
La especulación pone en riesgo la economía mundial
Por Adolfo E. Buscaglia Para LA NACION
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El vertiginoso ascenso de los precios de las acciones y bonos, así como de títulos representativos de bienes básicos (commodities) , que se transan en los mercados internacionales, atribuibles a su demanda en acelerado crecimiento, conlleva riesgos asociados a una abrupta reversión de esa tendencia.
Ese impulso se originó en inversores ávidos de obtener mayores rendimientos, aun asumiendo mayores riesgos de pérdida de capital, atentos a los magros intereses que ofrecían los títulos de crédito público de valor más estable y los depósitos bancarios, cuyas magnitudes fueron moderadas por los bancos centrales de las naciones principales con el propósito de mantener la actividad productiva de sus industrias. A esa política se agregaron las liberalidades normativas permitidas en los mercados financieros de esas naciones. Ello posibilitó la proliferación de bancos de inversión y de "fondos de cobertura". Estas instituciones, mediante créditos a los inversores, con caución de sus activos financieros, multiplicaron la dimensión de sus inversiones originales. Esas cauciones suelen negociarse, a su vez, como "instrumentos derivados".
El grado de liquidez de esos títulos aumenta, además, gracias a los modernos sistemas digitales de comunicación, que posibilitan la realización a distancia de operaciones en tiempo real, que facilita su más rápida conversión a dinero. Por su mayor rendimiento y liquidez estos títulos sustituyen en parte la demanda "real" de dinero. Aparece, así, un excedente de la oferta monetaria no deseado por el público, que, por ende, se vuelca en todos los mercados de bienes reales y financieros, lo que impulsa un aumento general de sus precios. Subrayamos, como especulativas, las operaciones de carry credit , que configuran un arbitraje entre las tasas de interés que devengan inversiones en distintas monedas. Las grandes corporaciones y fondos de retiro de las naciones centrales contratan con los bancos de Japón grandes créditos en yenes a tasas de interés muy bajas, fondos que se convierten en "dólares", con una simultánea compra a término de la moneda japonesa. Esos valores en dólares son invertidos en títulos que devengan un rendimiento bastante mayor al convenido con los bancos del Japón.
Estas operaciones son usualmente protegidas mediante instrumentos derivados. Aun así, en la eventualidad de que la cotización de esos títulos en dólares descendiera significativamente, aquel interés diferencial dólares-yenes no compensaría las pérdidas de los inversores, de los fondos de cobertura y eventualmente de los bancos prestamistas, que podrían llegar a ser muy considerables.
Nuestra preocupación reside en que, si ocurriera un abrupto descenso de las cotizaciones en los mercados financieros, como las acaecidas en 1907 y en 1930 en los Estados Unidos, ese colapso podría derramarse y causar una crisis mundial.
Confiamos en que la sabiduría de los ejecutivos de los bancos centrales de las principales naciones, atentos a los riesgos ínsitos en esas tendencias especulativas de los mercados financieros, adopten las previsiones que preserven los mercados de un abrupto cambio de tendencia que podría deprimir la actividad productiva y el empleo laboral en la economía mundial, como ocurrió en 1907 y 1930.
A este respecto, el Comité Monetario y Financiero (CMFI) de la Junta de Gobernadores del FMI, que se reunió el 14 y 15 de abril pasado para considerar la situación antedicha dijo en su dictamen: "Los riesgos de deterioro de la situación [económica mundial], que obligan a mantener una actitud alerta, se deben a la posibilidad de una revaluación de los riesgos para la situación del mercado financiero mundial, una desaceleración más acusada que lo previsto en la economía de los Estados Unidos y una reactivación de las presiones inflacionarias."
Estas reflexiones han sido muy atinadas y oportunas, sobre todo en este momento en que los preocupantes desequilibrios estructurales, presupuestario y de balance de pagos de los Estados Unidos están ocasionando impulso recesivo en esa nación y una disminución del valor de su moneda, por la incipiente emigración de sus capitales financieros.
Esas reflexiones han tenido ya algún eco. El 30 de mayo, las autoridades de China adoptaron algunas medidas para moderar la burbuja especulativa de los mercados financieros de ese país; establecieron un gravamen del 0,3% sobre las compras de valores mobiliarios.
El tres del actual, el Banco Central Europeo (BCE), atento a la presente tendencia inflacionaria en los mercados de bienes reales y financieros, aumentó su tasa de interés de referencia del 2,5 al 4% anual y el interés del bono a diez años de la zona euro a 4,5 % anual. Son los más altos rendimientos en los últimos seis años. Ello acentuó la emigración de capitales de los Estados Unidos a dicha zona, haciendo decaer algo más el valor del dólar. Quizá la Reserva Federal siga el ejemplo del BCE.
Por último, la firme actitud asumida por el ministro de Finanzas de Alemania, Peer Steinbrück, el 19 de mayo, ante los demás ministros del G-8, propició establecer un código de conducta para los fondos de cobertura que los disuadiera de especulaciones que pudieran conducir a una crisis financiera. Esta propuesta es, quizá, la que mejor interpreta nuestras preocupaciones.





