La cuadratura de la economía circular

Eduardo Levy Yeyati
Eduardo Levy Yeyati PARA LA NACION
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21 de junio de 2017  

Hace unas semanas me invitaron a una charla sobre economía circular. Como no sabía mucho del tema, me tocó estudiar. Esto es lo que aprendí: que la economía circular se trata, esencialmente, de que la producción del hombre, que es ambientalmente insostenible, emule a la producción de la naturaleza, que es naturalmente sostenible. Y que para que esto suceda necesitamos un cambio cultural (y años de diván).

En la naturaleza no hay desechos: todo es insumo de una siguiente etapa de una cadena circular. Esta regla nos lleva al énfasis en energías renovables y en el reciclado de materiales. En este frente, la tecnología es una gran ayuda: la reducción de costos hace que muchos países estén cambiando su matriz energética, o que los productores aprovechen los residuos orgánicos como insumo de nuevos productos o fuente de energía, que pasemos de una economía del relleno sanitario a una del reciclado.

Pero no todos los materiales se pueden reciclar, por eso es necesario el mantenimiento, el reacondicionamiento y la reparación de los objetos, o a su desguace para reutilización como repuestos. "Hecho para durar" sería el eslogan de una línea blanca circular.

La naturaleza es parsimoniosa en su función de producción: . En el contexto de una economía capitalista, esto implicaría una importante eliminación de materiales no esenciales, muchos de ellos tóxicos, facilitando y abaratando el reciclaje.

La naturaleza es funcionalista: cada pieza tiene su función en la cadena. Productores, predadores, polinizadores, parásitos: eliminamos una especie y algo de descompensa, no hay duplicaciones. Los humanos, en cambio, producimos variedades de productos para una misma función (y muchas veces creamos la función para justificar el producto). En el universo circular, las cosas dejan de ser objeto del deseo para ser objetos de la función. Nada de "renovar" el celular o el auto o el guardarropa, nada de cultura varietal para el vino, el aceite de oliva, la yerba o el tomate, nada de packaging estimulador de emociones consumistas. La economía circular, en su versión más pura, es genérica y fordista.

Un aspecto clave de este funcionalismo es su durabilidad. Lo que funciona, sirve. Lo que sirve dura. ¿Para qué tirar las cosas? De ahí que los teóricos de la economía circular hagan hincapié en el diseño de productos modulares y adaptables, "emocionalmente durables" (que despiertan el cariño del usuario).

A estas alturas, el lector probablemente ya haya advertido la paradoja de la economía circular. No se trata del golpe que tanta homogénea frugalidad propinaría a nuestra insatisfecha psiquis neurótica, que dejamos en manos del analista y de la evolución cultural. Se trata de su impacto económico. Si eliminamos las modas y las marcas y las variedades, si rechazamos la obsolescencia programada y el consumo suntuario o redundante, si basamos nuestro consumo en el uso y nos compramos todos una versión moderna, eléctrica, del Ford T negro, ¿qué pasa con la producción, el trabajo, la investigación y el progreso tecnológico?

Intuitivamente, creo que hay una versión realista de la economía circular, a mitad de camino entre el derroche gozoso y el ascetismo obcecado. Gradualmente, con la ayuda de las nuevas tecnologías e impulsados por una creciente conciencia ambiental. Una versión posible y deseable con variedad, pero sin derroche, que preserve al planeta de nosotros mismos, o al menos demore el final. Para dar con esta versión posible, vale la pena plantearse estas preguntas sin simplificarlas.

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