sorprendente paralelo entre los problemas causados por el ingreso de ayuda y la "maldición de los recursos naturales" (o el "mal holandés", otro nombre que recibe en Occidente): los ingresos generados en un sector económico –habitualmente petrolero o mineral– hacen subir los precios en toda la economía (incluido el tipo de cambio) y eliminan la competitividad de otros sectores. Además, gran parte de esta ayuda se entrega en especie y por motivos estratégicos, a menudo en apoyo de gobiernos ineficaces.

Deaton observa que, por lo general, los países occidentales se desarrollaron sin recibir ayuda. (Tal vez el plan Marshall en Europa, después de la Segunda Guerra Mundial, haya sido la excepción). China y la India lograron sacar a cientos de millones de personas de la pobreza, con escasa ayuda occidental. Deaton sostiene que quienes ayudan deben ser muy cuidadosos para no interferir con fuerzas políticas y sociales que pueden generar cambios internos orgánicos y más duraderos.

Otro enfoque de moda es efectuar pequeñas pruebas aleatorias para examinar la eficacia de los incentivos a la asistencia escolar o de campañas de vacunación. Deaton sostiene correctamente que este enfoque, consagrado en los procedimientos del Banco Mundial, es muy poco útil para entender cómo ayudar a que un país se desarrolle más ampliamente.

Pese a estas advertencias, el mensaje de Deaton es positivo. Para la mayor parte de la humanidad, éste es el mejor momento de la historia para vivir. La senda del desarrollo sigue para que otros la aprovechen. La asistencia y los consejos occidentales pueden ayudar, pero se deben evitar interferencias.

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