La cuestión acerca del esfuerzo en el trabajo y del "sudor de la frente" esconde la búsqueda de la verdadera vocación
Por Jaime Maristany Para LA NACION
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Ganarás el pan con el sudor de tu frente es una condena bíblica que ha perdido sentido porque la mayoría de las personas no tenemos que transpirar para trabajar. Tiene, eso sí, otro sentido, que es el del esfuerzo. La cuestión es si hay que esforzarse para trabajar y la respuesta la da cada persona.
Hay quienes no se esfuerzan de ninguna manera porque flotan en la circunstancia que les ha tocado sin que sus fibras se tensen, pero para los demás la cuestión fundamental es si a uno le gusta lo que está haciendo o no.
Porque si el trabajo que uno hace es su vocación, es una cosa. Si, en cambio, está trabajando en algo que no está dentro de su vocación, tendrá que ganarse el pan con el sudor de su frente, aunque no transpire.
Si no sabemos cuál es nuestra vocación, no vamos a poder hacer lo que nos gusta. A veces los seres humanos nos mentimos y decimos que no sabemos cuál es nuestra vocación y a continuación decimos que nuestro trabajo nos gusta, lo cual es contradictorio. O tenemos esta vocación o el trabajo no nos gusta y lo que estamos haciendo es aceptar la condena con buen ánimo. Es un trabajo en un lugar agradable, con gente amable, con un jefe que no molesta demasiado, es bueno. Y es cierto que puede ser bueno, lo que no impide que lo que hagamos sea aceptar nuestra condena.
Están los que no saben cuál es su vocación y además están haciendo un trabajo que no les gusta, con gente que no les gusta, con un jefe que no les gusta. Es una situación desagradable.
Pero peor es la situación de quien tiene en claro cuál es su vocación y no encuentra cómo llevarla a la práctica. Hay tareas que no existen en el lugar donde uno vive. Tendría que irse a otro y entonces comienzan los lógicos condicionamientos. No es fácil ser capitalino y tener que irse a vivir al campo o viceversa, o al exterior.
Puede pasar que uno no pueda alcanzar el trabajo porque no tiene la experiencia que se le exige y sin la cual no se puede empezar, lo cual a veces es una paradoja sin solución.
También puede ser que lo que le gusta sea algo que tendría que empezar a desarrollar, pero está casado y tiene dos hijos, tendría que empezar de nuevo y no tiene el dinero para hacerlo. O sea que, de distintas maneras, uno sabe cuál es su vocación, pero no tiene la posibilidad real de llevarla a la práctica. Esta es la peor situación, la condena más clara. Esto es lo que requiere esfuerzo.
Satisfacción y recompensa
Cuando lo que hago me gusta, no me doy cuenta de en qué medida me estoy esforzando desde el punto de vista del que mira. Porque quedarme más tiempo, llevarme trabajo a casa, investigar algo para mejorar el conjunto, son todos actos naturales para hacer esto que va tomando forma ante mis ojos que es lo que me encanta hacer, algo que mueve mis fibras más internas, que me produce placer.
Lo malo es que en nuestra sociedad calvinizada no podemos decir que un trabajo nos produce placer, porque si no nos van a acusar de ser malos trabajadores, a cualquier nivel. Se supone que tenemos que esforzarnos para ser buenos.
Desde un punto de vista objetivo se podrá medir un cierto esfuerzo, pero cuando hablamos de esforzarnos en la vida o en el trabajo la medida no existe, es una sensación que tienen los demás y que tenemos cada uno de nosotros. Lo malo (o lo bueno) de esta sensación es que depende de cuáles son los parámetros de cada uno. Lo que para uno es esforzarse para otro es sólo cumplir el deber y para un tercero es una cosa sin importancia.
Cuáles son las exigencias de cada uno y cuáles son las capacidades de cada uno para cada tema, ésa es la cuestión que está en juego cuando hablamos de esfuerzo.
Por lo cual, cuando hablamos de ganar el pan con sudor, lo que estamos diciendo por fin es, ¿me gusta mi trabajo? Y si mi trabajo me gusta habrá poco o ningún sudor y, en cambio, habrá más bien placer. Esto es muy importante, porque nos pasamos una gran parte de nuestra vida en y con el trabajo.
La mayor parte de las personas transcurrimos por la vida sin tener en claro adónde queremos llegar y qué es lo que nos gusta. Si definimos lo primero lo segundo será más fácil de determinar. Pero cuando no tenemos en claro ninguna de las dos cosas, es difícil que podamos mejorar el estado de quien se da por contento con tener un trabajo que no le molesta demasiado.
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